TOMAR POR TONTO

cruzPor Manuel Cruz

“Lo que más me molesta es que me tomen por tonto” es una de esas frases que todos hemos oído en un considerable número de ocasiones. Pronunciada, obviamente, por alguien que no se tenía a sí mismo por tal: de ahí el motivo de su descomunal enfado. Pero de ahí también que se repita tanto: casi todo el mundo, sin apenas excepción, se cree con derecho a pronunciarla. De hecho, lo hacen incluso personas a quienes, desde fuera, a uno ni se le pasaría por la cabeza discutir que son tontos de remate.

 

Sin embargo, quizá la frase, al margen de su más que dudosa universalidad (porque digo yo que alguno habrá que se tenga bien merecido el calificativo), encierra supuestos a los que valdría la pena dedicar un poco de atención. Por lo pronto, destaca ese adverbio más , que coloca en la cumbre del escalafón de las posibles ofensas la atribución de tontería. A poco que se piense, parecería razonable y adecuado en mayor medida que esos mismos individuos dijeran, al menos con idéntica frecuencia que la frase señalada, otras del tipo de: “Lo que más me molesta es que me tomen por mala persona”, por irresponsable, por mentiroso, por injusto o ya no digamos por cruel (lo peor, según la filósofa Judith Shklar, que puede ser una persona en esta vida).

Tal vez una de las claves que nos ofrezca una pista útil para entender tanta reiteración en el empleo de la frase de marras nos la proporcione el contexto en el que se suele dar. Porque lo cierto es que no acostumbra a aparecer en el transcurso de una conversación sobre cómo es cada cual, sino en el debate sobre cualquier otra cuestión, como argumento de apoyo –en cierto modo secundario– para rechazar una determinada idea. Así, cuando alguien pretende convencernos de algo que no solo nos parece injustificable por completo sino que, sobre todo, pretende refutar algún convencimiento con el que nos identificamos de manera especial, es fácil que reaccionemos con una cierta irritación, fronteriza con la ofensa. En el fondo, es un modo de reacción parecido al que tendríamos si alguien quisiera comprarnos algo que poseemos y que tiene para nosotros un extraordinario valor, y nos ofreciera un precio insignificante.

Visto desde esta perspectiva, de lo que en realidad se estaría quejando el que se molesta por ser tomado por ­tonto es de que se pretenda, para rebatirle en una discusión, hacer pasar una vulgar tontería por verdad indiscutible. O, formulando esto mismo con un poco más de rotundidad, tonto vendría a ser aquel al que se puede convencer de cualquier cosa mediante simples tonterías. Subyace a este desdén hacia el aludido por parte de su ­interlocutor el convencimiento, que hiere al primero en lo más hondo, de que lo que este está defendiendo puede ser despachado de cualquier manera y no merece una argumentación de mayor envergadura ni calado. Ahora bien, llegados a este punto, nada debería resultar más fácil para quien ha sido objeto de esa presunta desconsideración personal que acreditar que aquello que él sostenía era ostentosamente valioso. Esta vendría a ser la hora de la verdad, el momento en el que el aludido tendría lo oportunidad de demostrar lo injustificado o no de tomarlo por tonto.

Lo cierto es que, por poner un ejemplo de signo contrario, a ninguno de los científicos que conozco les preocupa ser considerados así. Les preocupan otras cosas, como ser severamente criticados por sus pares, tener que reformular parcialmente sus tesis de un paper como consecuencia de algún pequeño error detectado o, en el límite, ver refutadas sus teorías, pero no ese tipo de descalificación tan sumaria, lo que tal vez nos permita terminar de clarificar el asunto. Y es que, como principio general, podríamos afirmar que algo hay de sospechoso en quien se ofende tanto por adelantado, en vez de dedicarse a acreditar que dispone de sólidos argumentos en su favor. Se diría que tales reacciones parecen ser la materialización de un principio general según el cual cuanto más escasas son las razones de las que dispone alguien, más necesita de evidencias presuntamente abrumadoras que le ahorren la siempre complicada tarea de la argumentación.

La historia debería habernos enseñado que, en efecto, conviene sospechar de las evidencias que se presentan como abrumadoras. Y, dentro de ese grupo, especialmente de aquellas cuyo carácter incuestionable proviene del hecho de ser compartidas por muchos. A fin de cuentas, el grueso de los fanatismos, las supersticiones y otras análogas patologías del alma que en el pasado han sido (bueno, alguna continúa en vigor, ustedes ya me entienden) contaba con un respaldo no ya abundante, sino incluso masivo. Pero si estamos hablando de los tontos, habrá que recordar que la inteligencia no va al peso. ¿O es que resulta impensable que una misma tontería pueda ser compartida por muchos?

Resumiendo. La próxima vez que oigan a alguien afirmar que lo que más le molesta es que le tomen por tonto no digan nada. Solo déjenle hablar un poco más. Así saldrán de dudas rápidamente.

 

Publicado en LA VANGUARDIA    16 – octubre – 2020

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