Diálogo Abierto

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felipe del solar2Hace tan solo unos días, un acto de terrorismo religioso sacudió a Europa y el mundo por su grado de frialdad. La noticia del asesinato de un profesor francés a manos de un estudiante musulmán ha dado la vuelta al planeta, no solo por ser un acto de crueldad, sino porque con esta tragedia se vuelven a poner en la palestra los temas de la libertad de expresión, la tolerancia y la defensa de la laicidad en las sociedades occidentales.

Sobre el significado y las implicancias de estos atentados de odio contra las sociedades seculares, más recurrentes de lo que se quisiera, conversamos  en el Diálogo Abierto de esta semana con el profesor FELIPE DEL SOLAR, historiador de la Pontificia Universidad Católica de Chile, cientista político y experto en el tema del laicismo.

Entrevista de Gabriel Palma Garrido

 

IL.- A propósito del asesinato del profesor francés por motivos religiosos hace un par de semanas, ¿qué piensa usted acerca de la religión como fuente de violencia?

FDS.- Creo, en general, que las religiones en sí son violentas por naturaleza. Ha sido un fundamento ideológico en la expansión imperial en el caso del Imperio Español, pues este imperio no solo se expande con la finalidad de adquirir recursos, sino que además con la finalidad de expandir su fe.

Esta es una constante que se aprecia en distintos tipos de credos, como el caso de las religiones musulmanas que también fueron expansivas desde el punto de vista territorial considerando su amplia expansión en distintas expediciones desde el norte de África hasta el sur de España.

La mayoría de las religiones tienen este componente violento y expansivo que, desde luego, cuando pierden el papel hegemónico en los gobiernos occidentales realizan sus acciones desde otras aristas; ya no desde la amenaza militar, sino que desde acciones que guardan relación con la influencia, con el sometimiento de pequeñas y débiles comunidades, etc.

Así que sí, desde luego, la religión tiene un componente violento, no solamente en sus prácticas, sino que también dentro de su componente ideológico. Si consideramos que las religiones son ideologías, el hecho de someter la conciencia de las personas tiene implícita la violencia.

IL.- La paradoja de la tolerancia nos habla acerca de los límites de este principio ético. Para usted, ¿cuál es el límite de esta tolerancia?

FDS.- Es un ámbito bastante complejo. El Tratado de la tolerancia de Locke sostiene que hay que ser tolerante con todas las religiones, menos con la católica, porque la religión católica es una religión política más que un culto de fe. Voltaire, por su parte, sostiene que hay que dejar existir libremente a todas las religiones, porque, en la medida que existan muchas religiones en una misma región, estas competirán entre sí y ninguna será hegemónica.

Claramente creo que se debe ser tolerante con la forma de pensamiento de las personas, pues finalmente las religiones no son más que ideologías. Hay que permitir sus prácticas, salvo cuando estas prácticas pongan en peligro o denigren a las personas.

Sin duda es un tema complejo; yo no tengo una respuesta clara. El asunto del burka en los países europeos, por ejemplo. Se considera que esta denigra a las mujeres por estar con su rostro tapado, pero también ha habido una reivindicación del uso del burka por algunas mujeres musulmanas, alegando una esencia cultural.

El límite está en buscar el equilibrio entre la tolerancia al credo y el respeto a la persona como ser humano consciente; sin embargo, no es tan claro porque hay valores entre Oriente y Occidente que son inconmensurables. Difícilmente se puede analizar desde un punto de vista netamente occidental.

IL.- Chile se define como un Estado laico; sin embargo, la injerencia de la Iglesia en asuntos públicos se puede evidenciar sin mayor esfuerzo en cualquier análisis de nuestra realidad social. ¿Cree usted que Chile es realmente un Estado laico?

FDS.- La Iglesia católica ocupó un papel transversal durante la dictadura, lo cual generó una cristianización de la sociedad, posterior a un período sumamente laico de la mano del Partido Radical en la primera mitad del siglo XX.

Si bien la matriz cristiana está presente en términos culturales, no está presente en términos doctrinarios. Es cosa de preguntarle a cualquier persona que diga ser católica, salvo una minoría, sobre la fe o sobre Tomás de Aquino: no tendrá idea de aquellos temas. No tienen idea de su fe.

La injerencia del catolicismo en política es bastante fuerte, pero la del protestantismo también lo es, y siempre vinculados con la derecha o ultraderecha incluso.

Ciertamente las religiones tienen brazos políticos que ejercen influencia, pero el Estado jamás debería absorber esa influencia. El Estado tiene la obligación de velar porque cualquier persona que tenga un credo determinado pueda ejercerlo libremente por el territorio, pero no tiene porqué asumir argumentaciones basadas en lo teológico para realizar políticas públicas.

Indudablemente el concepto de Estado laico ha perdido fuerzas, y eso ha sido porque no se ha reforzado la importancia del laicismo y el anticlericalismo en la esfera pública.

El mundo religioso, como ciudadanos, tiene todo el derecho a generar grupos de presión, pero no deberían tener privilegios al momento de debatir políticas públicas, pues solo son una de las tantas religiones que hay en Chile.

IL.- ¿Por qué el laicismo debe ser un valor fundamental en un régimen democrático?

FDS.- Porque el laicismo permite que todas las personas se encuentren, independiente de sus creencias, pues se genera un espacio de convivencia neutral en términos confesionales. La neutralidad del Estado es clave, pero debe ser una neutralidad de verdad. Es decir, si se está legislando una ley de aborto, no se pueden dar argumentos religiosos para presentar una postura en contra de la ley.

Esto no necesariamente debe implicar que los representantes del Estado deben practicar una vida “laica”, pues los funcionarios públicos deberían saber diferenciar su vida privada de la vida pública que tiene que estar marcada por esa laicidad o “neutralidad” en término de valores al ejercer su rol como funcionarios públicos.

Desde luego que la frontera entre lo público y lo privado no es tan clara y siempre está sometida al escrutinio, pero perfectamente podría haber un funcionario público del Opus Dei ejerciendo y legislando en torno de lo que sus electores le exigen y no en torno de lo que él piensa. Así debería funcionar el Estado.

Lo importante aquí es generar una cultura política laica. En Francia, por ejemplo, el laicismo es una institución, no se discute eso; además es un país donde conviven varias religiones al mismo tiempo, y son religiones con poder e historia. Están presentes muchas corrientes del islam, protestantismo, cristianismo, etc., y no se andan matando entre ellos, salvo las excepciones que hemos visto en los últimos años.

IL.- Para cerrar, ¿cómo se debería construir una base sólida para el laicismo en Chile, de cara al proceso constituyente venidero?

FDS.- Es complejo porque el laicismo no es parte de ninguna agenda política de nadie, de ningún partido. Los grupos de presión que lo promueven siempre lo hacen de manera soterrada, a escondidas, algo así como un laicismo “descafeinado”.

Si vemos los procesos en Chile en donde se avanzó en temas de laicismo, los enfrentamientos en el debate público fueron violentos, no violencia física, sino violencia política, se dijeron las cosas en la esfera pública de manera sumamente categórica. Esto fue desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, donde el Partido Radical (PR) ocupó un papel fundamental. Actualmente el PR ha abandonado la bandera del laicismo totalmente, y los demás partidos de centroizquierda ni siquiera lo consideran un tema relevante para poner en el tapete público.

Lamentablemente, el laicismo no es un móvil social hoy en día. En el estallido social, no obstante, hubo quema de iglesias, no es representación de un movimiento laicista, sino que tiene que ver más con un malestar directo con la Iglesia como institución. El laicismo no ha sido parte de las demandas sociales.

Si el laicismo no tiene un grupo de presión importante durante la convención constituyente, probablemente pasará sin ninguna expresión, lo cual es un problema grave porque, si llega a ser así, se formará una amalgama extraña entre el fanatismo evangélico y los sectores duros del catolicismo.

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