Pierde Trump; ¿y después?

CastellsPor Manuel Castells

Encuestas y modelos predictivos dan como ganador a Biden en las elecciones presidenciales de Estados Unidos el 3 de noviembre. A pesar de que SuperTrump se declara inmune al virus tras haber contagiado a varios colaboradores, así como a algunos de sus huéspedes en la recepción sin precauciones que organizó en la Casa Blanca para lanzar hacia el Tribunal Supremo a su candidata, la ultraconservadora Amy Barrett. Tras su misteriosamente rápida curación, y sin certificado de PCR negativo, ha vuelto a una campaña presencial y desenmascarada. Es su última baza: movilizar a sus fervientes partidarios. Porque hoy por hoy pierde. La media de las encuestas elaboradas por la BBC sitúa a Biden 10 puntos por delante, aunque algunas como la de CNN evalúan la diferencia en 16 puntos y la de The Wall Street Journal /NBC en 14. El modelo construido por The Economist no concede más del 10% de probabilidades para ganar a Trump y el de El País tan solo un 20%.

La desastrosa e irresponsable gestión de la pandemia, con 215.000 muertos, in­virtió la tendencia ganadora de Trump, que había sido impulsada por la buena marcha de la economía. Una economía que ahora también se ha hundido como consecuencia de los confinamientos parciales y ­caóticos a lo largo del país. Y con una deficiente cobertura social y sanitaria. Sin embargo, el obsoleto sistema electoral, basado en los votos asignados a cada es­tado y que van al ganador del estado aunque sea por un voto, ha llevado en ocasiones a que pierda la elección quien gana el voto popular. Que se lo pregunten a Hillary Clinton, que obtuvo casi tres millones más de votos y se encontró con la jubilación anticipada.

Pero esta vez parece ser distinto. Porque todo depende de unos pocos estados en el Medio Oeste, cuna de la clase obrera industrial, que oscilan según el candidato y la economía. En el 2016, Trump ganó por un puñado de votos en tres estados: Pensilvania, Michigan y Wisconsin. En estos momentos, la ventaja de Biden es de 7 puntos en Pensilvania, 7 en Michigan y 6 en Wisconsin. Además de ir por delante en Minnesota por 9 puntos, en Florida por 5.

Es cierto que el estado de Ohio, que siempre predijo el triunfador, registra un empate técnico y que Texas, a pesar de ­algunos brotes anti-Trump en las áreas suburbanas de las grandes ciudades, mantiene su tradición republicana, al igual que la mayoría de los estados del sur. Aun así, la ventaja demócrata en el conjunto del país, asegurando como siempre los estados más poblados, California y Nueva York, y consolidando las dos costas más Arizona y Nevada, parece inalcanzable para Trump. Al menos en términos de intención de ­voto. Pero lo realmente decisivo en todas las elecciones es la movilización de los votantes. Aquí es donde perdió Hillary Clinton en el 2016. Porque su elitismo y arrogancia repelieron a millones de jóvenes, incluidas mujeres, que se quedaron en casa, así como una fracción significativa de afroamericanos.

Esta vez, la extraordinaria movilización antirracista que surgió en toda la geografía de Estados Unidos en los últimos meses, como respuesta a la injusticia policial, se ha traducido en inscripción masiva en el registro electoral y en activas campañas que están sacando a la gente de sus casas para acabar con el reinado de Trump. Esto puede compensar la beligerancia de un núcleo trumpista, liderado por la extrema derecha, dispuesta a apoyar ciegamente a su líder, incluyendo evangélicos contra el aborto, negacionistas del virus y supremacistas blancos. Las mujeres blancas de baja educación, que votaron mayoritariamente por Trump, han cambiado su tendencia. De la misma forma que los mayores de todas las razas, indefensos ante el virus.

Sin embargo, la cuestión que se plantea conforme se aproxima la elección es saber cuál será la reacción de Trump a su más que probable derrota. En varias ocasiones ha evitado decir que aceptará el resultado de la elección y se ha escudado en la posibilidad de fraude en el voto por correo y en el voto ilegal de inmigrantes. Y es que se estima que el voto por correo puede alcanzar una alta proporción del voto demócrata, precisamente por ser los votantes más conscientes del peligro de contagio. Por tanto, es dudoso que el recuento de votos esté terminado en la noche del día 3. Y Trump ya ha anunciado que impugnará el voto por correo si no lo considera fiable.

El recuento prolongado puede terminar, como en la elección del 2000 entre Bush y Gore, en el Tribunal Supremo. Por eso los republicanos están acelerando el nombramiento en el Senado de la juez ­Barrett, designada para reemplazar a la legendaria progresista Ruth Bader Ginsburg, recientemente fallecida. Y mientras se cruzan las querellas y se recuentan los votos, las milicias trumpistas pueden sembrar el caos en las calles, propiciando medidas de emergencia de un Trump que ­sigue siendo presidente hasta el 20 de enero. Y que si pierde la inmunidad se enfrenta a varias acusaciones por fraude fiscal y por obstrucción de la justicia.

La más vieja democracia del mundo puede estar al borde de una grave crisis institucional. Su desestabilización desestabilizaría gran parte del mundo, profundizando la crisis de la democracia liberal.

 

Publicado en LA VANGUARDIA      17  de octubre de 2020

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