A 75 años de “El existencialismo es un humanismo”, la conferencia histórica de Jean Paul Sartre

lerardoPor Esteban Lerardo

La bandera tricolor volvió a flamear. Los últimos gritos de la invasión alemana y, luego, de nuevo, la Marsellesa a viva voz, la algarabía en el Arco del Triunfo, la liberación de Francia. El fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945. El lunes 29 de octubre de ese año, en el club Maintenant, se dictó una conferencia: “El existencialismo es un humanismo”; el disertante: Jean-Paul Sartre.

 

Un público ávido y numeroso esperaba, acaso, una palabra ordenadora del caos. Entre los presentes estaba Boris Vian. Lo dicho devino una suerte de manifiesto de la filosofía existencialista.

Søren Kierkegaard, el pensador danés, en el siglo XIX, hizo sonar ya los acordes existenciales al entrever que la existencia precede a la esencia. En las reflexiones sartreanas ese principio supone un sujeto siempre inmerso en la soledad de la existencia, sin el amparo de ningún dios o de una razón universal y a priori que determine una esencia humana ya dada.

En su célebre conferencia, Sartre se distanció de la filosofía esencialista hegeliana o de la moral kantiana. En un comienzo, su fomento de la subjetividad individual era demasiado disonante de la liberación por lo colectivo; disonancia que luego intentará subsanar en La crítica de la razón dialéctica desde su apertura al marxismo.

Pero en la conferencia recordada, primero Sartre rechaza los dardos críticos de los comunistas, por un lado, que le reprochan apañar una subjetividad pura y quietista; y, por el otro, las objeciones de los cristianos que hablan del existencialismo como dechado de “lo sórdido, lo turbio, lo viscoso”, y como lo que desprecia “el lado luminoso de la naturaleza humana”.

El ámbito de los existencialistas, subraya Sartre, se reparte entre los cristianos, de confesión católica, Karl Jaspers y Gabriel Marcel, y los existencialistas ateos, que incluye a Martin Heidegger y a él mismo. El existencialismo ateo sartreano invierte a Platón y su esencialismo en el que la Idea precede al existir. Por el contrario, el hombre existe antes de ser una esencia troquelada por Dios, o por una supuesta “naturaleza humana”.

El humano es inicialmente nada y angustia. El sujeto es ek-sistere (estar afuera en danés), lo que aparece como un proyectarse fuera de sí mismo, lo que se hace a través de la elección y la creación de sentido. Proceso distinto a la fabricación técnica de objetos. El humano, en contraposición al objeto determinado por una acción exterior, es subjetividad que se auto diseña desde lo que se elige y hace, desde las decisiones libres. Por eso en la disertación existencialista sartreana reluce como cristal el apotegma: “el hombre está condenado a ser libre”.

Lo que Sartre postula en la conferencia fue gestándose en un camino anterior. Por ejemplo, en El ser y la nada, publicada en 1943, continuación de La trascendencia del ego, etapa inicial entre la fenomenología de Edmund Husserl y las categorías existenciales de Heidegger, absorbidas en sus estudios juveniles en Alemania. La conciencia es distinta del ser-en-sí, es el ser-para sí que se hace a sí mismo, y también deviene un ser-para-otro porque el otro no se me da nunca como objeto sino como otro sujeto; aunque ese otro también puede ser negación como trasluce su puesta en escena teatral A puerta cerrada, de 1947, en la que se acuña otro precepto sartreano cardinal: el “infierno son los otros”.

En lo anterior a El existencialismo es un humanismo ya se teje la negación atea de Dios como creador del hombre de esencia inmóvil. Ausente el Dios quimérico, los valores son solo creados por el humano. Aun antes, por la literatura, Sartre anticipaba su camino futuro en La náusea, novela filosófica aparecida en 1938. Antoine Roquetin, su personaje principal, persigue la vida del Marqués de Rollebon, y se demora en la letra desgarrada de su diario que expresa soledad, absurdo y angustia; percepción de una inquietud existencial lejos de la liviandad de la vida burguesa. La náusea es lo que se experimenta ante el acecho de la falta de sentido y el vacío.

Pero la libertad como decisión que disuelve el acoso de la nada, es lo que centellea también en Las moscas, la obra de teatro de 1943, que es, por un lado, recreación del mito clásico de Electra y Orestes en su venganza por el asesinato de su padre Agamenón, y, por el otro, forma indirecta de crítica a la ocupación nazi. Un Orestes que comprende que a los dioses no les cabe juzgar los actos humanos, porque asume la responsabilidad de su decisión libre, que quiebra un orden tradicional y que, a la vez, le hace elegirse y ser.

En El existencialismo en un humanismo, aquel Sartre en la conferencia posterior a la desgracia bélica, continuó enfatizando que el humano es pura subjetividad, conciencia de sí mismo. El humano huérfano inicial de sentido es proyecto que solo se realiza viviendo, desde su paradojal estar condenado a ser libre. Así, siempre “arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”. Y la acción de hacerse a sí mismo es también semejante al arte, en tanto acto de autocreación.

Camino del sujeto fuera de todo quietismo o de alegaciones pesimistas, porque no hay doctrina más optimista que el existencialismo como un humanismo, “puesto que el destino del hombre está en él mismo”. Optimismo de posguerra acaso, muy diferente de las inquietudes distópicas de nuestro mundo de contagio y desorientación, en el que el deseo de lo libre siempre se ahoga en la realidad digitada.

Esteban Lerardo es filósofo, escritor y docente

Publicado en REVISTA Ñ    28  de octubre de 2020

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