Congreso Futuro. Charla magistral de Claudio Naranjo

Claudio Naranjo a tablero vuelto en el Congreso Futuro: “La educación es para que la gente se adapte a una sociedad enferma”

Redacción Iniciativa Laicista

En la mañana de hoy, durante el desarrollo del segundo día del Congreso del Futuro, el siquiatra y filósofo chileno, Claudio Naranjo, expuso brillantemente, en lo que se anticipaba sería una de las intervenciones más oídas por el público, haciendo un descarnado diagnóstico de nuestra sociedad y del rol que juega una educación que él considera domesticadora, que “entontece y forma mediocres”.

Con notorias dificultades respiratorias, el conferenciante de renombre internacional, de 85 años, comenzó señalando que él ahora sólo habla a “audiencias en que cree que puede cambiar algo”, recordando que hace unos años fue recibido en el Ministerio de Educación en Chile, que lo escucharon atentamente, por lo que él pensó que algo habían entendido, pero una vez que se cerró la puerta de la oficina a sus espaldas, nunca más supo de ellos y, por supuesto, nada cambió, se siguió trabajando en lo cuantitativo. Lo mismo ocurrió cuando le propuso al gobierno de Chile, a través de su embajador en USA, abrir un centro de investigación para personas interesadas en llegar al conocimiento a través de la expansión de la mente, incorporando técnicas chamánicas adquiridas en su amplio contacto con la sabiduría indígena de muchas partes del mundo. Confidenció que él pensó con el tiempo que el embajador ni siquiera se quiso “ensuciar” enviando un informe de aquella entrevista.

En el desarrollo del tema “Por una política de la consciencia", sostuvo que la conciencia tiene poco que ver con la ciencia, porque si durante el proceso de vida sólo “se meten cosas en la cabeza a los niños” y esto no va acompañado de un crecimiento moral, si no se les  enseña qué es la vida, los hombres permanecen igual que en el paleolítico. El mito de que en la antigüedad más remota nuestros antepasados eran más felices, porque vivían en un matriarcado, resultó también equivocado, porque en algún momento surgió el poder tribal. Probablemente hubo entonces una mejor actitud ecológica, pero terminó primando lo autoritario, se ahogó la libertad del individuo, y ello provocó el cambio cultural que nos llevó al patriarcado.

La conciencia no es pura conciencia, va acompañada del sujeto, al desafío del “conócete a ti mismo”. La consciencia del “sí mismo” debe ir asociada a la libertad, al amor, que no es necesariamente “la búsqueda de amor”. Somos seres muy voraces, que nos deja poco capacidad de dar y de amar. Tenemos sed de amor y lo idealizamos. Si la gente de pronto “se diera cuenta”, podríamos realmente cambiar al mundo. Sin embargo nuestra educación no despierta conciencia, sino que induce a la inconciencia, y por eso  resultamos arrogantes y crecientemente destructivos. La buena educación debería ser una oportunidad para que la gente sea libre y buena; sin embargo, algunos prefieren los rebaños a una democracia verdadera. Si todos los miembros de la sociedad fuéramos como las neuronas de un cerebro integral, todas diferentes pero actuando como un todo, con una función colectiva, ya podríamos haber resuelto los grandes problemas de la humanidad.

Para los que manejan el poder no les debe ser fácil gobernar a mayorías en contra de sus propios intereses, deben ocupar mucha retórica, la política exige mucha seducción. Entonces la educación que nos dan es para que las personas no piensen, ni menos intenten comprender su interior. Noam Chomsky habla de cleptocracia, del dominio de los ladrones y corruptos. Adam Smith, siendo uno de los creadores del capitalismo, era un individuo humanista, y consciente del embrutecimiento que provocaba el trabajo en una cinta de producción,  era partidario de una educación liberadora, una educación “compensatoria”.

Pero la que tenemos no es una educación compensatoria para el embrutecimiento, es una educación que embrutece a cualquiera, una educación exigente y generadora de culpas, es paternal. A los educandos se les academiza, aprenden sobre lo ajeno, no saben de Sócrates ni del autoconocimiento, se les castra sus ansias de libertad. No se educa para la sabiduría ni para comprender, se educa para pasar pruebas, para dar exámenes.

Yo desde temprano descubrí que los humanos no tenemos un yo tenebroso, yo soy un convencido que el hombre es un ser intrínsecamente bueno, así lo proclaman también el budismo y el hinduismo, fundir el yo personal en el yo universal. En Occidente hemos sido formados con la doctrina del pecado original, asociado a un dios vengativo, con el resultado de una conciencia agobiada que responde mejor a lo punitivo.

Los políticos, los técnicos encargados de diseñar la educación de los países no son idiotas, pero actúan como tales, inermes ante el mandato misterioso, no escrito, del poder, algo que no se sabe dónde está. Entonces nos dan una educación que no es para educar sino para que los jóvenes se adapten a una sociedad enferma, nos convierten en fantasmas intelectuales.

Una política para la consciencia significa en primer lugar entender el contexto de nuestra vida, entender que desde temprano se nos destruyen los impulsos de nuestra naturalidad, que nos formamos antianimales, explotamos la naturaleza, subyugamos nuestro yo interior. Hay mucha libertad sexual, pero no una buena actitud hacia la espontaneidad, si no hay amor por sí mismo no puede haber amor al prójimo, si no hay amor al prójimo, no hay amor por lo que está sobre todos nosotros, la naturaleza.

Necesitamos una transformación de nuestra cultura, Nietzsche hablaba de una cultura más dionisíaca, haciendo referencia a Dionisio, el dios de la vendimia y del vino, que representa lo terrenal. El vino es un símbolo de la transformación, como lo es en el catolicismo, es el resultado de la destrucción del grano de uva metamorfoseado en caldo noble. Nosotros, con nuestra civilización resultamos una vergüenza para los indígenas, en Colombia nos tratan de “hermanos menores”, capaces de destruir el entorno que nos permite vivir.

Freud decía que necesitamos de una autoridad policial, porque somos mitad buenos, pero mitad malos. Lo que nos hace malos es el contagio con el concepto del pecado original, de la caída del paraíso por haber comido del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. ¿Por qué debe ser castigado el querer saber lo que está bien y lo que está mal? ¿Por qué se debe inhibir lo espontáneo?

Si somos impotentes para cambiar lo chico, desafiar las estructuras de esta civilización resulta muy difícil.