En Baviera, discordia sobre los crucifijos en edificios públicos

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Por Sylvie Moulin

Según un artículo De Thomas Wieder publicado el 5 de mayo en Le Monde, el ministro-presidente de Baviera, un mes después de su elección, hizo adoptar una ley obligando los edificios públicos a colgar un crucifijo en su entrada, medida que provocó, como era de esperar, reacciones mezcladas.

Uno puede pensar, obviamente, que parte de esa decisión se inscribía dentro de una perspectiva publicitaria, y si esta fue la intención de Söder, logró su meta. Sin embargo, es difícil entender qué estaba buscando a mediano-largo plazo, cuando las mismas autoridades eclesiásticas reaccionaron inmediatamente, cuestionando los argumentos con los cuales quería justificar su decisión.

Söder declaró en efecto que los crucifijos constituían “la expresión de una huella histórica y cultural” y “el reconocimiento de la identidad bávara”. Ahora bien, si tal declaración pudiera ser entendible en una región en la cual la mitad de la población es católica, no queda duda que abre la puerta a nuevos conflictos y divisiones. De hecho, varias instituciones públicas se negaron a aplicar esta nueva medida. Una de las más citadas por la prensa europea fue Eva Kraus, directora del Neues Museum de Nuremberg, quien declaró: “Es difícil, para una institución contemporánea que defiende la liberta del arte de ostentar este signo”. Michaël Kruger, presidente de la Academia bávara de Bellas-Artes, fue más drástico: “No colgaremos ninguna cruz. No porque tenemos algo en contra de las cruces, sino porque deben ser colgadas donde corresponde: en las iglesias”. En cuanto a la universidad de Regensburg, organizó una petición en línea que recogió más de 50.000 firmas en contra de la colocación de una cruz en su entrada.

Finalmente, consciente de que esta disposición no era aceptable, el gobierno decidió no considerar control ni sanciones, y suavizó su posición inicial transformando la “obligación” original en “recomendación” para teatros, museos y establecimientos de enseñanza superior. El ministerio del interior, por su parte, no quiso bajar los brazos y salvó su dignidad concluyendo en un tono conciliador: “Estaremos satisfechos con cada cruz colgada”. Uno no puedo evitar de sonreír al leer esta última declaración, y preguntarse: ¿No hubiera sido más fácil formularlo así en un principio?