DE PLEBISCITOS Y DEMOCRACIA

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Por José Miguel Corral

En estos días se cumplen treinta años de la realización del plebiscito del año 1988, donde, por un margen estrecho, nuestro país decidió retomar la senda democrática. Inédito referéndum, si se considera que el régimen de la época y sus similares –por definición, al menos teórica–  no acostumbran a realizarlos en ninguna parte del mundo. En esa ocasión, estuvieron habilitados de sufragar más de 7.5 millones de compatriotas, quienes hicieron en algunos casos colas kilométricas para cumplir con el deber que su voluntad y sentido de pertenencia les impuso. Ello supuso un tremendo ejemplo para las democracias y gobiernos de toda América Latina, cuyas naciones vieron, varias veces, fracasados sus esfuerzos de realizar consultas populares como la de nuestro país.

Más allá de hablar de ganadores o perdedores, de SI o NO, de alegrías y penas en los bandos; más allá del análisis o la visión política, a veces reduccionista, de lo que significó aquel momento de nuestra historia  –aunque sin desconocer su relevancia–, es muy importante no olvidar la trascendencia de lo que se consiguió en aras de buscar la estabilidad y la sana convivencia para los hijos de esta tierra. Los chilenos entendemos (así lo entendimos también el `88) que la Democracia, concepto muchas veces rayano en el manoseo utilitario de las clases políticas, era, es y será el camino a seguir por las sociedades que buscan avanzar hacia el desarrollo individual y colectivo.

No se trata de relativizar lo sucedido, sino más bien todo lo contrario, esto es, poner de relieve aquello que no hicimos el `73: generar acuerdos, dialogar. Ello no implica perder las identidades políticas de quienes nos representan, pero es necesario llegar a diálogos y acuerdos que garanticen la sana convivencia y la resolución de conflictos de manera consensuada y guardando respeto por el otro, de quien tenemos –siempre– mucho que aprender. Independientemente de las razones coyunturales y políticas que llevaron al quiebre de la institucionalidad de la Republica, es fácil constatar que la polarización de las visiones de algunos grupos y la abulia e indecisión de otros, generó falta de comunicación y, por cierto, de voluntad para terminar con las divisiones que resultaron en lo que ya todos conocemos. Sin embargo, años después, fuimos capaces de acordar, de permitir restaurar aquello por lo que podemos caminar tranquilos por las calles y ver a nuestros hijos poder alcanzar el desarrollo que ellos quieren de acuerdo a sus gustos, capacidades y virtudes.

Ya lo dijo el ex presente Patricio Aylwin en su discurso en el estadio nacional el año `90: “…Es hermosa y múltiple la tarea que tenemos por delante: restablecer el clima de respeto y de confianza en la convivencia, cualesquiera que sean sus creencias, ideas, actividades y condición social….¡Chile es uno solo!”. ¿Cómo no estremecerse frente a tanta sabia, simple y pura grandeza?

“Chile es una transición ejemplar en muchos sentidos, pero su faceta más importante fue la cooperación, la unidad de la oposición política, la colaboración entre los partidos que representaban al centro y la izquierda”, explicó el profesor Steven Levitsky de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) en entrevista con un medio local.

En un Chile cuyas generaciones posteriores al 73 se desarrollan en una lógica un tanto individualista, desechable e inmediatista ¿qué mejor regalo que vivir en una tierra donde –con diferencias naturales, esperables, pero generadas en un marco de respeto mutuo– podemos vivir y convivir armónicamente? La Democracia es mucho más que el derecho al sufragio, propio de las épocas electorales, es vivir bajo un código ético que nos impone respetar al otro, aprender del otro, ser responsable por el otro y valorar al otro, donde las personas valen (entiéndase el valer como concepto no monetario) tanto como yo. Solos llegamos más rápido; juntos llegamos más lejos.