FALLO EN LA CIJ

Por José Miguel Corral

Hace unos días, todos recibimos un tanto expectantes el fallo de la Corte Internacional de Justicia, con sede en la ciudad de La Haya (Países Bajos). En efecto, nuestra clase política y el cuerpo diplomático nacional veían este pronunciamiento con algo de recelo, en virtud de lo ocurrido con la decisión del alto tribunal respecto al diferendo con Perú de hace un tiempo, además del resultado de algunas excepciones preliminares de la corte sobre el tema con Bolivia. Ciertamente el dictamen final hizo que a más de alguno le volviera el “alma al cuerpo”.

El vecino y hermano país se aferró a, por así decirle, ocho argumentos de base con los cuales sostuvo que Chile debía sentarse a negociar una salida soberana al mar boliviana. El análisis y posterior fallo de la corte constató que dichos argumentos carecían de valor jurídico, tratándose más de posturas políticas –rayanas en la emocionalidad en algunos casos-, por lo cual éstas no generaban obligación jurídica alguna para nuestro país de tratar la mediterraneidad del país altiplánico.

Con todo, esta escalada de demandas, ataques verborreicos y nacionalismos exaltados, de uno y otro lado, dejan al descubierto una necesidad casi definitoria de la condición humana de la cual ya se hablaba en la Grecia Antigua: la necesidad de validarse o de ser reconocido frente al otro o por el otro. Lo anterior es perfectamente extrapolable a los pueblos, más aun si éstos cuentan con líderes que usan y abusan de este recurso, lo que, según el historiador Francis Fukuyama, está causando verdaderas olas de extremismo fundamentalista y populismo en todo el mundo. Cuando existen demandas por parte de un pueblo hacia otro, por muy legítimas que estas sean, sus líderes tienen la obligación moral de canalizarlas de manera responsable y seria. Han sido cinco años de un oneroso litigio para ambas partes, pero en particular para Bolivia, donde esta demanda fue utilizada, ciertamente, como herramienta política de legitimación interna, algo que no entregó muchos réditos al gobierno de Morales, ya que la oposición está esgrimiendo este mismo argumento (el de los costos en dinero, profesionales dedicados a este trabajo, entre otros aspectos) para deslegitimar las aspiraciones del ex líder cocalero.

Un claro efecto bumerán para Morales. No obstante lo anterior, el presidente paceño tiene una chance más: aunque fue presentada por nuestro país, la demanda por el tema de las aguas del Río Silala puede traer nuevamente una ola de patriotismo exaltado y mal entendido. El próximo 17 de octubre, la Corte Internacional de Justicia debe pronunciarse si acoge o no la petición Chilena, en cuyo argumento se sostiene que las aguas de dicho afluente son de carácter internacional –desde hace más de un siglo- y que Bolivia modificó esa calidad en 1999.

Ese deseo de reconocimiento y/o validación que de manera natural buscamos individual y colectivamente, no debe ser confundido con un anhelo de superioridad del uno por sobre el otro, algo en lo que sería muy fácil de caer para cualquiera. Chile no debe ver este fallo con ánimo triunfalista, sino más bien como la oportunidad de buscar otras formas de acercarse a nuestro hermano pueblo de Bolivia. Integración es la clave; valorar las fortalezas del otro, respecto de las que podemos aprender mucho. Felizmente, Bolivia no necesariamente es lo que de manera “oficial” dice su presidente. Estoy cierto de que las personas de a pie quieren construir sanos lazos de amistad y hermandad…. Nosotros también.