Política en el nombre de Dios

evangelicos

Por José Miguel Corral

Durante los últimos meses (incuso podríamos decir que durante los últimos años) hemos visto la fuerza con la que han irrumpido algunos grupos evangélicos en la arena política, no sólo en nuestro país, sino que en varios lugares del mundo. Algunos enarbolan sus propias ideas políticas; otros apoyan a ciertas figuras del poder, generalmente candidatos con planteamientos tremendamente polarizadores respecto a otros conglomerados. Ejemplos de ello hemos visto en Costa Rica y Guatemala. Otro tanto se ha dado en Venezuela, Colombia y Brasil, sin considerar el apoyo de base que obtuvo en México el presidente Andrés Manuel López Obrador.

En nuestro país, de acuerdo a datos del INE, las personas que se declaran pertenecientes a este grupo de credos son un 17%.


Poco a poco, a medida que se acercan los períodos eleccionarios, han surgido algunas voces religiosas apoyando candidaturas, por lo general, del mundo conservador. De hecho, durante la campaña presidencial del candidato José Antonio Kast, en 2017, el pastor evangélico David Hormachea invitaba a los electores a votar por “quien crea en Dios y defienda la moral absoluta”. Lo propio hizo el Pastor Javier Soto en promocionar por los medios a Kast como el “nuevo Mesías”.


A modo de contextualización, podemos decir que la ligazón de los grupos protestantes con sectores políticos de tendencia conservadora no es nueva. Una de las formas de relacionamiento e influencia de Estados Unidos con los países del sur, además de lo económico, es lo cultural y religioso. Ello se refleja en el acercamiento que tuvieron cientos de personas de este lado del mundo al abrazar ciertas ideas fundamentalistas propias del pensamiento evangélico, “instalando una teología exclusivista, imperialista y colonial, que tiende tensiones excluyentes con ciertas tendencias de la época, principalmente el marxismo, el liberalismo, el humanismo y el feminismo. Su expansión logró hegemonizar las disputas teológicas, anulando lecturas alternativas de las teologías cristianas en el continente, concentrando el poder y la exclusividad de la verdad”, según afirma el historiador costarricense Arturo Piedra.


En el caso de Brasil, por ejemplo, es ostensible el apoyo de estos grupos al candidato que lleva la delantera en las encuestas de preferencia. De hecho, en la primera vuelta de los comicios Jair Bolsonaro, aunque por muy estrecho margen, se impuso a su más cercano rival Fernando Haddad. Estamos hablando de un universo electoral de 147 millones de personas, donde el poder de los evangélicos ciertamente ha inclinado la balanza desde el llamado impeachment a la ex presidenta de Brasil Dilma Rouseff (2015).


No es un tema menor el de la influencia de estos conglomerados religiosos, que ya se está haciendo palpable, la cual, si nos aventuramos un poco, pondría en serio entredicho muchos avances –locales y regionales– en lo que refiere a la consecución de derechos sociales. Sin ir más lejos: la separación Iglesia- Estado, la equidad de género, el derecho al aborto, la despenalización de la marihuana, por solo nombrar algunos de ellos.


Si quisiéramos avanzar incluso un poco más allá, podríamos decir que la estabilidad de la misma democracia se pone en peligro, ya que muchas de las posturas radicales que exhiben tanto los candidatos como estos grupos religiosos de apoyo basal, no escatiman en medios para imponer sus postulados. No se trata de satanizar las preferencias políticas que con todo derecho puedan expresar las personas, pero es sabido que hay muchas personas que han votado por candidaturas de extrema derecha para “castigar” a políticos moderados que se han visto envueltos en escándalos de corrupción. El riesgo de proceder de esta manera puede tener tremendas consecuencias para el avance hacia el mejor desarrollo de la sociedad.