El contrapoder de los indivisibles

multiculturalidadRedacción Iniciativa Laicista

 

Durante los últimos meses, Berlín, Hamburgo, Hambach y Bruselas han sido el epicentro de una especie de contrapoder que se cierne sobre Europa, consecuencia tal vez obligada respecto a los hechos vividos durante los últimos 15 años, y que abogaba porque ciertos valores –universales, si se quiere–, primero, no desaparezcan y, segundo, se hagan carne, sean tangibles. Miembros de la sociedad civil (jóvenes, ancianos, profesionales, obreros, cristianos, musulmanes, etc.) quieren actuar en conjunto dejando atrás cualquier diferencia. No quieren dejarse intimidar por populismos de derecha, ni menos esperar a que los gobiernos actuales hagan lo que han tardado años en hacer; ha llegado, para ellos, la hora de actuar. Conscientes de que la democracia le pertenece a las personas, han asumido que son estas mismas personas quienes tienen la obligación de respetarla, defenderla y profundizarla.

En Berlín (Alemania) se convocó a una manifestación integrada por diferentes grupos de la sociedad bajo el nombre de #indivisibles, cuyo objetivo era manifestarse contra el racismo y la exclusión, y a favor de una sociedad libre y abierta. Inicialmente, se presupuestaba una convocatoria de unas 40 mil personas. Para sorpresa de todos, ¡llegaron casi 240 mil!


¿Muestra de cómo están cambiando las cosas? Surge de inmediato la pregunta: ¿Qué está pasando con las democracias representativas? ¿Son estas nuestro faro guía para la armónica y efectiva convivencia o es más valida la representatividad política?


En el caso de la democracia representativa, desde muy larga data se preocupó de definir qué, a qué y cómo se ejerce el mando. Se debe mandar en procura del bien común ejerciendo el mando ceñido a la ley. La democracia, como gobierno, implica la noción de responsabilidad de nuestras autoridades, ya que se debe mandar conforme al derecho, herramienta que persigue el bien común. El derecho, quizás, es el único principio inmutable de la democracia.


Pero algo pasó. Lo que suena perfecto en la teoría, hoy por hoy no está resultando. La representatividad es el reflejo de grupúsculos con intereses determinados en ciertos aspectos de la economía o el poder y está dejando de lado lo que muchas veces sus electores piden.


Frente a esto, cabe preguntarse qué responsabilidad tienen los medios en el contexto situacional en que este contrapoder surge. En efecto, vale cuestionarse aquello si consideramos que durante los últimos tres años los medios y, particularmente, la televisión dan espacio a las noticias efectistas, inmediatistas que muchas veces son generadas por pequeños y elitistas grupos políticos que se arrogan el monopolio de la verdad y la democracia, reduciendo el arte de gobernar a una lluvia de dimes y diretes, acusaciones varias y promesas de todo tipo. Por cierto que esta situación frustra y desespera a las personas que quieren ver la solución a los problemas de la sociedad desde la política, la democracia y la convivencia, tratados con altura de miras y de manera efectiva y conjunta.


James Baldwin, en su ensayo En busca de una mayoría, decía: “La mayoría no es una cuestión de cifras ni tampoco de poder. Es una cuestión de influencia”. En definitiva, poco importa el lugar o la cantidad de quienes son convocados, estos buscan ser cada vez más indivisibles dentro de la ciudad y el mundo que les tocó vivir. Hoy comienzan a alzarse aquellos que ven en el otro al mismo sujeto de derecho (y deberes, por cierto) como lo son ellos mismos; aquellos que creen y esperan que la democracia que idealizan se concrete una vez que encuentre aquello que le falta; aquellos que buscan más voz, participación y legítimo reconocimiento, y menos odio, resentimiento y exclusión.


Los valores que con tanto esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas ha derrochado la humanidad durante centenas de años, no sólo deben quedar como una declaración de buenas intenciones por parte de los gobiernos y estados, debe concretarse, tangibilizarse. La libertad, la igualdad y la pluralidad deben ponerse en marcha desde el hacer efectivo de todos, sin exclusiones. Ello supone que un valor fundamental para la humanidad, como lo es la democracia, es algo dinámico. Muta, cambia, tiene sus matices entre una sociedad y otra. Debe adaptarse y debemos adaptarnos también a ella. Pero para conseguir el mejor ejemplo de democracia en un lugar y tiempo determinados, indefectiblemente necesitamos el apoyo y la visión de todos.