América: Nacionalismo al alza

BOLSONARO TRUMP

Por José Miguel Corral

No es menor lo que está sucediendo en nuestro continente: ni más ni menos que los tres colosos de América, a saber, Brasil, México y Estados Unidos se convierten en el gran pivote de los movimientos políticos del continente al estar gobernados por dirigentes que abrazan las ideas del nacionalismo. En efecto, se trata de los tres países que concentran 660 millones de personas, de los mil millones que habitan el continente, encabezados por Donald Trump, por una parte; Jair Bolsonaro, por otra, y con Andrés Manuel López Obrador en medio de ambos, receloso de la dirección y la cercanía que puedan establecer mutuamente los dos primeros. Un pelo en la sopa para la escena: la cada vez más creciente influencia de China en la región, podría desordenar un poco el esquema. Todo es muy incipiente aún.

Sin perjuicio de lo anterior, huelga preguntarse qué responsabilidad les cabe a las izquierdas del continente -y sus figuras señeras- el estar perdiendo cada vez más fuerza y presencia en este panorama.

Como hemos podido apreciar durante los dos últimos años, el tablero político ha sido muy dinámico, reordenando las posiciones e inclinando la balanza hacia la derecha en el continente. México ha sido, quizá, la gran excepción, porque en lo que concierne a Brasil y Colombia está claro hacia dónde se dirigen. La misma claridad para el caso de Nicaragua, cuya crisis interna ha dejado un saldo de aproximadamente 300 muertos, miles de refugiados y exiliados, además de un asfixiante control y censura a los medios de comunicación. Otro tanto lo constituye Venezuela, donde, con todas sus letras, existe una crisis humanitaria de envergadura, y su presidente, Nicolás Maduro, está cada vez más atrapado y a la deriva de sus propias decisiones.

Cabe destacar los casos de Chile y Argentina, gobiernos de derecha que si bien no son comparables en términos de influencia regional con Brasil y Estados Unidos, sí tendrán peso y relevancia a la hora de hacer eco a las políticas que adopten la Casa Blanca y Planalto.  

Si de nacionalismo se trata, en términos geopolíticos gravitaremos en torno a Brasil, Estados Unidos y México, gobiernos que no conciben su política exterior sin el aseguramiento estratégico de la interna, esto es, azuzar a las masas en función de un discurso efectista, simple, carente de tecnicismos y rayano en el populismo. Sobre este aspecto han coincidido Trump y AMLO, quienes no se han tocado directamente con diatribas ni indirectas, más bien todo lo contrario: ambos parecen querer tener una buena relación. Por una parte, Trump comentó que puede hacer “grandes cosas” con su vecino del sur, mientras que López Obrador ha sincerado su discurso planteando que no pretende confrontarse con Trump. Pese a estar en las antípodas ideológicas, ambos se asemejan bastante, ya que tanto el uno como el otro no se han caracterizado precisamente por tener una buena relación con los medios de comunicación y la prensa, sin perjuicio que están presentes en ellos permanentemente; no dudan en culpar a sus propios equipos de los errores que ellos mismos cometen, además de avanzar sin titubear sobre decisiones y reformas que muchas veces, por decir lo menos, han resultado controvertidas.  

Sin embargo, esta “paz armada” puede terminar, ciertamente, en algún momento. La crisis migratoria puede ser el gran detonante. Por un lado, Trump insiste y lucha a diario con la aprobación del financiamiento de lo que fue su gran promesa populista de campaña: construir un muro fronterizo en el sur. Por el otro, México, consciente de que este discurso divisionista se incrementará, no puede hacer mucho, por cuanto necesita del apoyo de Estados Unidos para conseguir dinero y  respaldo para la concreción de sus planes y proyectos que buscan frenar la inmigración hacia el país del norte.

En México cunde la expectativa y el temor respecto al alineamiento que se puede producir entre Brasil y Estados Unidos. Una suerte de freno a dicho alineamiento lo constituye Canadá, sin el cual México se vería ya no en un posible riesgo de perder influencia, sino en una verdadera crisis al respecto, en vista de que el avance de las derechas y los nacionalismos de esta tendencia arrecian no sólo en América.

Con todo, Brasil llega definitivamente al juego con la intención de reordenar el naipe. Su recientemente electo presidente buscará borrar el legado de Lula (como sabemos, encarcelado e investigado por supuestos hechos de corrupción durante su gobierno), quien buscó alianzas y tratos con países de orbita izquierdista, alejándose así de Washington. Bolsonaro busca alzarse como el principal socio de Trump en el sur de América en lo económico e ideológico. No sería novedoso que en poco tiempo más comencemos a presenciar, en los discursos y en algunas medidas de presión, intenciones de acorralar al gobierno venezolano, buscando la dimisión de Maduro de la presidencia en Caracas.

Con todo, cada vez son mayores las expectativas que se ciernen sobre el papel de China en la región. Bolsonaro intentará mermar el papel del gigante asiático en el continente, muy en línea con lo que pretende la Casa Blanca, enemigo declarado de Pekín. Durante los últimos años el ascendiente chino sobre algunos países, principalmente centroamericanos, ha sido importante. Países como El Salvador, República Dominicana, Costa Rica y Panamá son parte, junto a China, del llamado Sistema de Integración de Centroamérica (SICA), con el que buscan contrarrestar el poder e influencia de Estados Unidos en el área.

Lo interesante de todo esto es que si China decide influir más en América Latina, el mapa podría rebarajarse. Si Donald Trump opta por no apoyar a México económicamente para conseguir concretar sus políticas, AMLO podría recurrir a la ayuda del gigante asiático, con lo que pondría en entredicho el poderío norteamericano y brasileño en la región. Nadie sabe para quién trabaja.