ESTUDIANTES AGOBIADOS

estudiantes agobiados

Por Wilson Tapia Villalobos

Los estudiantes de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad de Chile sacaron la voz. Y lo hicieron para protestar por el agobio a que los somete la carrera. La carga académica no es algo nuevo.  Se sabe que, en pregrado, universidades tradicionales chilenas tienen prestigio, incluso a nivel internacional, por su exigencia y acabada formación (No ocurre lo mismo con los post grado, campo en que son bisoñas). Por eso, la protesta llama la atención. Es algo inusual. Las demandas solían ser por fallas en la infraestructura, por trato descomedido de parte de autoridades y profesores o, más recientemente, por discriminación de género. Pero no por la carga académica. Para algunos es una manifestación de la época, en que la juventud busca resultados, ojalá óptimos, sin grandes sacrificios.  Para otros, en cambio, este “signo de los tiempos” se presenta por el stress, por la educación, por la guía de los padres, por una sociedad compleja que muestra sólo ciertos parámetros a alcanzar, que son marcados él éxito medido en metálico.

Es evidente que la sociedad ha cambiado y eso puede explicar el malestar de los estudiantes. Según expertos en el comportamiento juvenil, influye la presión que impone vivir en una gran ciudad. Se agrega a ello la realidad del mundo estudiantil actual, que hoy es más heterogéneo. En algunas universidades, la mayoría de los educandos constituyen la primera generación que ha tenido acceso a la educación superior. Eso implica una presión adicional para no fallar. Además, hay que agregar que la responsabilidad de la familia en este estado de cosas es innegable. Sociólogos y psicólogos coinciden en que la formación que hoy entregan los padres no prepara a los hijos para la frustración. Sus necesidades son cubiertas en cuanto se presentan.  Y esto sigue cuando los jóvenes ya han llegado a la Universidad. De allí que, actualmente, no es extraño ver a padres haciéndose presente en establecimientos universitarios. Van a interceder por sus hijos, como si aún fueran estudiantes de Educación Básica o Media.

El problema, por tanto, parece obedecer a una serie de razones que los expertos continúan analizando.  Pero estas van mucho más allá de la protesta por el agobio de la carga de trabajo estudiantil. Las opiniones coinciden, sin embargo, en que detrás del cansancio, la frustración, se esconde una peligrosa depresión. En 2016, en la Comisión de la Cámara de Diputados que investigaba la situación del Servicio Nacional de Menores (SENAME), se informó que Chile es el segundo país con más alto índice de suicidio juvenil de la OCDE. Posteriormente, un informe de la Unicef lo ubicó en el tercer lugar, con 8,1% por cien mil habitantes -tras Nueva Zelandia y Finlandia-, entre jóvenes de entre 15 y 19 años. En la Unión Europea y la OCDE, el promedio de suicidio juvenil, en el mismo tramo, llega a 6%.

Volviendo a lo netamente educacional, no se puede desconocer que la formación que entrega la educación formal no es pareja. Diversos estudios señalan que un alto porcentaje de los estudiantes egresados de Educación Media carece de la formación adecuada para ingresar al nivel universitario.  De allí que algunas carreras se vean en la obligación de ofrecer cursos de nivelación. Áreas preocupantes de la formación que entrega la educación formal básica en Chile son la comprensión de lectura, niveles elementales de matemáticas, redacción, y amplitud de vocabulario. En este último campo, una investigación reciente informa que la mayoría de los jóvenes se comunica con un promedio de 300 palabras –de las cuales 78 son garabatos– y, además, 37 emoticones.

Una mirada hacia la perspectiva global hace pensar que el problema de los estudiantes de la FAU no es exclusivo de esa Facultad, ni siquiera sólo de la educación chilena. En distintos puntos del planeta, las protestas juveniles se hacen sentir periódicamente. Son manifestaciones que encabezan o a las que se suman por un malestar más generalizado en la sociedad. Entre ellas están los movimientos de 2005 y 2006 de jóvenes migrantes contra la discriminación en Francia, que luego fue respaldado por los estudiantes y trabajadores jóvenes que reclamaban contra la falta de protección al primer contrato de trabajo; los movimientos ambientalistas y de protesta de género son liderados por jóvenes y surgen de manera reiterada. También ocurre algo similar con las protestas por razones políticas.  Esto último es un acontecer transversal en todo el mundo.

La presencia de jóvenes en la demanda de nuevas condiciones para la sociedad, no es nuevo. Las esperanzas y sueños son una señal que los distingue. Pero el contenido de las protestas es el que cambia. Hoy, las demandas de igualdad para el trato de los géneros y de las preferencias sexuales, es un elemento distintivo. Como lo es también, y con mucho énfasis, el rechazo a las condiciones que impone un sistema económico que privilegia la competencia por sobre la solidaridad. Y se marca una diferencia con el período inmediatamente anterior, ya que tras las demandas actuales no existe una ideología política determinada.

El agobio estudiantil estructura un escenario que permite mirar la realidad desde distintas ópticas. Y el resultado será siempre el mismo: el futuro exige cambios.