El infierno, ¿son los demás?

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Por Laurant Joffrin

Recordamos la frase de Margaret Thatcher, exaltando el individualismo a la base de sus convicciones: “There is no such thing as society”. “No hay tal cosa como la sociedad”. Aforismo brutal según el cual solamente los derechos y los intereses de los individuos, separados y autónomos, disolvían en realidad el contrato social. Desde el mediodía de hoy [17 de marzo], los franceses, como muchos europeos, confinados en sus casas por el coronavirus, experimentan concretamente la falsedad del teorema que cambió el mundo lanzando la “revolución conservadora” de los años 80

Separados de los demás en nombre de la precaución sanitaria, se dan cuenta – o van a darse cuenta – que el ciudadano moderno, aunque quiera proteger su libertad y guardar sus distancias, es a pesar de todo, y quizás en primera instancia, un animal social. Como aquellos italianos que salen a su balcón tres veces al día para cantar en coro o aplaudir juntos al personal de los hospitales, van a medir cuanto necesitan reencontrarse con otras personas para tranquilizarse y averiguar que son miembros de esa cosa “que no existe”: la sociedad.
Necesidad psicológica, básica, fundamental en la vida cotidiana, que implica la relación, el intercambio, el trabajo o los pasatiempos juntos. La vida nuclear, familiar o solitaria, impuesta por las circunstancias, tiene algo artificial, reprimido, vacío y penoso, si no la vienen a complementar, enriquecer y optimizar relaciones sociales de todo tipo que le dan su sentido colectivo. “El infierno son los demás”, escribía Sartre. Fórmula metafísica que encuentra poca sustancia en la existencia real. Sin contactos humanos, quizás los franceses llegarán a pensar que “el infierno”, justamente, es cuando los demás no están.
Rehabilitación del Estado
Además que esta reclusión temporaria pone en evidencia otra realidad: el rol bruscamente decisivo y resplandeciente de la colectividad, representada y organizada por su Estado, del cual cada uno, sin poder actuar, depende ahora casi por completo. El Estado que edita reglas sanitarias para limitar las pérdidas humanas, el Estado que lucha contra el virus gracias a servicios públicos de los cuales, de repente, redescubrimos la utilidad valiosa, el Estado que ya no se critica por sus costos excesivos, sino que se urge de gastar sin límite para ayudar los hospitales públicos, para garantizar la seguridad, para socorrer a los más débiles, para evitar las quiebras de empresas, para mantener en la medida de lo posible el funcionamiento normal de la vida económica. El Estado que Boris Johnson, Primer ministro de Thatcher, quería dejar afuera de la crisis para contar con la responsabilidad individual, pero que, de repente, se debe movilizar frente a las consecuencias temidas de un laisser-faire portador de desgracia sanitaria y social.
Quizás será la gran lección que sacar de esta crisis imprevista, comparable al choque de la última guerra, cuando las sociedades europeas movilizadas por el conflicto entendieron la importancia de la solidaridad, de la fuerza colectiva, y decidieron, una vez que volvió la paz, crear el Estado providencia, democráticamente encargado de proteger a los individuos contra los avatares de una existencia solitaria de una dureza insoportable. Lo que crece: los valores del compartir, del civismo, de la cooperación y de la acción colectiva. Lo que disminuye: el “cada cual a lo suyo” de las sociedades materialistas, el Estado minimalista que se satisface con funciones de regalía y se retira de a poco de la vida social, la desregulación que tiene una confianza ciega en los mecanismos del mercado, mientras solo las reglas colectivas aceptadas crean una sociedad civilizada, en un equilibrio entre iniciativa individual y solidaridad colectiva.
¿Toma de conciencia efímera? ¿Sentimiento fugaz que desaparecerá al cerrarse este amargo paréntesis? Es demasiado temprano para decirlo. Pero se puede esperar un giro histórico que rehabilitará la sociedad y el Estado, lejos de la utopía gastada del individuo-rey.

“Carta política” de Laurant Joffrin, pubicada en Libération el 17 de marzo de 2020

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