El próximo virus

Jared Diamond

Por Jared Diamon
       Nathan Wolfe

Vamos a empezar ya a pensar en el que probablemente sea el próximo virus. ¿De verdad?, preguntarán. ¿Por qué pensar en el próximo virus cuando la epidemia actual de la Covid-19 está en sus primeras fases? Pues sí, hay que pensar en el próximo virus ahora, porque en 2004, cuando se produjo la epidemia de SARS, no lo hicimos y, debido a ello, no hemos podido evitar la epidemia actual, que casi con toda seguridad tuvo un origen muy similar a la del SARS.

Estas nuevas enfermedades —no solo el coronavirus y el SARS, sino también el sida, el ébola y el marburgo— no aparecen en los seres humanos de forma espontánea. Son enfermedades de animales (las llamadas zoonosis) que saltan de un portador animal a los humanos. Y no proceden de animales muy diferentes a nosotros, como los peces y las gambas —a pesar de que tenemos mucho contacto con ellos—, sino, sobre todo, de otros mamíferos, nuestros parientes más cercanos.

El motivo está claro: un microbio evoluciona para adaptarse al entorno químico interno de su portador. Por eso le es más fácil saltar a otro portador nuevo si su entorno químico interno es similar al del portador de origen. No somos peces ni gambas, sino mamíferos, de modo que nuestras zoonosis son, en su mayoría, regalos de otros mamíferos.

El salto del SARS a los humanos se produjo en los mercados de animales salvajes de China. Existen muchos mercados de ese tipo en todo el país, en los que se venden animales capturados, vivos o muertos, como alimento o para otros fines. El origen del SARS estaba en las civetas, unos pequeños carnívoros que, a su vez, habían contraído el virus de los murciélagos. Aunque no es normal que una persona tenga estrecho contacto con una civeta, es un animal buscado por los cazadores, que luego lo llevan, como otros mamíferos salvajes, a los mercados.

Si un extraterrestre perverso quisiera infectar de una zoonosis a los humanos, el método más eficaz sería poner el máximo número posible de especies en contacto con el máximo número de humanos posible. ¿Y cuál sería la mejor solución? Un mercado chino de animales salvajes. Los cazadores que abastecen el mercado no cazan una sola especie, sino muchas. No se quedan en el bosque, se comen el animal y se infectan, sino que lo llevan a un mercado lleno de compradores, que tienen todas las papeletas para contagiarse. Por supuesto, existen mercados de animales salvajes en otros países. Pero los mercados chinos son especialmente propicios a lanzar epidemias, porque China es el país más poblado del mundo y está cada vez más conectado por trenes de alta velocidad, aviones y automóviles.

Los profesionales de la sanidad pública conocen estos datos sobre el origen animal de las nuevas enfermedades humanas desde hace muchos años y las facilidades de transmisión que proporcionan los mercados chinos de animales salvajes. Cuando apareció en dichos mercados el SARS, en 2004, China debería haber tomado nota para cerrarlos de forma permanente. Pero no lo hizo.

La Covid-19 se vio por primera vez en diciembre de 2019 en Wuhan, y de inmediato se sospechó que el origen estaba en el mercado. Aunque todavía no disponemos de pruebas de que sea así, todo indica que la fuente fueron los animales salvajes y su compraventa. La Covid-19 está causada por un coronavirus muy relacionado con las dos epidemias zoonóticas anteriores, SARS y MERS. Parece que todos estos virus proceden de los murciélagos y son capaces de saltar a los humanos a través de otros animales, como ocurrió con el SARS, que se transmitió a través de las civetas que se vendían en los mercados.

Después de la aparición de la Covid-19, la primera reacción del Gobierno chino fue quitarle importancia. Pero enseguida pasaron a una actitud mucho más enérgica, con la puesta en marcha de una serie de medidas sin precedentes para limitar la transmisión, cuyos beneficios parecen haber sido radicales. Además, China ha tratado de prevenir la aparición de otras zoonosis mediante el cierre, por fin, de los mercados de animales salvajes y la eliminación definitiva de su comercio como alimento.

Esta es la cara positiva. Pero también hay una cara negativa. El Gobierno chino no ha prohibido la otra gran vía de contacto entre humanos y animales salvajes: el comercio de animales vivos para su uso en la medicina tradicional. Este comercio también es inmenso, afecta a numerosas especies animales y surte a gran cantidad de clientes. Por ejemplo, las escamas del pangolín, un pequeño mamífero que se alimenta de hormigas, son muy utilizadas en la medicina china tradicional porque se cree que combaten las fiebres, las infecciones de la piel y las enfermedades venéreas. A un microbio que habita en un mamífero y aguarda la oportunidad de infectar a los humanos le da igual que la persona compre el animal en un mercado de comida o por su valor en la medicina tradicional.

A los occidentales, esto les parecerá evidente. ¿Cómo es posible que el todopoderoso Gobierno chino, capaz de encerrar a millones de personas en cuestión de días, no tenga el empeño de poner fin, de inmediato y de una vez por todas, al comercio de animales salvajes? Pero estos productos, para algunas comunidades chinas, no son una mera exquisitez. Una analogía apropiada es, probablemente, pensar en qué ocurriría si los científicos descubrieran que la venta de queso o de vino tinto está provocando epidemias. ¿Cómo reaccionarían los franceses si el mundo les pidiera que la prohibieran? Para algunas poblaciones chinas, los animales salvajes constituyen una parte de su cultura más importante que el queso y el vino tinto para los franceses. No obstante, pese a los obstáculos culturales, China y otros Gobiernos de todo el mundo deben actuar con rapidez y decisión para acabar con ese comercio.

Hasta que no lo hagan, podemos estar seguros de que el SARS y la Covid-19 no serán las últimas epidemias mundiales de este tipo. Mientras los animales salvajes sigan siendo utilizados como alimento y para otros fines, habrá más enfermedades, no solo en China, sino en otros países. Con el SARS salimos relativamente bien librados: mató a menos de mil personas, frente a los cientos de miles que mata la gripe estacional cada año. Con la Covid-19, los resultados no van a ser tan buenos. Tanto si mata más que la gripe en un año normal como si no, su repercusión será enorme en las vidas y las economías de miles de millones de personas. Y el próximo virus puede ser mucho peor. La conectividad del mundo es cada vez mayor. No existe una razón biológica sólida para que una futura epidemia no vaya a matar a cientos de millones de personas y a sumir el planeta en varios decenios de depresión sin precedentes.

Este peligro se reduciría enormemente si se acaba con el comercio de animales salvajes. El Gobierno chino no necesitaría hacerlo en beneficio del resto del mundo. Lo haría, sobre todo, en beneficio de los propios chinos, porque, como con el de la Covid-19 lo lógico es que sean las primeras víctimas del próximo virus surgido de ese comercio.

Jared Diamond es autor de Armas, gérmenes y acero, entre otros libros. Nathan Wolfe es virólogo y fundador de Metabiota.

PUBLICADO EN EL PAÍS, 22 de marzo de 2020