La obstinación de los pastores

Palma Garrido

Por Gabriel Palma Garrido

Estamos viviendo la pandemia más importante, o una de las más importantes, de los últimos cien años. Y es preocupante no tanto por su mortalidad, sino por su alcance planetario. Ciertamente, no es comparable a la última gran pandemia –la Gripe Española– que cobró la vida de aproximadamente quince millones de personas. Y ni hablar de las llamadas “pandemias eternas” como la malaria e incluso el VIH, enfermedades que lamentablemente se han transformado en males endémicos de la humanidad, y que no son comparables con ninguna pandemia.


Esta nueva cepa de coronavirus nos ha pillado desprevenidos y vulnerables debido a varios factores, tales como la excesiva confianza de los gobiernos en las capacidades de sus sistemas de salud, o la inestabilidad económica producto de los enfrentamientos entre China y los Estados Unidos. Mala cosa, pues el descontrol de la situación ha obligado a los gobiernos a decretar cuarentenas y distanciamientos sociales, forzando a la comunidad a cambiar sus hábitos de vida.
Pese a estas medidas, últimamente han hecho noticia algunas situaciones que involucran a practicantes evangélicos quienes participaron en diversos encuentros religiosos y se contagiaron de COVID-19, contagiando ellos la enfermedad a su círculo cercano fuera del contexto espiritual. Ahora, estos hechos no dependen únicamente de las decisiones que tomen los creyentes, sino que además influyen aquellos que incitan a seguir participando de estos encuentros.
Quizá el lector ya haya adivinado de quiénes hablamos; existe un pequeño grupo de pastores evangélicos quienes han llamado públicamente a sus feligreses a continuar sus vidas normales, alegando que “su Dios no permitiría jamás que se contagien con esta enfermedad”.
Tenemos dos figuras polémicas dentro de la comunidad protestante en Chile: los pastores Javier Soto y Ricardo Cid, personajes que, lamentablemente para la colectividad evangélica en nuestro país, crean una mala imagen de sus creencias religiosas debido a su actuar excéntrico y poco empático.
Ambos pastores han dado declaraciones en televisión abierta durante la última semana, en donde afirman que seguirán impartiendo sus cultos, pese a las restricciones sanitarias impuestas por el gobierno. Por un lado, Soto hizo una aparición en un matinal la semana pasada, haciendo un llamado a sus fieles a continuar con el curso normal de sus vidas, además de desacreditar a los profesionales de la salud presentes en ese minuto en el programa. A su vez, Cid fue denunciado por la Municipalidad de La Pintana por realizar ceremonias sin ningún resguardo y, además, en presencia de menores de edad (Cid tiene una denuncia de abuso sexual a un menor de edad el año 2015).
Por cierto, no son los únicos casos de desobediencia por razones religiosas. Tenemos también a aquella matrona del Hospital Sótero del Río en Puente Alto, quien acudió a un culto en su iglesia, en donde contrajo COVID-19 y posteriormente contagió a cinco compañeras de trabajo; o el lamentable fallecimiento de Mario Salfate, pastor evangélico y Presidente de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile, quien adquirió el virus en un congreso religioso en donde se congregaron más de 300 pastores, a mediados de marzo.
Entonces, ¿qué ocurre con estas personas? Bueno, hay que decir que este no es un problema generalizado dentro de la comunidad evangélica chilena. Es más, el presidente de la Mesa de Entidades Evangélicas y Protestantes de Chile, Emiliano Soto, fue enfático al declarar que “dentro de los casi tres millones de evangélicos del país, la gran mayoría está en contra de este tipo de acciones, de conductas de pseudo-pastores que convocan a la gente y lamentablemente los desacreditan a todos. Este es un punto negro dentro de nuestra realidad evangélica, que es lamentable”.
Quizás este tipo de conductas se puedan explicar por la avaricia de algunos pastores, quienes tal vez temen perder los ingresos que generan los cultos presenciales que presiden, o bien tienen miedo de que sus fieles se vayan a otras iglesias. Es probable que también haya un componente de ego detrás de todas estas conductas erráticas e incoherentes, de acuerdo al contexto de emergencia sanitaria.
Hay que ser claros en que el drama no radica en la orientación espiritual de los sujetos, pues la mayoría de las comunidades religiosas han sido disciplinadas al afrontar y aconsejar a sus creyentes durante la pandemia; incluso han acatado aquellas ramas que se pueden considerar como más “radicales”. El problema es muy simple e infantil: la porfía y terquedad de algunos pastores.
Las religiones, cristianas en este caso, han dado todo el apoyo que pueden dar para evitar la propagación del virus, pues entienden que, pese a la omnipotencia de su Dios, el virus no se detendrá; quienes lo detendrán somos nosotros los seres humanos. Esto podría recordarnos una frase que se le atribuye a Jesús: “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

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