Caos

CastellsPOR MANUEL CASTELLS

“Por eso el Señor enviará una ¬enfermedad extenuante entre sus robustos guerreros; y debajo de su gloria encenderá una ¬hoguera como fuego abrasador” (Isaías, 10,16).


En 1944 el académico y diplomático sueco Gunnar Myrdal publicó un libro que le haría famoso: Un dilema americano. El problema negro y la democracia americana .

El dilema que planteó era inequívoco: ¿cómo es posible que una de las primeras democracias del planeta perpetuara la discriminación sistemática contra sus ciudadanos negros por el hecho de serlo? Sus documentadas ochocientas páginas pueden sintetizarse en una conclusión simple. Para aceptar moral y políticamente la esclavitud sobre la que se fundó en parte la economía estadounidense había que considerar a los negros subhumanos y, por tanto, no podían ser sujetos de los mismos derechos. Aunque una cruenta guerra civil abolió la esclavitud, el estigma ha continuado a través de la historia y reverbera siniestramente casi un siglo después.


Las múltiples revueltas y los potentes movimientos por los derechos civiles, apoyados por blancos progresistas, fueron cambiando las condiciones legales de los negros, pero perpetuaron la marginación social y económica de muchos de ellos. En particular el racismo se mantuvo en amplios sectores de la policía y de la judicatura. Por ejemplo, los sindicatos de policía son importantes donantes a las elecciones de los fiscales. Sin embargo, conforme crecían la conciencia y la educación de la minoría afroamericana (un 14% de la población), el abuso y la violencia de la policía se hicieron intolerables.


Recientemente hubo múltiples casos en que por cualquier cosa se mataba a un sospechoso o a alguien de quien se sospechaba que podía ser sospechoso sin respeto a las más elementales normales legales. La policía, en general, protegía a sus agentes, y los jurados y jueces solían encontrar una justificación para exonerar a los culpables o condenarlos a penas leves que se convertían rápidamente en libertad condicional. Mientras que cualquier afroamericano que se enfrentaba a un tribunal recibía con frecuencia una larga condena de prisión. Por eso representan un 37% de los que están en la cárcel y por eso un 60% de los hombres afroamericanos de entre 18 y 40 años están sometidos al sistema de justicia criminal, ya sea en la cárcel o en libertad condicional. Y cuentan por un 55% de los homicidios cometidos por la policía.


Así nació el movimiento Black Lives ¬Matter (las vidas de los negros importan), que ha despertado a las comunidades afro¬americanas y a millones de estadounidenses que creen en valores democráticos, para confrontar una realidad intolerable y que, sin embargo, se tolera por las instituciones a través del tiempo. Es ese clima de racismo perpetuo en que cualquier nuevo abuso de¬sata la ira contenida lo que permite ¬en¬tender la furia desatada que ha seguido al ase¬sinato de George Floyd en Minneapolis por un po¬licía blanco que le apretó la rodilla contra el cuello cuando yacía en el suelo durante ocho minutos mientras Floyd gritaba: “¡No puedo respirar!”. Hasta que dejó de hacerlo. Sin que mediara resistencia al arresto, por el simple hecho de que a un tendero le pareció que el billete de veinte dólares podría ser falso. Como siempre, la acusación inmediata al¬ ¬policía fue simplemente de homicidio -accidental.


La explosión social de indignación y rabia esta vez sorprendió a todos por su magnitud. En todos los estados y en todas las grandes ciudades manifestaciones multitudinarias y multirraciales se enfrentaron a la policía y las noches se iluminaron con incendios acompañados, en muchos casos, de saqueos, sobre todo en los barrios más pudientes, porque hubo una reacción de salir del gueto y llevar la violencia fuera de los barrios pobres. No es por casualidad que esta furia se produjera en un país en que la pandemia se ha cobrado más de 103.000 vidas, con casi dos millones de contagios, mucho más frecuentes entre las minorías sin seguro médico, con la economía colapsada y 40 millones de parados, sin apenas cobertura de desempleo. Y con un presidente que, refugiado en su búnker, sigue echando la culpa a la debilidad de los gobernadores demócratas, que acusa a los antifascistas Antifa (una red activista con escasa influencia) de promover la revuelta y que ofrece la intervención del ejército como solución.


¿Por qué ese grado de desorden? ¿Por qué los saqueos? Porque la rabia es de tal calibre que ya no hay confianza en las instituciones y mucho menos en cualquier político. Demasiada injusticia, demasiadas veces. Con una policía a la que se le permite todo. Aunque también hay policías que se arrodillan en solidaridad con los manifestantes. No basta. Hay hambre y miseria en todas partes, y cuando no se respeta la ley desde arriba tampoco hay razón para respetarla desde abajo. Desintegración moral y social de un orden que aparece ilegítimo al aplicar la ley de forma diferente según a quién. “Sin justicia, no hay paz”, dicen los manifestantes. Al tiempo que proliferan grupos violentos de blancos supremacistas que, según su discurso en las redes sociales, quieren acelerar la destrucción de todo el orden para que se constituyan nuevos estados por y para los blancos.


Así es como entre el humo de las hogueras y el acre olor de un país quemado surge una espiral de caos que, junto a la pandemia, puede extenderse a todo el planeta puesto que se trata del país que fue el centro del mundo que se fue.

Publicado en LA VANGUARDIA 6 de junio de 2020

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