La obligación moral de tocar fondo

brañasFátima Brañas

La COVID-19 ha llegado a nuestras vidas como esos huracanes de la costa de Asia o del mar Caribe que se insinúan con un viento suave para tornarse calladamente aterradores y en instantes arrasar con todo. A demasiados les ha arrebatado la vida y lo ha hecho de forma cruel, en soledad. Si en algo hay consenso en esta sociedad persistente en la división, los bandos y la confrontación estéril es en que la Covid-19 se ha cebado con los mayores. El 87% de las personas que han fallecido desde el inicio de la pandemia son mayores de 70 años y las residencias han quedado diezmadas. Hasta ahí han llegado los políticos y los medios de comunicación: a dar tristes cifras bailantes y a lamentar que los mayores eran frágiles, vulnerables, carne de cañón. Impera una ausencia total de reflexión, no hay preguntas ni atisbos de que alguien entone el mea culpa. La hipocresía del barniz que aparenta, pero rascas y solo encuentras madera vieja.

 

Como sociedad no podemos quedarnos ahí, en la superficie, rasgarnos las vestiduras para, sin solución de continuidad, pasar de fase como quien da por terminada una novela y a otra cosa mariposa. Tenemos la obligación moral de tocar fondo. Y, si somos honestos, entonar todos al unísono el mea culpa. La pandemia nos ha dejado en cueros sin margen al pudor, enfrentándonos a la realidad tal y como es. No ha añadido nada, solo dolor, pero ha sacado a relucir lo que llevaba años en y con nosotros. La longevidad es signo ineludible de éxito en las sociedades avanzadas del mundo desarrollado y de ese éxito nos vanagloriamos con orgullo. España es el segundo país por detrás de Japón con la mayor esperanza de vida del mundo y Madrid, concretamente las mujeres de Madrid, las que tenemos la mayor esperanza de vida de Europa. Pero ¿qué consideración tienen los mayores en nuestra avanzada sociedad? ¿qué papel juegan? ¿qué lugar ocupan? ¿quiénes son?

Hasta que el SARS-CoV2 nos ha obligado a confinarnos en un recogimiento no deseado pero salvador, nuestras vidas se regían por la prisa, la utilidad y el ansia de importancia. No había espacio para preguntas, sólo sitio para resultados. Ahora, recluidos cada uno en su casa con más silencio interior del que algunos quisieran, todos hemos sentido la misma punzada: el abandono a nuestros mayores. Descubrimos con pena y vergüenza que nos creíamos tan modernos que dábamos por superado el concepto de familia en el que los abuelos tenían un papel trascendente, dar consejo, y una posición indiscutible: ser el centro. Los mayores eran respetados, sus opiniones valoradas y sus limitaciones redimidas por el cariño. Tenían valor en sí mismos. La sociedad de hoy, virtuosa en otras cosas, está enferma de utilitarismo y está grave. Y la sociedad somos cada uno. Es fácil mirar a los lados buscando culpables y exigiendo que la solución la den otros mientras sentenciamos en Twitter sentados cómodamente en el anonimato que la red nos permite. Si lo que hemos vivido con los mayores y la Covid no nos interpela personalmente y nos hace actuar, la desgracia de lo ocurrido será doblemente terrible porque antes o después se repetirá y entonces tendremos la piel aún más gruesa y áspera. Los políticos que tenemos, no lo olvidemos, son el triste reflejo de la sociedad que somos. Cuando el valor de las personas se mide en términos de producción o utilidad, cuando la vida no se considera como un valor en sí misma sino como un instrumento para, entonces si no eres útil eres descartable. Descartar es prescindir o excluir a alguien que me sobra porque es inútil para mí. Esta enfermedad, el utilitarismo, es como los brazos de un pulpo, lo alcanza todo, pero tiene sus peores consecuencias en los más vulnerables. Y entre ellos están los mayores. El descarte es el signo patognomónico y, aunque duela, la única manera de erradicar la enfermedad es enfrentándonos cara a cara con algunos de sus signos y síntomas y empezar a entonar el mea culpa en primera persona del singular. Hemos despojado a los mayores de su identidad individual. Hablamos de ellos como si fueran un colectivo homogéneo, con necesidades y expectativas uniformes al que podemos colocar en un lugar concreto de la sociedad sin derecho a réplica. Los infantilizamos cuando nos interesa, tomando decisiones por ellos pero sin ellos, siempre por su bien, que por supuesto decidimos nosotros cuál es. Decidimos si tienen que comer esto o lo otro, si esas compañías no les convienen, si tienen que vivir solos o aquí o allá, si en el banco o en el médico tienen que hablar o mejor estar callados. Y si nuestro interés va por otros derroteros entonces los empoderamos. Entonces, el que no puede decidir sobre sus cosas grandes y pequeñas puede y debe cuidar a los nietos siempre que lo necesitemos, puede y debe ir de aquí para allá para hacernos los recados a los que nosotros no llegamos, puede y debe estar siempre disponible, a cualquier hora, en cualquier momento, porque no damos valor a sus planes, a sus deseos, a sus inquietudes y necesidades, porque les hemos despojado de su identidad individual y les miramos –sí, la verdad duele– con ojos de utilidad.

Las personas mayores son únicas e irrepetibles cada una. Los hay creyentes y ateos, de izquierdas, de derechas y desencantados. Algunos tienen mil historias que contar y otros preferirían borrar el pasado. Casi todos han probado las amarguras de la vida. Los hay afables, groseros, generosos, cultos, sin estudios, zalameros. Algunos están solos y quieren seguir estándolo. Otros no, desean la compañía que no tienen y probablemente no tendrán. Mientras algunos están en perfecta forma física y disfrutan de osados planes capaces de retar a los más jóvenes, otros tienen dificultades para valerse por sí mismos en las tareas más cotidianas. Cuando nos referimos a los mayores con ese tono dulzón como de cuento les arrebatamos su identidad individual y con ella sus derechos. El primero de todos, el derecho a que se refieran a ti con un nombre propio que te define, te diferencia de los demás y te protege de la peligrosa uniformidad del saco común.

«No vamos a dejar a nadie atrás» es uno de los eslóganes de estos días. A los mayores les hemos dejado atrás como sociedad hace tiempo. Basta cruzar un semáforo para darse cuenta de forma literal. O salir a tomar algo y tener que escalar al taburete alto que se ha impuesto a la que se considera la trasnochada silla baja en todos los locales de moda. Y así tantos detalles pequeños que son los que hacen que la vida pueda ser fácil o no ser y que evidencian que no pensamos en ellos cuando mejoramos nuestras ciudades, cuando innovamos, cuando tenemos en mente a quienes las van a vivir y a disfrutar. Y además de ser una pena es un gran error. Entre las personas mayores hay sobreabundancia de lo que a nuestra sociedad de hoy le falta: la capacidad de entretenerse en los detalles sin prisa, la sabiduría de los muchos años vividos, experiencias de fracaso, de éxito y de innovación. Son la encarnación de la mejor de las auditorías para analizar si una propuesta de mejora lo es en la vida real. La honestidad del que ya no tiene nada que ganar y nada que perder, la sana desinhibición del que dice la verdad sin adornos porque ya no compite. Y hay algo que aportan algunas personas mayores, muy a su pesar, que es enfermedad, dependencia, limitaciones, necesidad de otros… Esto también es la realidad. Es la parte de la realidad que nos pone a prueba como sociedad. El termómetro que mide la fiebre del utilitarismo, porque la dignidad de las personas, su identidad individual no depende de lo útiles que son –¿qué es ser útil?, habría que preguntarse– sino de su ser persona. Ellos nos obligan a los demás a revisar nuestras coordenadas, a evaluar nuestros principios, a enfrentarnos a nosotros mismos. Si nos damos la oportunidad de reflexionar y de cambiar es posible que, paradojas de la vida, haya sido la Covid-19 la que nos haya traído el tratamiento para nuestra sociedad enferma y, entonces, algo bueno habremos sacado.

Fátima Brañas, jefa de Geriatría del Hospital Universitario Infanta Leonor de Madrid.

Publicado en EL MUNDO 12 de junio de 2020

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