La gestión de la esperanza

veigaFrancisco Veiga

Hace casi justamente un año, HBO estrenaba la miniserie Chernóbil, de Craig Mazin. Tuvo algo de premonitorio, porque ya casi nadie se acordaba de aquel accidente acaecido en abril de 1986 y que selló el destino de la moribunda Unión Soviética. Ahora, nosotros podríamos estar en una situación parecida por cuanto en ambos casos afrontamos un fallo tecnológico que en un muy corto periodo de tiempo afectó a buena parte de la población. Así que el marco cronológico de nuestra era puede comenzar en 1990, con la caída del muro de Berlín, pero también en 1986, con Chernóbil, cerrándose el periodo en 2020 con la covid-19.

 

¿Y ahora qué? Desde marzo se gestionó con cierta eficacia la incertidumbre ante la amenaza del coronavirus; la gestión del alivio también ha ido saliendo bien en las últimas semanas. Pero ahora tenemos por delante la gestión de la esperanza, y eso ya es harina de otro costal. ¿Hacia dónde vamos? Nadie parece saberlo a ciencia cierta.

Podríamos estar dirigiéndonos hacia una nueva guerra fría, y no contra chinos o soviéticos, como entonces, sino contra nuevas formas de amenazas biológicas o catastróficas, que ya por entonces, en los años del enfrentamiento bipolar, cuando cuajaba el primer esbozo real de mundo globalizado, daban como resultado escenarios de fallo tecnológico.

Y es que hemos heredado los terrores de la guerra fría, como adaptados a la globalización. Uno de los memes que corría estos días por WhatsApp, titulado Tragedias a las cuales he sobrevivido, listaba los terrores globales sufridos desde los años noventa del siglo pasado, empezando con la enfermedad de las vacas locas, continuando por el SARS, el H5N1 de la gripe aviar (2005), el H1N1 de la gripe porcina (2009), el MERS (tres años más tarde) y el ébola (2014). Visto con perspectiva histórica, es evidente que la covid-19 forma parte de esa cadena de “accidentes” y que un proceso así no va a desaparecer en años venideros. Aunque suene a alarmismo y nadie parece pensar en ello, en estos días se ha hablado del nuevo brote de ébola en África y se empiezan a lanzas advertencias sobre la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo.

De acuerdo: estamos todos muy sensibilizados por estos temas. Así que no va a quedar más remedio que afrontar con realismo —pero sin dramatismo— la nueva amenaza que ha llegado hasta nuestras puertas e incluso dentro de nuestros propios hogares y puestos de trabajo.

Estamos viviendo una suerte de revolución tecnológica y cívica que afecta a la mayor parte de todo el mundo y cuyo alcance final aún ignoramos. A partir de ahora, el criterio que primará en el liderazgo político debería ser el de eficacia en la resolución y la prevención. Y no solo de catástrofes sanitarias y de la naturaleza, sino también de los muchos problemas que conllevarán. Al socaire de la Guerra Fría se toleraron golpes de Estado y dictaduras. En nuestros días, la herencia de la crisis de 2008 ha sido esa generación de políticos populistas, caudillistas y simples autócratas que llegaron al poder para practicar el trilerismo y el regate corto, lo cual explica en buena medida las salidas de tono y el desorden reinante por doquier.

Se han dado dramáticos intentos de supervivencia de esos regímenes incluso en el seno de la Unión Europea. El pasado 30 de marzo, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, logró la aprobación de una ley en virtud de la cual podrá gobernar mediante decretos a partir de aquel día y hasta cuando él considere oportuno. Así que se está enraizando una dictadura en medio de la Unión Europea, un precedente nefasto que algún que otro pequeño país europeo le ha faltado tiempo para intentar emular con mayor o menor éxito y contención.

Por tanto, se trata de anular esas indeseadas herencias del pasado político reciente y a la vez propiciar un cambio social hacia la estabilidad que traiga la recuperación económica y prevenga nuevas catástrofes. Posiblemente, en Occidente, la fuerza de las circunstancias hará que vayamos derivando hacia Gobiernos más tecnocráticos, que incluyan profesionales de la sanidad, economistas y otros expertos. Controlados de cerca por Parlamentos con perfiles ideológicos variados, progresistas e innovadores. Y unos medios de comunicación profesionales y neutrales más potentes que hasta ahora, como garantes de las libertades fundamentales. Todo ello sustentado por alguna forma de regulación y equilibrio internacional, a escala global; o por bloques de afinidad ideológica, en consonancia al tipo de población, nivel de desarrollo y otros parámetros.

La covid-19 será neutralizada tarde o temprano. Pero entonces el problema ya no será la pandemia, sino la idea de que podremos volver a los excesos recientes como si todo hubiera sido una pesadilla. Porque fue precisamente ese pasado el que nos llevó a la presente situación. Y a lo que hemos de aplicarnos ahora es a gestionar el futuro; porque al pasado no hay que intentar volver.

Francisco Veiga es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona.

 Publicado en EL PAÍS   19 de junio de 2020

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