Diálogo Abierto

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Rodrigo PulgarIniciativa Laicista conversa esta semana con el académico RODRIGO PULGAR CASTRO, doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca y, actualmente, director del Departamento de Filosofía de la Universidad de Concepción. Investigador de CIDESAL UDEC (Ciencia, Desarrollo y Sociedad en América Latina),  es autor del libro  Ética en la era de la tecnociencia (2017).

Entrevista de Heber Leal, doctor en Literatura, UDEC, y magíster en Filosofía Moral. Académico de la Universidad Mayor. [Entrevista realizada desde Temuco].

 

IL.- Algunos hablan de un antes y un después de esta pandemia. ¿Qué tipo de sociedad, piensa usted, que debería surgir en el futuro? ¿Por qué?

RP.- Sería muy pretencioso definir un tipo de sociedad. A lo más podríamos describir algunos aspectos de una sociedad futura, lo que por cierto no significa que sea necesariamente distinta a la actual. Pienso en una sociedad más tecnologizada, más intimista por su resguardo y ciertamente donde sea clave la desconfianza respecto de los líderes políticos. Esto porque los líderes, debido a su comportamiento errático y extremadamente egoísta, han terminado por perfilar un tipo de liderazgo centrado en la política como juego de poder más que acción de servicio. Pero también (y esto es un riesgo) me imagino una sociedad en que haya desconfianza hacia el otro y la otra, y eso implicará que la alteridad se contamine y, al contaminarse, se tergiverse la imagen misma de la persona. Esto es un riesgo porque podría dar cabida a modos sociopolíticos bastante más opresivos que los actuales, pues la idea de la sociabilidad como un peligro ganaría puntos y de hecho aprovecharían algunos para controlar la sociedad en varios aspectos: políticos, sociales, educacionales, entre otros. En ese sentido, se pone en riesgo que se suscite una suerte de militarización a fin de evitar el contacto físico entre las personas si es que un tipo de pandemia como la que estamos viviendo se vuelve una constante.

IL.- Suponemos que está, como todos los docentes, dictando clases a distancia a través de pantallas digitales. ¿Implicarán las condiciones en que vivimos cambios sustanciales en el modo de ejercer la pedagogía en el mañana?    

R.P.- Primero, tengo la sensación de que acabaremos muy agotados por esta experiencia docente. No es fácil y lo estamos viendo a diario. Hay quejas de docentes, estudiantes y de la familia. A nivel universitario la cosa no es tan compleja, porque de un modo u otro lo podemos sobrellevar, grabamos, los alumnos pueden acceder a las mismas grabaciones. En algunas áreas como la nuestra  –el campo de las humanidades–  no se necesita hacer tantos ejercicios prácticos, sino trabajar en base a textos en función de reflexiones compartidas, por ello no resulta tan complejo. Creo que, incluso, resulta atractivo principalmente a modo de postgrado, porque permitiría que personas de lugares distantes puedan acceder a cursos de perfeccionamiento. Pero ya cuando estamos en la formación inicial la cuestión cambia, porque necesitas de la reflexión directa con el alumno, necesitas ver su rostro, compartir y percibir lo que él está sintiendo. Y eso no se da actualmente, más bien se pierde el encanto y la magia de la formación. Ahora, sí me imagino que van a ver cambios, probablemente se van a elegir en algunos momentos del año académico establecer actividades de esta naturaleza vía online; pero, insisto, creo que van a estar muy restringidos a grupos pequeños más que a cursos masivos. Ahora bien, esto es grave en los casos de los niveles preescolar y en edad escolar, básica y media, en donde necesitas tener una atención más personalizada, ir al asiento del alumno y ver lo que está sintiendo. Esto no es posible mediante un sistema online, también porque los recursos tecnológicos no los tienen todos. Los niveles de carencia en este cambio de forma no son menores, son mayores. Incluso las distancias, los lugares, las condiciones habitacionales, económicas y culturales de base de sus padres también pueden influir mucho y a veces negativamente. Sí en sectores muy pequeños se aporta y es una ventaja; pero en la gran mayoría de la población esa condición de facilidad no está, es muy difícil encontrarla.libro Pulgar

IL.- El estallido social que comenzó en octubre no se ha archivado. ¿Ve usted una posibilidad de que se reanude la agitación social en Concepción, una vez que haya pasado esta crisis sanitaria?  ¿Ha permitido la pandemia que las autoridades desvíen u oculten los conflictos sociales que siguen latentes? 

RP:- Claramente los temas fundamentales que están en la raíz del conflicto, por ejemplo, marcos constitucionales, no se han olvidado, por el contrario. La pandemia permite que aflore la deficiencia de la constitución actual: me refiero a que los amarres constitucionales para aplicar políticas más proactivas en salud son patentes.  No es el mismo trato en lo privado que en lo público, ingresos ofensivamente altos para unos pocos y absurdamente bajos para la mayoría. Todo esto es una muestra palpable de que los equilibrios sociales están lejos de ser una realidad; signo de urgencia, puesto que constituye una traba para la justicia y necesariamente es un hecho que habrá que superar. Por ello, la urgencia para activar el debate en estas materias antes del plebiscito de octubre resulta imprescindible. La autoridad no puede invisibilizar estos conflictos sociales ¡pues están ahí! La pandemia incluso tiene la fuerza de ir develando otros, como la certificación de que la desigualdad en cuanto al alegato de la justicia hoy se revela con mayor claridad. Quienes no lo hayan querido ver tienen que aceptar que es un problema que toca a sus puertas. Y eso a la élite, me imagino, le preocupa.

IL.-  En su libro La Ética en la era de la tecnociencia usted afirma la importancia de la ética como eje para abordar el mundo de la investigación científica y apela al compromiso con el conocimiento tecnocientífico. ¿Cómo resume usted esa responsabilidad en los tiempos que corren y cuál sería el rol de la filosofía en ese juego interpretativo?

RP.- La responsabilidad, sabemos, es un componente esencial de la ética, pues refiere a la conciencia. A mayor conciencia es mayor la capacidad para responder sobre los actos elegibles. De esta forma quizá la responsabilidad de la filosofía sea estar atenta a los debates, no escapar de ellos, incluso descubrirlos para mostrarlos y acusar cuando corresponda. Esto implica que la tarea de interpretar la realidad suma el hecho de tener el deber ético de pensarla críticamente. La tarea de pensar la realidad es un acto de libertad frente al poder. No hacerlo significa desviarse del compromiso con su tiempo y sobre todo con las personas de su tiempo, lo que por cierto implica una variable histórica a considerar, pues reflexiona el tiempo presente de aquello que la memoria personal y comunitaria nos muestra.  Se trata, en el fondo, de ser fieles al pensamiento crítico: único modo de encontrar las causas de los conflictos humanos que la mayor de las veces es generado por situaciones de injusticia estructural; por ejemplo, el maridaje que lleva al poder a quienes mejor controlan la realidad a nivel publicitario, esa relación economía y política no acaba ahí como elemento de un discurso, pues hoy se muestra efectivamente. Y su resultado instala el dilema economía versus bien. En el fondo todo consiste en no alejarse de los dilemas que trae consigo la vida en común hoy claramente marcada por la impronta de lo tecnológico. Se trata de dejarse tocar por la cotidianidad para entenderla como aquel lugar sobre el que la filosofía debe reflexionar y descubrir ahí, por último, que la tecnología es un recurso más y no un fin como se nos quiere convencer.

 

IL.- A partir de su experiencia como profesor y escritor, ¿cuáles considera que son los cinco textos que recomendaría leer a las personas interesadas en la ética como disciplina de estudio y clave de interpretación de la acción humana, para poder complementar una mirada crítica y reflexiva sobre la actualidad?

RP.- Es interesante la pregunta, porque en el fondo hay que escoger con mucho tino cuáles son aquellos textos que no te limitan la mirada, sino que te obligan a mirar de una manera diferente, es decir, que te permita desarrollar mucho más el pensamiento crítico. Pero ante esto uno siempre tiene que escoger y, al final, más allá de la dificultad yo reconozco en mi propia formación algunos textos que son claves:  Ética nicomaquea de Aristóteles es clave, ya que sin esta obra es difícil poder entender el significado del acto ético y sus condicionantes. De esta se ha nutrido toda la reflexión ética hasta la fecha, olvidarse de ella es olvidarse de la base de los elementos fundantes de la reflexión en este campo. Otro libro, que a mí me sirve mucho y me ha servicio mucho, es Ética de José Luis Aranguren, un clásico en la formación filosófica de la persona, sobre todo de aquellos que estudiaron ética en universidades españolas. ¿Por qué? Porque en el fondo Aranguren efectúa un ejercicio de ordenamiento de los conceptos: los instala, los vuelve a reflexionar y los lee desde las perspectivas culturales, económicas, sociológicas, religiosas; es decir, nos presenta el fenómeno y hace una reflexión de la ética bastante rigurosa que si tú lo sigues, perfectamente puedes adquirir una suerte de “habilidad” para poder leer la realidad desde la perspectiva ética. El tercero tiene que ver con lo cotidiano, tiene que ver con lo que nosotros observamos: se trata de La reflexión cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia de Humberto Giannini, filósofo chileno que quizás es uno de los más grandes pensadores nuestros junto a Jorge Millas. El libro es importante porque en él su autor plantea que la reflexión ética no es un ejercicio de discusión retórica, no está construida en el campo del sofisma, sino que la discusión ética es una discusión que nace de lo cotidiano, de los conflictos que ocurren en el diario vivir. El cuarto alude a Adela Cortina por su incidencia y proactividad, nos sirve para no olvidarnos de que lo central es la carencia de igualdad en sociedades globalizadas con altos flujos de inmigrantes. En este sentido, hoy su texto Aporofobia. El rechazo al pobre es un texto de lectura diríamos casi obligatoria, porque si bien es cierto nosotros sentimos en la piel probablemente el rechazo, ella nos ordena en la reflexión y nos obliga a tener que meditar líneas de salida, líneas de respuesta y líneas de corrección de aquellas situaciones; en caso contrario la justicia sería un punto imposible de abordar de manera medianamente racional. Y, por último, me parece muy atractiva La teoría práctica en la ética de Ricoeur, texto de Beatriz Contreras Tasso, porque es esencial para reflexionar sobre el modo cómo la hermenéutica se sumerge en los dilemas éticos contemporáneos. Es un ejercicio que realiza de un orden fantástico, pues nos permite orientarnos no solamente en el campo de la comprensión y del conocimiento de Paul Ricoeur; sino por sobre todo en el modo de reflexionar éticamente sobre la figura humana desde la perspectiva hermenéutica. Yo creo que con esos textos estaría bien. Claro que podemos citar a muchos más, los textos de Singer, MacIntyre, Rawls, Kant e incluso Gadamer; pero a mí me interesan esos cinco porque son textos que están a la mano, no son textos difíciles de conseguir y son textos que nos ayudan a comprender lo que estamos viviendo. No necesariamente para decir “aquí está la gran verdad de la situación”, sino que para decir: aquí tengo pistas para hacerme cargo de la situación en una sociedad eminentemente globalizada.

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