Ray Bradbury: nos vemos en Marte

marilefPor Rodrigo Marilef

En el número 50 de nuestra revista Iniciativa Laicista, tuvimos el honor de entrevistar al destacado astrónomo José Maza. Más que una entrevista fue una amena conversación. Cuando le consultamos por el desafío que le quedaba a la siguiente generación, contestó: “Yo creo que el desafío para mis nietos es ver la colonización de Marte. Colonizar Marte va a ser un desafío que va a tomar varios siglos. La saga puede partir ahora, el 2033…"

Setenta años antes, en 1949, Ray Bradbury terminaba de teclear, en la máquina de escribir que arrendaba por 10 centavos la media hora, en una de las bibliotecas del campus de la UCLA, una de sus obras cumbre: Crónicas marcianas. En ella, se adelantaba un poco a la fecha propuesta por nuestro amigo astrónomo (aunque convengamos que el propio Bradbury modificó varias veces esas fechas).

Bradbury, nacido el 22 de agosto de 1920, en Illinois, siempre afirmó que él no era un escritor de ciencia ficción, sino más bien “un escritor de ideas”. Afirmaba que: “Todos mis libros son de fantasía…”. Es más, no era ningún admirador de la tecnología, desconfiaba de las máquinas: nunca sacó licencia para conducir, nunca compró un ordenador y hasta los 62 años no subió a un avión. Tampoco le gustaban ciertos medios de comunicación. Uno de los que más odiaba era internet. «Es un estúpido y maldito aburrimiento», afirmó en una de las Comic-Con a las que asistió. Entre paréntesis, Bradbury fue uno de los escritores invitados a la primera Comic-Con, en 1970, que se llevó a cabo en el sótano del Grant Hotel en el centro de San Diego.bradbury

Si nos dejamos llevar por algunos de sus títulos, coincidiremos con él en que no era un escritor de ciencia ficción de catálogo. El vino del estío, Las doradas manzanas del sol o El verano de la despedida nos hablan de una melancolía siempre presente, de un lirismo que conmueve y, en definitiva, de un escritor que se preocupaba por el lenguaje, por las palabras que utilizaba al escribir. Muchos de sus relatos incursionan más bien en la literatura de terror. Pienso, por ejemplo, en El país de octubre, donde Bradbury desarrolla una serie de narraciones de horror gótico con un tópico común: los defectos físicos y psíquicos, la muerte y lo sobrenatural. O en otra línea, los relatos llenos de nostalgia de El vino del estío, donde recupera vivencias y esperanzas de su niñez, en Waukegan, su pueblo natal de Illinois, reconvertido literariamente en Green Town.

Con Farenheit 451 nos introduce en la distopía donde las libertades individuales están fuertemente reprimidas, y el control por parte del poder se representa en un hecho de barbarie: la quema de libros. El bombero Guy Montag descubre en los libros lo que Bradbury descubrió en las bibliotecas: la posibilidad de la memoria, del conocimiento… Bradbury pensaba que, en un mundo sin bibliotecas y sin libros, no había posibilidad de pasado ni futuro. Bastaba con que las personas no leyeran para exterminar el porvenir.

Pero es en Crónicas marcianas donde se revela lo más cercano a la ciencia ficción canónica. Sin embargo, incluso allí Bradbury revela una visión poética, escéptica y melancólica.  Crónicas marcianas, finalmente, nos dice que, aunque viajemos a otros planetas, siempre llevaremos con nosotros nuestros fantasmas, nuestros miedos y esperanzas,

Ray Bradbury fue un escritor que afirmaba creer más en sus instintos que en su inteligencia, que se proyectaba en el futuro para contar sus historias, pero que, finalmente, ese futuro no era más que un pretexto para hablar de los asuntos humanos del presente. Nuestro presente.

Al cumplirse cien años de su nacimiento, pensamos que Bradbury es posiblemente el autor que más nos ha incitado a pensar más allá de las fronteras de lo posible, ha anticipado que un día colonizaremos Marte y que, probablemente en ese momento, nos demos cuenta que nosotros somos los auténticos marcianos.

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