La ciencia ficción ha muerto

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Por Manuel Cruz

Para ser exactos, la ciencia ficción ha muerto de éxito. Me explico. Se sabe que lo ocurrido con la pandemia había sido ya anticipado por no pocos escritores, y provocó en su momento en el público lector una reacción previsible por completo, la de la incredulidad. A fin de cuentas, es sabido que en gran medida se consumía este tipo de literatura, en especial en su variante más catastrofista y apocalíptica, precisamente para experimentar al final de la lectura la tranquilizadora –por catártica– sensación de que, por fortuna, todo eso que se acababa de leer nada tenía que ver con la realidad, sino que solo era el producto de la imaginación, algo descontrolada, de sus fabuladores.

 

Pero ha dejado de ser así, e incluso cabría afirmar que el rótulo de recambio, más prudente, de “literatura de anticipación” con el que algunos preferían designar a la ciencia ficción también ha caducado, al menos en la medida en que aquello que se pretendía anunciar parece haber llegado ya. La prueba más contundente de ello la encontrábamos todos en las conversaciones de estos pasados meses. Era frecuente que nuestros interlocutores (cuando no nosotros mismos) aludieran a la sensación que provocaba el confinamiento de estar protagonizando una novela de ciencia ficción. La connotación profunda de la afirmación resultaba evidente: lo que nunca llegamos a pensar que fuera a resultar materializable se había convertido en realidad.

Pongo deliberadamente un ejemplo tomado de la vida cotidiana, para llamar la atención sobre el hecho de que lo anterior podría resultar indicativo, o revelador, de una mutación significativa de nuestro imaginario colectivo, de un cambio generalizado en nuestras actitudes vitales ante lo que nos ocurre. Digámoslo así: la Covid-19 ha puesto el listón muy alto en lo tocante a acontecimientos imprevistos que a todos afectan. Va a ser difícil a partir de ahora que algo nos sorprenda y conmocione más que esto. Lo que, llevado al límite, también podría formularse diciendo que la experiencia del confinamiento colectivo (aunque quizás fuera más preciso calificarlo de planetario) nos ha llevado a las puertas de estar dispuestos a aceptar que puede suceder cualquier cosa en cualquier momento.

De ser ello cierto, no se trataría de una buena noticia. Porque nos encontraríamos ante una generalización casi absoluta de aquella suspensión de la incredulidad, que según Coleridge constituía la fe poética, a todos los ámbitos de nuestra experiencia sin excepción. Sería la de hoy, por supuesto, una nueva credulidad. A diferencia de la credulidad tradicional, que habría sido rotundamente criticada por Kant y por la Ilustración en su conjunto al grito de sapere aude (atrévete a saber), y que era en última instancia un resultado de la ignorancia, los nuevos crédulos lo serían (¿lo seríamos?) no por escasez, sino por sobreabundancia de conocimiento, por la incapacidad para poner todo eso que se supone que sabemos al servicio de la defensa de las amenazas que trae consigo el futuro.

Si este argumento también necesitara ejemplos, podríamos poner de nuevo el de amplios sectores de la ciudadanía, perpleja y confundida, ante las idas y venidas de expertos de diverso signo capaces de sostener a propósito de la pandemia, con parecida convicción y respaldo de datos, una tesis y su contraria, una anticipación de un signo y otra de signo opuesto (por resumir: tanto que lo peor ha pasado como que lo peor está por venir).

En todo caso, parece claro que la vieja confianza casi incondicional en la ciencia y en los científicos se ha cuarteado de manera importante (aunque no se haya perdido por completo: también es cierto que la esperanza de prácticamente todo el mundo es que llegue cuanto antes la vacuna). La mala noticia antes anunciada tiene que ver con esto. Porque cualquier retroceso en la esfera del conocimiento tiene algo de derrota del proyecto ilustrado e incluso de la razón misma. Quien ocupe ahora el territorio perdido por ella tal vez no se reivindique de corrientes explícitamente relativistas (tipo posmodernidad y similares), pero perseguirá idéntico propósito, el de obstaculizar la comprensión de la realidad.

Slavoj Žižek, que tanto ha coqueteado con el disparate, acertaba al señalar que una de las funciones de la ideología –del engaño social organizado, si se prefiere– es determinar en cada momento lo que resulta imaginable y lo que no. Pues bien, tan ideológica, por oscurecedora y confundente, como resulta la incapacidad contemporánea para imaginar el fin del capitalismo (Jameson dixit ), lo resulta esta generalizada disposición a aceptar, como si de una fatalidad se tratara, cualquier cosa que nos pueda suceder. Máxime teniendo en cuenta que buena parte de lo que nos sucede es resultado, mediato o inmediato, de las propias acciones humanas. Habrá que empezar a cuidar, además de a los vulnerables en el plano material, a los vulnerables en el plano de las ideas. Que a este paso, y si no le ponemos pronto remedio, vamos a serlo todos.

Publicado en LA VANGUARDIA   4 de septiembre de 2020

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