¿Se puede aprender de la Historia?

marina José Antonio Marina

Durante la pandemia se ha oído con frecuencia una pregunta: ¿qué vamos a aprender de esta tremenda situación? También se escuchó durante la crisis económica del 2008 y, para resumir, siempre que la complejidad o dramatismo de una situación revela nuestra incapacidad para enfrentarnos a ella. Podría pensarse que la experiencia basta, que de los escarmentados nacen los avisados, pero esto es una ingenuidad. Solo en un sentido muy elemental podemos decir que aprendemos de la experiencia, sin más. Para sacar provecho de ella, es decir, para aumentar nuestra competencia frente a los problemas, debemos hacer un esfuerzo especial. Aprender de la experiencia es una tarea difícil. Durante miles de años, los humanos vieron que las manzanas se caían de los árboles, pero solo Newton sacó de ese hecho la ley de la gravedad.

 

Al igual que los individuos, las sociedades y sus dirigentes deberían aprender de la experiencia, y la experiencia social está recogida en la Historia. Tampoco en este caso basta con conocer lo que ha sucedido, tener los datos, sino que es preciso un arduo trabajo de segundo nivel para extraer de ellos la información útil para comprender mejor el presente y tomar mejores decisiones para el futuro. Es una tarea que exige un método adecuado y una gran tenacidad. ¿Qué hemos aprendido los españoles de nuestra Guerra Civil? ¿Hemos siquiera comprendido lo que sucedió? ¿Se sacó alguna enseñanza de la Primera Guerra Mundial? Hubo cambios espectaculares, como el hundimiento de cuatro imperios, pero no se supo detener el lento deslizamiento hacia la Segunda. Tal vez quien utilizó mejor las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial fue el presidente Kennedy durante la crisis de los misiles cubanos. Al parecer, acababa de leer Los cañones de agosto de la historiadora Barbara Tuchman, donde se narran los acontecimientos que condujeron a la Gran Guerra, uno de cuyos aspectos mas notables fue la escalada de los mandos militares por encima de los políticos en la toma de decisiones. Y eso es lo que Kennedy intentó evitar. Vuelvo a decir que aprender de la historia es muy difícil. El ejemplo de Chamberlain en sus conversaciones con Hitler, el fracaso de su pacifismo, pudo servir de ejemplo a la política americana en su actitud ante Sadam Hussein. Dejando a un lado otros intereses, el ejemplo estaba mal interpretado. Chamberlain tomo el asunto de la paz de una manera demasiado personal. Aspiraba a convertirse en el salvador de Europa, como cuenta David Reynolds en Cumbres (Ariel). Además, Sadam no era Hitler e Irak no era Alemania. Lo que hace fascinante el intento sistemático de aprender de la historia es que tiene que movilizar ciencias colaboradoras, como la psicología social, la sociología o la economía. Desconocer, por ejemplo, la estructura tribal de Afganistán y pensar que se podía implantar la democracia en ese pueblo era desconocer la historia social de ese país, lo que conducía irremisiblemente al fracaso. Tal vez se tomó como ejemplo equivocado el caso de Japón. Después de su derrota en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos impuso un sistema democrático. Tuvieron éxito porque Japón era un Estado organizado que, desde la renovación Meiji, en 1868, había sido una sociedad del aprendizaje, copiando de los ingleses su organización industrial, de los franceses el sistema legal, de los prusianos la organización del ejército, e inspirando sus cambios educativos y agrícolas en Alemania y Estados Unidos. Su rígida estructura jerárquica, que condujo a la guerra, sirvió para favorecer la implantación de la democracia cuando el emperador se sometió al cambio.

Tenemos muy cerca un ejemplo de correcto aprendizaje de la Historia. La crisis económica de 2008 fue interpretada de manera diferente por la economía norteamericana y por la economía europea. Estados Unidos la interpretó desde la Gran Depresión. Europa, desde la hiperinflación de la República de Weimar. Eso les llevó a tomar medidas diferentes. Estados Unidos de ayuda a la expansión. Alemania de medidas restrictivas. Estados Unidos salió antes de la crisis y, en la nueva crisis que padecemos, Alemania y la Unión Europea han aprendido y están dispuestas a tomar medidas expansivas, aunque sea aumentando la deuda. Me interesa destacar que la política monetaria americana estaba en 2008 dirigida por Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, que era un especialista en historia de la Gran Depresión.

Les explico todo esto para presentarles un proyecto intelectual en el que estoy metido. Su objetivo: mejorar el aprendizaje social a partir de la experiencia histórica. El proyecto se titula El Panóptico, e irán teniendo noticias de él a través de la sección que firmo en el diario EL MUNDO. Panóptico es una palabra derivada de los vocablos griegos pan (todo) y opsis (visión). Es el lugar desde donde se ve todo. Plásticamente lo describiría como una cima desde la que se contempla la Historia completa de la Humanidad, la experiencia entera de los seres humanos, con una metodología parecida a la que aplica a la geografía Google Map, que permite pasar de la imagen del continente al patio de mi casa. Esa flexibilidad de escalas espaciales puede darse también históricamente. Desde el gran angular histórico podemos pasar al zoom más concreto. A partir de esa información en bruto, el Panóptico intenta aplicar la metodología apropiada para aprender de ella. Aspiración difícil, pero posible. El esquema del método es sencillo. Consiste en considerar que toda acción humana –individual o colectiva– tiene una motivación e intenta resolver un problema. Y lo hacen mejor o peor, por eso podemos aprender de la experiencia. Collingwood, un gran filósofo de la historia, decía que el historiador puede compararse con el no historiador como el curtido habitante del bosque con el viajero ignorante. «Aquí no hay más que árboles y maleza», piensa el viajero y prosigue su avance. «¡Cuidado! –advierte el habitante del bosque– ¡Entre aquella maleza hay un tigre!».

Pondré un ejemplo más. ¿Cómo se ve desde el Panóptico la cuestión de Cataluña? ¿Cuál es el problema? ¿A qué escala debemos observarlo para entenderlo bien y buscar soluciones? Por de pronto, puede considerarse una reivindicación histórica o una reivindicación de derechos fundamentales. Desde el Panóptico se observa la dificultad de unificar ambas reivindicaciones. El tema ya se discutió durante la elaboración de la Constitución española. Para importantes juristas el reconocimiento de derechos históricos de una comunidad, chocaba con el reconocimiento de derechos fundamentales, que eran universales. García Pelayo, el primer presidente del Tribunal Constitucional, era de esta opinión. La visión panóptica nos indica algo más. Ese mismo problema ya surgió durante la Revolución Francesa, porque en ella se enfrentaron dos concepciones de los derechos: según una eran derechos nacionales, según otra eran derechos individuales.

Si aplicamos el método adecuado, la Historia nos ayuda a comprender para tomar mejores decisiones. Es necesario insistir en la necesidad de comprender porque cunde la idea de que basta con tener los datos. Pero solo la comprensión da sentido a los datos y nos permite resolver cuestiones importantes. Fukuyama, por ejemplo, se pregunta: ¿Por qué Afganistán, las regiones selváticas de la India, las naciones insulares de Melanesia y parte de Oriente Próximo continúan organizadas en tribus? ¿Por qué la condición por defecto de China es ser gobernada por un Gobierno fuerte y centralizado, mientras que la India nunca ha alcanzado ese nivel de centralización salvo en breves periodos de tiempo durante sus tres milenios de historia? ¿A qué se debe que prácticamente todos los casos de exitosa modernización autoritaria –países como Corea del Sur, Singapur o China– se concentren en Asia oriental en lugar de África u Oriente Medio? ¿Por qué la democracia y el principio de legalidad han arraigado en Escandinavia mientras que en Rusia, con circunstancias climáticas y geográficas parecidas, ha experimentado un aumento el absolutismo desbocado?

Comprender este tipo de situaciones nos ayudaría a tomar buenas decisiones, que, en el fondo, es de lo que se trata. El conocimiento del pasado nos permite entender el presente e imaginar como debería ser el futuro.

Volvamos al ejemplo de la pandemia. ¿Qué debíamos aprender de ella? Es posible que tengamos pronto una vacuna y que los gobiernos lleguen a la conclusión de que no debemos preocuparnos por los problemas porque la tecnología puede resolverlos todos. Eso supondría no invertir en prevención, sino estar dispuestos a hacerlo para resolver las tragedias cuando se presenten. Las víctimas no serían relevantes. Al fin y al cabo, como dijo Stalin, «una muerte es una tragedia. Cien mil muertes, una estadística». ¿Sería este un buen aprendizaje? No.

Quedan invitados al proyecto.

José Antonio Marina es filósofo, ensayista y pedagogo.

Publicado en EL MUNDO   7 de septiembre de 2020

Shamar Stephen Womens Jersey