LA VIRALIZACIÓN DE LO COMÚN

daniel alvaroPor Daniel Alvaro

Como nunca antes vivimos un momento de máxima incertidumbre. Incluso se podría decir que la incerteza se ha convertido en una suerte de estado permanente que afecta de lleno nuestras ideas y sensaciones. Actuamos sin saber qué esperar, ya no solo del futuro próximo sino también del presente más apremiante. Es la cotidianidad de un mundo la que se ha visto alterada y, en cierto modo, detenida. Es la civilización misma con su sistema de prácticas, valores y creencias la que se ha puesto radicalmente en suspenso.

 

La escalada a nivel planetario de un virus desconocido ha puesto en crisis a buena parte de las instituciones públicas y privadas, económicas, políticas, científicas y culturales que hasta ahora garantizaban una cierta normalidad sobre la cual hoy recaen todo tipo de cuestionamientos. La incertidumbre generalizada y las múltiples crisis se reproducen en espiral con consecuencias indeseadas para la inmensa mayoría de las personas. Entre los efectos más visibles que a esta altura es posible constatar, además del número creciente de contagios y de muertes, hay que advertir la situación de precariedad extrema en la que se encuentran poblaciones enteras y Estados cuya supervivencia en lo inmediato depende de la circulación y del intercambio, del tránsito y del tráfico social. En este sentido, el aislamiento social decretado, acordado o sugerido por la mayoría de los gobiernos del mundo es tanto una solución provisoria como una parte pregnante del problema al que nos enfrentamos.

Hallándonos en semejante coyuntura, en medio de una disyuntiva imposible y sin horizonte a la vista, no es extraño que hayan proliferados discursos apocalípticos, muchos de ellos de origen científico y filosófico. Para bien o para mal siempre los hubo, especialmente en momentos de convulsiones sociales. Tal vez no carezca de interés recordar que los discursos apocalípticos de otros tiempos, aquellos que proclamaban la ocurrencia o inminencia de un fin determinado, se veían empujados a pronosticar lo que vendría después del final anunciado. Lo cual marca una diferencia considerable con lo que sucede en nuestro tiempo. Pues si bien en la actualidad no faltan pronósticos –los hay en exceso optimistas y también los hay catastróficos–, la mayoría de los análisis coinciden en llamar la atención sobre el carácter absolutamente inédito del fenómeno que vivimos y, asimismo, sobre la falta de conceptos para dar cuenta de un acontecimiento que todavía no estamos en condiciones de pensar. Aun de quienes esperamos una palabra luminosa o un gesto esclarecedor, las más de las veces debemos contentarnos con muestras francas de extrañeza y desconcierto. También en el plano de la reflexión social, política y filosófica prima la incertidumbre.

Sin embargo, como ha quedado demostrado con la divulgación de incontables intervenciones sobre el tema desde el comienzo de la pandemia, no hay razón para temer algo así como una parálisis del pensamiento. Con el correr de los meses se multiplican las perspectivas, se afirman las posiciones y se intensifican los debates. No hay que perder de vista que lo que está en juego en este trance crítico por el que pasamos, en este tránsito en el que nos encontramos, es tanto lo que está delante y todavía por delante como lo que ya está detrás. Es cierto que se trata de un fenómeno sin precedentes y para el cual de momento no hay nociones disponibles, como también es cierto que este evento, del que somos al mismo tiempo testigos, participantes y potenciales víctimas, vino a poner al descubierto viejos y nuevos problemas sobre nuestro modo de ser o estar en común, es decir, sobre nuestro modo de relacionarnos. He aquí, siquiera, algunas mínimas certezas.

La propagación mundial del COVID-19 y las diversas estrategias de distanciamiento social que se implementan para contenerlo exponen prácticamente, con todo el peso de la evidencia repartida sobre nuestros cuerpos, el sentido contradictorio y más que nunca indecidible de lo que llamamos “común”. La nueva enfermedad infecciosa viraliza lo común, si cabe decirlo así, hasta los confines del confinamiento. La irreductible ambivalencia de un virus que nos mancomuna al mismo tiempo que nos separa puede ser resumida con ese hallazgo lingüístico cuya difusión debemos a Jean-Luc Nancy: “comunovirus”.

Común es el nombre de nuestra condición existencial. Dicho de manera lacónica esto significa que aquello que nos constituye como existentes es la relación con otros existentes. Existimos en la medida en que coexistimos. Y la coexistencia no es otra cosa que el conjunto heterogéneo de relaciones que nos inclina sin cesar los unos con los otros y los unos contra los otros. La proximidad y la distancia, la asociación y la disociación, el roce de los cuerpos y el miedo al contacto, por solo referir algunas de las situaciones que más resuenan durante el encierro colectivo, son formas posibles del vínculo social que tienen lugar sucesiva o simultáneamente. La existencia se da en común y no de otro modo. Esa es la condición de posibilidad de todos los vínculos imaginables, desde aquellos que por su naturaleza implican sociabilidad hasta los más intratables o insociables.

Vale aclarar que esta no es, o no solamente, una cuestión de ontología. Es una cuestión que ante todo interpela nuestra experiencia como animales sociales, sintientes y pensantes, en un mundo donde las relaciones que hasta ahora nos eran naturales, familiares y tranquilizadoras han sido provisoriamente suspendidas. Parte del trance que vivimos consiste en experimentar lo común en la que tal vez sea su dimensión más inquietante y extraña: la dimensión de la soledad, la lejanía, la separación. Tal es la paradójica exigencia que compartimos.

Publicado en: DISENSO, Revista de pensamiento político.

Daniel Álvaro es Investigador Asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

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