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sampedroPor Javier Sampedro

Los médicos usan la hidroxicloroquina, el remdesivir o la dexametasona para tratar a sus pacientes de covid. No son ninguna panacea, pero ayudan a algunas personas a superar la enfermedad. Algunos son antiinflamatorios, otros antivirales que bloquean la replicación del SARS-CoV-2, el coronavirus que ha puesto el mundo patas arriba. El próximo fármaco —no hablamos ahora de vacunas, sino de tratamientos para los enfermos— puede muy bien ser un tipo enteramente distinto de medicamento, uno que conocemos desde los años setenta pero cuyas aplicaciones médicas no hacen sino crecer con fuerza en nuestros tiempos. Se llaman anticuerpos monoclonales (explicaré esto más abajo), y empiezan a dar resultados.

 

Dos compañías farmacéuticas, la gigante Eli Lilly y la biotecnológica emergente Regeneron, han revelado detalles de sus investigaciones, aun sabiendo que están facilitando una información valiosa a su competidor. Su estrategia es utilizar un anticuerpo monoclonal, o un cóctel de ellos, para tratar no a cualquier paciente, sino a un grupo especial de ellos: quienes dan positivo al virus pero no han desarrollado aún unos síntomas graves. Es en esas personas, y no en otras, en las que el tratamiento con anticuerpos monoclonales puede mejorar bastante las cosas, según los datos que Regeneron reveló este miércoles en una reunión telemática con un grupo de inversores. Esa presentación ha desatado en cierta medida la lengua de Eli Lilly, como informa Jon Cohen para Science. En ambos casos, los pacientes que se benefician del nuevo fármaco no son los contagiados que ya han desarrollado anticuerpos por su cuenta, sino los que no lo han hecho.

La sangre de una persona contagiada por el coronavirus que haya superado la enfermedad, o que ni siquiera la haya sufrido, se está convirtiendo en un valor de mercado. No me entiendan mal, no estoy proponiendo desangrar a media población para curar a la otra media. Es cierto que el punto de partida de los nuevos fármacos es la sangre de unos cuantos pacientes que se han recuperado de la covid, pero hay técnicas más sutiles que la del conde Drácula para aprovechar la sabiduría de su sistema inmune. Si obtienes células blancas (linfocitos) de uno de esos pacientes, puedes fusionarlas con otras células que crezcan indefinidamente en cultivo, pero que ahora llevan los genes que fabrican el anticuerpo exacto deseado. De ahí anticuerpos monoclonales.

Nuestro sistema inmune es una obra maestra de la evolución biológica, o de la “ingeniería natural”, como diría el biólogo molecular de la Universidad de Chicago James Shapiro. Consiste en un sistema genético sofisticado que genera combinaciones de módulos y variaciones sobre las combinaciones de módulos que, enfrentado con un virus invasor, detecta cuáles de esas variantes lo reconocen mejor y las hace proliferar, modular su respuesta y hacerla más y más específica. ¿Y saben qué? Todo ese espectáculo genético proviene de un virus, uno que sabía ejecutar esos malabarismos y fue cooptado por nuestras células para hacer el trabajo duro. Un virus. Nunca hay que infravalorar al enemigo.

 

Publicado en EL PAÍS       2 de octubre de  2020

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