Diálogo Abierto

dialogo abierto2LUIS HORTAEl período de pandemia nos ha traído muchísimo más tiempo libre para dedicarnos a hacer actividades que nos parecían lejanas en una realidad relativamente normal. Precisamente, el cine y las películas son una de esas actividades. Y es que resulta que el cine chileno ha dado bastante de que hablar en este último tiempo, con largometrajes hechos en casa o con obras prodigiosas como la película Tengo Miedo Torero protagonizada por Alfredo Castro.

Sin embargo, el cine nacional viene desde hace años  transitando por una metamorfosis, tratando de identificar cuál es su real esencia. En el Diálogo Abierto de esta semana conversamos con LUIS HORTA CANALES, cineasta, director de la Cineteca de la Universidad de Chile y co-autor del libro ¿Por qué filmamos lo que filmamos?, quien nos habló sobre la realidad del cine chileno actual.

Entrevista de Gabriel Palma Garrido

 

IL.- En el prólogo del libro ¿Por qué filmamos lo que filmamos? (2013) usted plantea que entre los años 90 y el 2010 se ha evidenciado una evolución en la forma de hacer cine chileno, y que se relaciona con cómo los realizadores toman los discursos sociales desde la misma sociedad y los transportan para transformarlos en mensajes hacia los individuos, una especie de transformación de lo político a lo humano. Según su percepción, ¿existe aún esa capacidad de los realizadores audiovisuales para generar estas transformaciones?

LH.- En rigor, lo que el cine hace es manifestar y testimoniar una condición subjetiva de las comunidades. En ese aspecto hay un quiebre importante en la historia reciente de la historia de Chile, dado por la irrupción intransigente del modelo neoliberal.

Evidentemente que las películas que empiezan a hacerse desde una generación que empieza a filmar entre los años 90 y los 2000 va a tener este techo que va a cubrir las narraciones cinematográficas, consciente o inconscientemente. Por eso hay un traslado, un desplazamiento de la masa hacia el individuo. Ese es un foco importante del cine que vemos hoy día, en donde hay películas que hablan permanentemente del pasado. Hay un tema de sentirse huérfano como individuo y buscar un lugar de pertenencia a partir de una historia narrada desde un presente posible.

IL.- ¿Qué ha cambiado en los métodos de transformación y llegada a los espectadores?

LH.- Es una pregunta curiosa porque no sé si “cambiar” es el concepto correcto para referirse a lo ocurrido en estos últimos diez años. Lo que uno podría marcar como característica es una tendencia a la amplitud a las diversidades.

Hoy día tenemos películas protagonizadas por personas transgénero, por extranjeros, por bailarines de K-pop, por gente de pueblos originarios, etcétera. Hay un abanico de diversidades que el cine contemporáneo trata de evidenciar.

Esto no es algo que no se haya hecho antes, pero en la actualidad hay un énfasis particular en este tipo de temas. Creo que la causa de esto es por la relevancia que tienen los guiones en las formas actuales de hacer cine porque, si uno se da cuenta, en esta etapa del cine chileno la puesta en escena y la forma fílmica son sumamente importantes, en donde, incluso, se incorporan videoclips enteros dentro de los relatos.

La diferencia generacional está en que el énfasis está puesto en los temas a tratar dentro de los filmes.

IL.- ¿Qué rol ha tenido la Cineteca de la Universidad de Chile en estos cambios políticos que se han vivido en los últimos 30 años?

LH.- Creo que es una excelente pregunta porque resulta que el patrimonio audiovisual no puede entenderse sin el cine. Puede que suene burdo, pero así es. No se puede entender el patrimonio histórico sin colocar al patrimonio audiovisual como epicentro de la discusión.

Hoy en día el cine tiene una difusión muy distinta a la de hace 40 años, en donde todo se produce en digital, en donde las personas se meten a YouTube y descargan las películas que quieran ver. Resulta que las cinetecas debemos pensar desde dentro de las comunidades la relación que tenemos con esas mismas comunidades. Una cineteca que no esté pensando en la formación, en la educación patrimonial pierde totalmente su foco. Para nosotros como Universidad de Chile ese tema es súper importante; por eso mismo fuimos los primeros en crear una colección online de material audiovisual el año 2010. También fuimos los primeros en generar colecciones de cine de mujeres, de pueblos originarios, etc. Eso es sumamente valioso y relevante principalmente porque el orientar la mirada no significa condicionarla, y por lo mismo pienso que es importante romper con los clichés, con los cánones, con las miradas hegemónicas y romantizadas del patrimonio audiovisual para darle una lectura crítica, una lectura analítica y ponerlo a disposición de los procesos de creación, de crítica, de análisis, pero también de cuestionamientos sobre nuestra propia realidad.

IL.- Ciertamente se viven tiempos convulsionados, los que se encuentran en “pausa” producto de la crisis sanitaria mundial. Pero, suponiendo que las manifestaciones sociales se reanudarán en algún momento cercano, ¿cuáles son las proyecciones y/o los proyectos que planteará la Cineteca para aportar en la discusión social y para la discusión sobre el plebiscito que se avecina?

LH.- Lamentablemente la existencia de la cineteca no obedece a una política cultural pública del Estado para fomentar, precisamente, lo referido a esta pregunta. Eso nos sitúa en un lugar un poco incómodo en el sentido de que comunidad e institución están en dos esferas muy distintas. Lo que nosotros hemos tratado de hacer es optar por la esfera de la comunidad, ante lo cual nosotros hemos instalado temas que implican la ausencia de financiamiento por parte del Estado.

No quiero decir que uno sea equivalente al otro, pero sí quiero decir que resulta muy decidor que la única cineteca estatal que hay en Chile y la cineteca más antigua del país no tenga recursos ni financiamiento estable.

Esto lo planteo porque creo que es ilustrativo de la vida actual, por lo que las transformaciones deben ser estructurales, y deben serlo, precisamente, apuntando hasta dónde esas transformaciones se pueden hacer poniendo en tensión los privilegios que tiene la administración actual. Eso lo veo bastante complicado, pero posiblemente el gran y mejor capital que tiene la comunidad son los saberes, son los conocimientos, y desde ahí nosotros podemos situar una perspectiva analítica: desde dentro de las comunidades.

La labor que tenemos nosotros como cineteca es poner en la palestra una realidad objetiva que pueda ser leída desde distintas percepciones, desde distintas realidades para interpelarla, cuestionarla, ponerla en tensión.

IL.- ¿Qué puede destacar usted, como director y coordinador de este espacio, que sea clave para la Universidad y para el país?

LH.- Lo principal es que somos una institución educativa y por ende no operamos, no respondemos a los intereses del mercado, más allá de que la Universidad de Chile se haya “neoliberalizado” completamente. Cuando hablo de mercado no solamente me refiero al mercado financiero, sino que también me refiero al mercado de las vanidades, de las operaciones políticas, de poder, etc.

Además de todo eso, el grado de autonomía con el que operamos está dado por la gran cantidad de académicos de prestigio que trabajan acá y que es gente que está pensando el país. No hay mayor lujo que te paguen por pensar. Tenemos gente pensante que está elaborando una lectura sobre nuestra comunidad y es allí donde debemos enfocar nuestros esfuerzos actualmente: en el pensamiento.

Creo que los saberes reunidos en la Universidad de Chile, y en todas las universidades públicas del país, deberían operar en una lógica completamente distinta a la del modelo neoliberal. Por eso, el aporte que podemos hacer nosotros hoy como cineteca y como Instituto de la Comunicación e Imagen es aportar con este pensamiento, que es algo que está muy desvalorizado en el mundo contemporáneo.

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