¡ADIÓS, PROFESOR!

Ruben Farias chPor Rubén Farías Chacón

 “Es en el vacío del pensamiento donde nace el mal”.

Hannah Arendt

Samuel Paty (1973-2020) es el profesor francés recientemente asesinado después de haber explicado a sus estudiantes una temática acerca de la libertad de expresión. El hecho, ocurrido en la localidad de Conflans-Sainte-Honorine (en el departamento de Yvelines, en las inmediaciones de París), provocó la indignación generalizada no sólo del pueblo francés sino de la comunidad internacional, que ha visto, una vez más en estos demenciales actos, la irracionalidad del ser humano víctima de lo más despreciable que pueda expresar en su conducta cuando esta carece de valores y se  distancia del respeto de la vida de los demás.

 

Pero ¿cuál es la causa que lleva a una persona a cometer semejante acto? ¿Qué existe en la mente de estas personas que se preparan para cumplir con lo que desean: terminar con la vida de quien se le considera potencialmente peligroso porque lo que piensa no coincide con lo que ellos piensan? ¿O es que matando a un ser humano, se mata también su idea? Preguntas hay muchas y también muchas respuestas.

Cuando las controversias sociales presentan tal grado de ofuscamiento entre las partes y sus diversas interpretaciones generan consecuencias irreversibles, estas afectan dolorosamente la realidad —como han sido las experiencias ya vividas en diferentes otras latitudes—. Tales hechos nos llevan a pensar inevitablemente y a través de una simple reflexión, en un escenario bastante conocido: la Educación y la Cultura.

En efecto, todos los países poseen la institucionalidad, los recursos y el capital humano que regula las políticas educativas y culturales de sus pueblos. Pero, también se debe reconocer, sin embargo, que existe mucha desigualdad cuantitativa y cualitativa en los apoyos que estas responsabilidades demandan. Una de las más notorias debilidades se advierte en la falta de una adecuada definición de criterios básicos para formular contenidos de aprendizaje que valoren la vida y la diversidad humana como una exigencia fundamental en la responsabilidad educativa de toda sociedad que, si bien existe, su aplicación ha sido insuficiente.

En este sentido, las propuestas generales que nacen de la ONU y de los organismos dependientes de ella para referirse al problema: UNESCO, FAO, PNUMA, UNICEF, etc., si bien son aportes muy buenos en las acciones internacionales de sus actividades, son, sin embargo, también insuficientes, pese a que se han caracterizado por orientar planes de desarrollo favorables a la democracia, al pluralismo y al respeto del libre pensamiento en general, que siguen siendo ambiciones muy legitimas de concretar pero de escasos resultados, a pesar de la calidad de los trabajos realizados y las ayudas entregadas a los países.

La realidad de la violencia expresada a través de muchos pueblos y sus diversas culturas, constituyen hechos lamentables, cuyos orígenes provienen, al parecer, de una dogmática focalización de ciertas visiones de mundo que surgen de conocimientos interpretados como verdades absolutas que deben ser impuestas en otros países y cuyos pueblos poseen visiones de vida diferentes.

Cuando estas formas de pensar extremas que no admiten ninguna otra verdad que no sea sólo la de ellos, se acrecienta y se extiende la odiosidad, al punto de ver en el otro ni siquiera un ser humano más, inteligente, con familia y poseedor de derechos y deberes, sino, simplemente, a un enemigo provocador al que debe eliminarse. Sus explicaciones acerca de la vida no sirven, no valen de nada y carecen de importancia, razón por la cual su muerte es la solución.

Esta forma de razonar surge de la influencia de un tipo de formación que hace de los antivalores de la vida, las virtudes de la maldad y las acciones de esta, la expresión de la voluntad de una divinidad. En este escenario, la persona responsable directa del acto del asesinato, obviamente, respondía a este “llamado divino” pero que, al carecer del poder reflexivo que su propia condición humana le otorgaba, su conciencia absolutamente doblegada ante la inquisición de un imperativo superior y dominante de sus propios sentimientos, emociones y racionalidad, le obligaba a adoptar la decisión que, en ese instante, simplemente era la necesidad de terminar con la vida del profesor… Y es lo que ocurrió.

Si el sistema educativo aplicado que debe formar personas se basa en verdades absolutas e inverificables, provenientes de una voluntad superior a la humana sin pensar ni siquiera por un instante en el hombre o la mujer que debe ser formada sino en el cumplimiento irrestricto de dicha voluntad, entonces, el efecto social de la educación carece de sentido. Se privilegia un adoctrinamiento que fortalece cotidianamente dicha creencia, desvalorizándose la potencialidad humana en el ámbito del conocimiento lo que deja a cada cual como un objeto que sólo sirve para cumplir con la obligación impartida por quienes son responsables de inculcar tales creencias y de los resultados obtenidos.

Lo anterior, y con el tiempo, se transforma en la cultura de ese pueblo y cuando se alcanza semejante nivel de desarrollo se expresa como sus bases valóricas de un actuar social que impone la idea de una voluntad divina absoluta bajo cuya orientación ha de desenvolverse la vida interna del país y la hegemonía que obliga reconocer la permanente amenaza que significa a nivel internacional.

Muchas naciones han sido víctimas de las atrocidades de la imposición de ideas por sobre la libertad que la vida requiere para ser, simplemente, persona. Pero no siempre tales experiencias han servido para el simple pero complejo objetivo de vivir en paz, convivir fraternalmente y ayudarnos entre todos.

El Prof. Samuel Paty, aunque no alcanzó a conocer el fruto de su trabajo a través de la formación de sus estudiantes, sí logró, sin quererlo por cierto, remecer la conciencia del mundo, porque así como existen quienes pierden su vida en la guerra, otros, como él, la perdieron en un campo de batalla en la que no se hiere, no se molesta, no hace ruido porque es la idea y la libertad que se necesita para expresarla.

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