Columna de Opinión

El recreo debe terminar pronto

Sylvie R. Moulin

La verdad, debo quitarme el sombrero, porque lo que está pasando no tiene precedentes en la historia. Después de llegar a la Casa Blanca como el presidente más impopular, Donald Trump logró, en una semana en el oficio, poner millones de manifestantes en las calles y levantar protestas y marchas de solidaridad no solamente en su propio país sino en el mundo entero. Con un par de discursos insultantes, unas decisiones desvergonzadas y unas firmas intempestivas, juntó en un par de días más enemigos que todos sus predecesores. ¡Incluso Georges Bush Jr. le tiene envidia!

Pero en realidad, el tema no es de broma, y lo que vivimos en este momento – digo “vivimos” porque sería bien ingenuo y narcisista decir que esto no nos concierne – puede tener consecuencias irremediables. Por el lado positivo, su última metida de pata puede ser también la primera firma de su condena a muerte: se trata del decreto anti-inmigración impidiendo la entrada durante 90 días de nacionales de 7 países, en su mayor parte musulmanes – Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen -, y suspendiendo el programa de acogida a refugiados durante por lo menos 120 días. Esta decisión, que  viola plena y sencillamente una ley del año 1965 prohibiendo la discriminación basada en el origen nacional, produjo obviamente clamores de protestas en EEUU y en el mundo, y está alimentando ahora las portadas y los programas de noticias. 

Sin embargo, no debería ser sorpresa para nadie, ya que durante toda su campaña, Trump anunció incansablemente esta última medida sobre la inmigración musulmana, provocando indignación de unos y aplausos de otros. Pero parece que no lo tomamos en serio en aquel entonces, y de nuevo uso la primera persona plural porque me incluyo en los que, primero, pensaron que ese desequilibrado nunca iba a salir ganador, y segundo, que en el peor de los casos – su elección –, no iba a cumplir con amenazas que iban en contra de todos los conceptos democráticos, humanitarios y sensatos.

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Sapere Aude  -  Rogelio Rodríguez

La máquina de ilusiones

 

Le debo a Oliver Sacks el gozo de unas lecturas amenas y sumamente instructivas.   Llegué a las obras de este neurólogo y ensayista británico  después de leer una nota en la prensa sobre su fallecimiento (murió en agosto de 2015, víctima de un cáncer) en la que se citaban frases de un último artículo suyo escrito en un periódico. Allí decía que tenía temor, pero que se iba de esta vida con un sentimiento mayor: el de la gratitud por todas las experiencias vividas en este hermoso planeta. El solo hecho de existir como un animal pensante era, para él, un privilegio y una aventura.

Un conjunto de libros muy interesantes y entretenidos de divulgación científica muestra el fruto de su acuciante y apasionado empeño por desentrañar los misterios de la mente humana.  Sacks propone denominar “neurología de la identidad” a sus investigaciones, pues están centradas en aquellos trastornos cerebrales que afectan fundamentalmente al yo de los pacientes. 

Todavía hay muchos aspectos de la vasta complejidad del cerebro humano que están ocultos a la indagación científica.  Pero, asimismo, hay ya muchas cosas que se saben y Sacks las enseña en sus escritos con claro y grato estilo, sin que ello reste profundidad a su reflexión.

Del estudio y tratamiento de sus pacientes han surgido títulos como Un antropólogo en Marte, Despertares (se filmó una película basada en este libro), Con una sola pierna, Veo una voz, Alucinaciones, Viaje a Oaxaca y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Las traducciones al español de estas obras se han editado todas en Anagrama.

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Columna de Opinión

¿Habrá nueva Constitución?

Gonzalo Herrera

El senador Guillier se mostró partidario de que el anunciado proyecto de reforma de la Constitución sea endosado al gobierno venidero, en caso de no “madurar” un acuerdo al respecto. No se pronunció sin embargo respecto a cuánta decisión pondría en esta materia, en caso que llegara a encabezar el próximo gobierno.

El riesgo, sin embargo, es que no existen garantías de que la próxima administración mantenga la decisión de redactar una nueva Carta Fundamental o, al menos, de introducir cambios sustantivos a la actual, inclusive si el nuevo presidente fuera de la Nueva Mayoría.

Lamentablemente, ambos conglomerados políticos, con el mismo bajo respaldo que el gobierno, lejos de hacerse cargo de la crisis de credibilidad que afecta a todos los que cumplen funciones de representación popular, están por ahora dedicados a barajar candidaturas, que les abran posibilidades a algunos de mantenerse en el poder, o de recuperarlo a los otros. Toda la energía se concentra en elaborar estrategias, si vamos a primarias o derechamente con un candidato a primera vuelta, y nada de debate en torno a ideas que permitan vislumbrar una salida a los graves problemas que afectan al país, ni menos un intento serio por llevar esas consideraciones a la deliberación pública. Los escándalos de las grandes empresas, el involucramiento de parlamentarios en acusaciones de cohecho, la constatación a diario de privilegios que favorecen a la élite y sus cercanos, son temas que no existen para los políticos, provocando más rechazo que adhesión a los partidos y sus eventuales candidaturas, incubando en amplios segmentos posturas “anti”, que serán luego pasto propicio para aventuras populistas.

¿Cómo se puede evadir, con tanta liviandad, de cara a un proceso eleccionario tan decisivo, un debate sobre la responsabilidad que le cabe a un presidente, a un parlamentario, a un futuro gobernador regional o a un alcalde, en consonancia con una república democrática, como lo establece el artículo 4° de la actual Constitución? Porque está claro que el país ya no podría seguir soportando el financiamiento ilegal de la política, la corrupción en la extensa interfaz negocios-confección de leyes, el raquitismo de los sistemas de control del Estado, la oculta y preocupante venalidad en muchos municipios, o la falta de coraje para endurecer las penas contra la corrupción. Que son hoy, en este momento, parte de las grandes demandas ciudadanas. Y que justamente podrían enfrentarse de manera integral a través de una amplia y participativa discusión en torno a una nueva Constitución.

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Columna de Opinión

El viernes oscuro de la historia de la democracia

Sylvie R. Moulin

Terminó la cuenta regresiva. Ya es un hecho. Después de contar los días, no como el niño que espera su fiesta de cumpleaños, sino como el soldado que mandan al frente, ya vivimos el día tan temido del paso de mando. Trump está instalado en el Despacho Oval de la Casa Blanca y declarado 45° presidente de los EEUU.

Al fin, su equipo logró armar una celebración más o menos completa, cuando numerosos artistas sencillamente se negaron a participar. De todos modos, nunca sabremos los detalles escabrosos detrás de la ceremonia. Empezaron los “faux pas” desde el inicio, Melany Trump llegando con un regalo para Michelle Obama, contra todo protocolo y entorpeciendo el inicio del encuentro. Por lo menos, le habían soplado que era de mal gusto, considerando su nuevo puesto, seguir usando solamente vestidos de su propia marca, sobre todo fabricados en China.

Durante toda la ceremonia, el nuevo presidente parecía prodigiosamente aburrido, con la mueca de mal humor que ostenta siempre y le va como anillo al dedo, mientras las crueles cámaras pillaban una y otra vez, justo detrás de su hombro izquierdo, los bostezos de su hijo de 10 años, aburrido también como era de esperar. El sentido común y la decencia nos obligan a preguntar cuál reglamento absurdo obliga a un niño de esa edad a “jugar al adulto” y alimentar los sarcasmos de los periodistas, pero esto es otro tema… 

La ceremonia también se destacó por sus figuras presentes y ausentes. Jamás, en toda la historia de los EEUU, un presidente había llegado al poder siendo ya tan impopular, y nadie trató de ocultarlo. Los últimos ex dignatarios, Bill Clinton, George Bush Jr. y Jimmy Carter, estaban en su lugar acompañados de sus esposas, mientras G.H. Bush había presentado excusas legítimas por razones de salud. De Hollywood, parece que el más icónico que aceptó asistir fue Jon Voight, quizás más conocido como el padre de Angelina Jolie. Por el lado de los músicos, estuvieron Toby Keith y Lee Greenwood, emblemas de la música country, y los grupos 3 Doors Down y The Piano Guys. En cuanto a las Rockettes, su participación se confirmó al último momento, después de muchas controversias, y solamente porque su sindicato no les dejó otra opción.

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