Columna de Opinión

LOS NUBARRONES QUE SOPLA TRUMP

Gonzalo Herrera


Los vaticinios de los especialistas van desde el temor hasta unas muy cautas expectativas para el mundo en 2017.

El lento crecimiento económico manifestado a comienzos del 2016 fue bruscamente trabado, primero por el Brexit, y las consecuencias financieras que podría provocar en el corto y mediano plazo, y posteriormente por la irrupción de Donald Trump.

El FMI advierte sobre la “baja de confianza de los consumidores” y abre la posibilidad de una mayor desaceleración en el crecimiento mundial para el presente año. Específicamente en nuestra región, a las dificultades endémicas que han impedido retomar un ritmo franco de crecimiento a las economías latinoamericanas, después del alto precio alcanzado por las materias primas en los años anteriores, se suma ahora la incertidumbre sobre cuál va a ser el real comportamiento de EE UU hacia los países del sur en la era Trump.

Muchas páginas se han escrito en los últimos meses acerca del riesgo global que supone una persona impredecible y no calificada como la que tomará posesión del poder en menos de tres semanas, por la trascendencia de las decisiones que pudiera adoptar en distintos ámbitos. Riesgo, como hemos dicho, para la economía mundial y, no en menor medida, para la seguridad en las extensas regiones  del mundo donde EE UU tiene desplegadas sus fuerzas militares, incluso con armas nucleares de carácter estratégico, lo que explica la reciente decisión de Putin de reforzar los arsenales rusos con misiles aptos para superar el sistema de “escudos” de la OTAN.

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Sapere Aude  -  Rogelio Rodríguez

NUESTRA EVOLUCIÓN MORAL

La conciencia moral - el saber distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto - es temática disputada desde antiguo por filósofos y teólogos.  Hace algunos años los psicólogos entraron también al reparto.  Y ahora, nos dice Frans de Waal, los biólogos han metido la nariz también en el asunto.

Y a juzgar por lo que ha escrito este etólogo holandés en el libro que nos ocupa, no solo ha metido él la nariz, sino que ha entrado avasalladoramente en el tema con una interesante y provocadora teoría que nos ofrece.

¿Qué nos dice el enfoque biológico de De Waal sobre la moral?  Dice, de entrada, que no necesitamos a Dios para explicarnos la inclinación al bien que se observa en la mayoría de los seres humanos.  La religión no es  - como pretenden las conocidas doctrinas de la fe -  la fuente de los valores morales.

¿Por qué somos capaces, entonces, de diferenciar lo bueno de lo malo?  Por la capacidad que tenemos de ser buenos y malos.  Y esta capacidad debe rastrearse, según De Waal, en nuestra historia evolutiva.  Indagando las formas de comportarse y relacionarse de nuestros ancestros, se puede verificar si la moralidad es anterior a la religión, la que solo tiene un par de milenios de antigüedad.

El modo más cercano de poder saber algo del comportamiento de nuestros antepasados es observando la conducta de las especies primates más emparentadas con nosotros genéticamente, esto es, los chimpancés y los bonobos.  Para De Waal son estos últimos  - los bonobos -  los que más pistas pueden ofrecernos para saber cómo se comportaba nuestro ancestro común,  ya que han cambiado menos desde el punto de vista evolutivo y, por tanto, han retenido más rasgos originales.

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Columna de Opinión

Trump y la guerra antiterrorista

Sylvie R. Moulin

Falta muy poco para que Donald Trump entre a la Casa Blanca, y a medida que se acerca la fecha, aumenta la preocupación generada por su actitud casual y sus conclusiones apresuradas frente a eventos capaces de perturbar la estabilidad mundial.

Por supuesto, no hay ley que prohíba a los presidentes electos, aunque no hayan oficialmente asumido sus funciones, mandar mensajes por redes de microblogging. Sin embargo, se supone que dichos mandatarios tienen la sensatez de templar sus intercambios, o si son incapaces de hacerlo, que algún consejero tome la decisión de filtrar sus publicaciones y revisar la formulación adoptada.

En los últimos días, la prensa europea de todas tendencias ha sido marcada por la asociación que hizo Trump entre atentados y conflictos religiosos, algo poco diplomático, por decirlo así, cuando la mayoría de los dirigentes occidentales tratan de mantener un discurso más cuerdo y no echar leña al fuego.

Cuando todavía quedaban muchos incognitos sobre la matanza de la semana pasada en Berlín, antes de que se liberara a un sospechoso pakistaní y que el grupo Estado Islámico reivindicara el atentado, Trump “twitteaba” alegremente sobre lo que considera como una guerra de religión a nivel mundial.

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Columna de Opinión

Sobre la "liturgia del perdón" 

Gonzalo Herrera

 

La “liturgia del perdón” de Punta Peuco, en la que diez militares condenados por atroces violaciones a los derechos humanos habrían hecho saber su arrepentimiento, dista mucho de ser un acto espontáneo y destinado a reparar el daño infligido. A la vista de todo el país, ha dejado más bien la sensación de un show mediático, perfectamente diseñado en el ritmo con que se fue dando a conocer, en la expectación generada a través de los medios de comunicación respecto a sus alcances y, no en menor medida, en el carácter de los actores involucrados.

Cuando una solicitud de perdón no nace espontáneamente de sentimientos de arrepentimiento (e incluso de vergüenza por la autodegradación que ocasiona haber cometido actos crueles y aberrantes), deja de tener una de las cualidades esenciales de la búsqueda de perdón: la sinceridad del ofensor, que no espera beneficios adicionales a la obtención de indulgencia de parte del ofendido y a la reconciliación consigo mismo. Además de espontánea, la solicitud de perdón debiera ser oportuna —que ya no fue—  y ofrecer un mínimo de reparación a las víctimas, en este caso a sus deudos, como sería la entrega de antecedentes fidedignos respecto a cómo se perpetraron aquellos crímenes de tortura, muerte y desaparición forzada, de los lugares donde fueron depositados los restos y de los oficiales que estaban al mando de aquellas acciones de exterminio.

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