Opiniones en la Web

 

Los pastores y el miedo

José Francisco Urquijo Orjuela

Las2orillas.co (21/06/17) Extracto

 El tribunal del Santo Oficio o Inquisición Española nació en 1478 bajo la tutela de los Reyes Católicos y aunque técnicamente fue abolido en 1834, hoy aún existen cantidad de personajes e instituciones que no solamente la extrañan sino que abiertamente defienden sus tenebrosas prácticas.

Las víctimas de esta Inquisición generalmente eran seres que se oponían a la receta doctrinaria que desde allí se quería imponer y padecían castigos que iban desde prácticas de tortura humillante, hasta su inmolación en rabiosas hogueras. En 1991 la nueva Constitución Colombiana definía a esta nación como un Estado Laico y con ello desde entonces se oficializó el empoderamiento de distintos credos y de numerosos oferentes.

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Columna de Opinión

Ruo Yuan Lee Tsai

Manuel Romo

En 2012 nos conmovió la tragedia que afectó a Malala Yousafzai, una niña paquistaní de 15 años de edad, que fue baleada por un criminal talibán, por el delito de ser mujer y querer estudiar.

El planeta entero reaccionó conmocionado por este crimen y todos quienes creemos en el amor, en los derechos humanos y en la paz, nos sentimos atravesados por la bala asesina que intentó tronchar los sueños de Malala. Un criminal con un arma en sus manos quiso matar los sueños de todos quienes creemos en la justicia.

Quien esto escribe, a miles de kilómetros de distancia, en Santiago de Chile, sintió la herida en su propia alma y compartió, con quien quiso escuchar, la tristeza que embargaba su corazón, porque todos éramos Malala Yousafzai.

Hoy tenemos una nueva Malala.

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Sapere Aude  -  Rogelio Rodríguez

La ocupación del filósofo

rogelio0517

¿Seguimos necesitando a los filósofos en nuestro tiempo? Mientras los economistas nos atosigan con su “ciencia” mágica que venera al dios Mercado porque  –según ellos– resuelve todos los problemas del mundo con sus leyes omnipotentes; mientras los folkloristas del posmodernismo tratan de desarmar conceptualmente nuestra herencia ilustrada pretendiendo convertir las verdades universales de la razón en nada más que relatos culturales subjetivos o maniobras de un poder logocéntrico, falocéntrico o etnocéntrico; mientras los charlatanes de la anticiencia nos envuelven con sus cuentos de astrología, espiritismo, adivinación del futuro, visitas de extraterrestres, sanaciones psíquicas y regresiones a vidas anteriores; mientras los integrismos religiosos más cerrados, feroces y criminales amenzan con regresar a la historia a los tiempos medievales, ¿tiene algún sentido insistir en el valor del oficio intelectual, en la promoción de la investigación racional, en la defensa de la reflexión filosófica?

No puede dudarse que sí tiene sentido… y justamente porque el ejercicio del pensamiento y la búsqueda racional del saber hoy se encuentran bajo estas amenazas.  Pero, para abordar adecuadamente esta cuestión, hay que situarse en el contexto de qué es lo que inquieta reflexivamente a los filósofos, es decir, cuál es su ocupación. Y no sólo eso, sino además indagar sobre cuál es la manera peculiar que tienen de afrontar esa ocupación.

Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona, nos ofrece un libro que es como una visita guiada por los asuntos que ocupan a los filósofos y que adopta la forma de una carta de menú degustación.  El propósito de abordar en las páginas los ingredientes habituales de la dieta de un filósofo es abrir el apetito intelectual del lector, para que se preocupe por el mundo que le ha tocado vivir. Con amable buen humor escribe: “La mejor hipótesis es que el menú, además de satisfacerle, le siente bien. La mala, que le desagrade o que no consiga componerse una idea cabal de tipo de cocina que practica el filósofo”.

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Columna de Opinión

La acosada laicidad de la república

Gonzalo Herrera

 

La república, según la entendían griegos y romanos en el siglo anterior al inicio de nuestra era, permitía que fuera “el pueblo” quien finalmente tomara las decisiones legislativas, incluyendo la presencia, muy limitada es cierto, de la plebe, organizada en centurias o tribus. Esto ha permitido crear la visión, más o menos aceptada por los historiadores, de que la soberanía radicaba en la muchedumbre, y que a ésta debían apelar los representantes de la “aristocracia” instalados en el senado, elocuencia mediante, para obtener sus votos.

Lo que pudo haber sido un proceso de perfeccionamiento de esta concepción rudimentaria de democracia inclusiva en los siglos posteriores, se vio trastocado por el teólogo del siglo IV, Agustín de Hipona, quien concebía la política como una manera de defender la sociedad del pecado y de corregir el error de los hombres  que intentaban construir la república alejados de los principios de la justicia divina. Como no bastaba la buena voluntad, porque el mal se aloja en la naturaleza humana misma,  se debía establecer una autoridad temporal que persiguiera el error y el pecado, cuya legitimidad debía ser sancionada por la iglesia católica. De esta manera, la polis griega y la república concebida por Cicerón fueron reemplazadas por una sociedad que transita del mundo antiguo a la era medieval cargando el dogma de que todo reino terrenal debe someterse a la Iglesia, y que los Estados, para ser buenos, deben ser necesariamente cristianos.

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