columna de opinion

¿PARA QUÉ POETISAS EN TIEMPOS DE PENURIA?

Heber Leal 1

Por Heber Leal

La pregunta que dejara Hölderlin en el poema Pan y vino –“¿para qué poetas en tiempos de penuria?”–  se puede pensar hoy en día a propósito de que la Academia Sueca ha condecorado, este 2020, a la poeta estadounidense Louise Glück. ¡Es la escritora número 16 que ha sido premiada en 120 años; por ende el hecho no es menor! Y es una fiesta porque, además, se trata de poesía, una de las expresiones artísticas más inmemoriales de la historia humana y que más se aferra a la filosofía en cierto sentido. Este género literario no había sido premiado por la Academia desde el 2011.  Y, para responder a la pregunta inicial: pues, para filosofar más sobre una Era suspendida sobre el abismo ávido de fundamentos, para reflexionar sobre nuestra existencia en un momento histórico marcado por hitos trascendentales pandémicos, políticos y digitales.

 

Ya el polímata más avezado de todos los tiempos, Aristóteles, en su Poética nos advertía del potencial filosófico de la poesía en referencia a otros saberes como la historia. De la historia se diferenciaba, por ejemplo, más que en el hecho de que una vaya en verso y la otra en prosa, en que la historia alude a lo ya sucedido en el pasado y su resultado versa sobre lo particular, mientras que la poesía trata sobre lo que podría suceder, además del carácter general de sus elucubraciones (aludiendo a la totalidad). De ahí que el estagirita considere que hay más filosofía en la poesía que en la historia, tanto por referirse al porvenir como por su búsqueda de lo universal. No sólo el autor de la Ética a Nicómaco hace esa diferencia; ya el propio filósofo español Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida sostuvo que “la filosofía se acuesta más a la poesía que a la ciencia”.

La poesía hoy resulta imprescindible, es una ventana utópica que nos hace traslucir los contornos efímeros de una era hastiada por el intercambio simbólico rutinario, nos hace ver la realidad con una óptica distinta al mero relato de hechos científicos; nos involucra, nos pone en situación. Y eso lo sabe hacer muy bien la reciente ganadora del nobel Louise Glück. En su voz poética hay un fuerte trasunto filosófico: no sólo el matiz universal de sus imágenes, sino también el tono trágico, elegíaco, escéptico, delirante y, sobre todo, dialógico. Louse Glück es una gran estudiosa de la tragedia griega y lectora infatigable de la Biblia, le fascina William Blake, WB Yeats y TS Eliot; los mitos y figuras de la literatura clásica abundan en su escritura marcada por la austeridad y la intimidad de la propia experiencia.

El tema de la muerte ha sido uno de los objetos filosóficos por antonomasia dentro de distintas tradiciones de pensamiento, y en ella no es la excepción.

Ya Martín Heidegger en el siglo pasado se refirió a la ruina de la modernidad y reflexionó sobre el valor de la poesía, también lo hizo cuando instaló el Dasein en la historia de la filosofía, pues nos susurró al oído su cruda afirmación de que “somos seres para la muerte”. Antes Schopenhauer le otorgó un sentido casi mítico a la muerte en un mundo marcado por la mera representación; posteriormente Cioran mencionaría que la muerte es uno de los temas que más obsesionan al arte, algo similar pero más esperanzador fue propuesto por el mismo Unamuno. Louise Glück, en este caso, también lo hace. Aborda temas de raigambre metafísica, como el de la muerte, de una manera excelsa y merece atención su intempestivo poema “Puesta de sol” del poemario Una vida de pueblo:

“En el mismo instante en que se pone el sol/
un granjero quema hojas secas (…)/Aun así, cuando arde, el granjero desaparece/ es invisible desde el camino/ Comparados con el sol, aquí todos los fuegos son breves, cosa de aficionados/ se acaban cuando se consumen las hojas/ Entonces reaparece el granjero, rastrillando cenizas/ Pero la muerte es real”.

Y también, a propósito de la idea de conciencia, está el lúcido poemario El iris salvaje, del cual transcribo uno de sus versos:

“Terrible sobrevivir/ como conciencia/ sepultada en tierra oscura/ Luego todo se acaba: aquello que temías/ ser un alma y no poder hablar/ termina abruptamente”.

Se puede apreciar claramente la interrogante sobre la finitud y la permanencia a través de la precisión de sus múltiples elipsis; el tono confesional, la nostalgia existencial y la afirmación de un alma que resiste su inexorable extinción.

Heidegger en Caminos del bosque, cuando atiende a la pregunta sobre la necesidad de la poesía en tiempos de penuria, hace alusión a una cultura que está en proceso de tinieblas y constante indigencia de sentido. Y aborda una frase de Hölderlin que, de una manera enigmática, nos retrotrae y nos hace pensar en Glück: «y la luz filosófica en torno a mi ventana es ahora mi alegría; ¡ojalá pueda seguir siempre como hasta ahora!». La poesía de Glück, al igual que la de Hölderlin, es una ventana donde se releja esa luz filosófica. Su pensar es poético y dialógico a la vez, un susurro austero que trae consigo lo filosófico de la existencia: ciertamente el poetizar sobre el mundo y sobre sí mismo, en una era suspendida en el abismo pandémico y digital, resulta muy necesario.

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