columna de opinion
SER LAICO: UN IMPERATIVO ÉTICO-CULTURAL

Ruben Farias ch

Hace pocos días atrás, en Niza y una vez más, el pueblo francés ha sentido el dolor que significa el asesinato de tres personas por razones religiosas, lo que es francamente repudiable. Capturados sus responsables, siempre se escucha la permanente justificación: es el castigo que reciben quien o quienes se atreven a juzgar una creencia distinta a la de la cultura francesa. Pero lo más sorprendente es que en tales actos participan jóvenes cuyas decisiones carecen —al parecer— de una formación valórica que los haga comprender la importancia del ser humano en el contexto de la diversidad de la vida en la que estamos insertos y de cuyas solidarias interrelaciones, si así fuera, se podría lograr un sano convivir.

 

El problema no afecta sólo a Francia y su sociedad. Durante estas últimas décadas se han conocido dramas similares con diferentes características pero igualmente trágicas. No se trata sólo de entender el hecho de que “por burlarse de sus creencias, cometió el delito”, es decir, la causa obviamente es el acto de la burla y su consecuencia, el delito cometido. Se comprende, por cierto, que ello no debiera ocurrir. Estimo que una reflexión cómo ésta es muy simple, aunque sea burlesca, pero ello no justifica, desde ningún punto de vista, adoptar una decisión contra la vida de una o varias personas.

Lo que más llama la atención, sin embargo, y a mi juicio, no es sólo el acto de lo ocurrido sino por qué esto ocurre. En otras palabras, ¿cuál es el tipo de formación que reciben las personas que atentan tan severamente en contra de otras que motive la eliminación física de alguien que desconoce?; ¿por pensar diferente?; ¿porque en la historia de la Humanidad ha habido pueblos que por distintas razones avasallaron a otros imponiéndose sobre ellos de una forma cruel y despiadada?; ¿por qué eran inferiores?; ¿porque a través de la historia, la delimitación de las fronteras de los países se ha logrado después de múltiples esfuerzos que ha culminado con vencedores y vencidos?, ¿por el poder de unos en contra de la debilidad del otro?; ¿por qué adoptar represalias de lo acontecido en el pasado cuyas generaciones ya no existen y las actuales carecen de responsabilidades acerca de aquel pasado?, porque en la creencia ¿esto es lo que corresponde?

Vivimos en mundos culturales de diferentes costumbres, hábitos, tradiciones, idiomas, formas de pensar y cuyos orígenes surgen de las diversidades propias de lo que hasta ahora hemos sido y de la vida que hemos vivido, pero en nuestra vida actual nada justifica que algunos hechos ya pasados se repitan y se prolonguen en el tiempo…

En fin, esta realidad no ha sido sino la continuidad histórica de desear ejercer el poder drásticamente y no comprender la necesidad de terminar con estas prácticas de dominio de un pueblo sobre sí mismo —a raíz de las divisiones que internamente se generan—, o bien, sobre otro, y, en ambos casos con los consiguientes daños que produce. Pero, ¿porque la razón humana no ha sido capaz de enfrentar con éxito los desbordes de la irracionalidad que, guiada por una emocionalidad incontrolable hace valorar una creencia más allá de la realidad en la que se vive e idolatrándose lo que se cree y no la esencia misma del valor de la vida?. Pues bien, preguntas hay muchas y también respuestas, todas las cuales tiene que ver con los tipos de organización política que los pueblos se den en los marcos culturales de sus propias experiencias

En esta materia hay que hacer notar, lo importante que significa la existencia del Estado según el rol que la religión tiene en su organización, por ejemplo, el Estado clerical que responde a una conducta política favorable al clero, es decir, a quienes se integran oficialmente al servicio religiosos a partir de su consagración como tales. Otro caso se refiere al Estado Confesional, cuya organización se apoya en una determinada religión oficialmente aceptada e incorporada en los asuntos de competencia pública. En ellos, la religión posee favorables condiciones de apoyo de los gobiernos y, en su mayoría no son democráticos ni se acepta otras corrientes religiosas. En los Estados teocráticos, en cambio, impera una religión oficial cuyos textos sagrados se constituyen, además, en las normas legales y sus representantes oficiales en integrantes del gobierno. Otra distinción interesante es la explicación respecto de la existencia del Estado aconfesional que acuerdan beneficios con alguna religión en consideración a la importancia social que tenga.

Lo anterior se plantea porque los desgraciados acontecimientos vividos en Francia nos llevan a reflexionar acerca de un asunto conocido pero subestimado: se trata de comprender la importancia del laicismo como la base cultural que debiera sustentar el equilibrio de todo proceso de desarrollo. Pero para ello es necesario previamente definir adecuadamente el sentido de su significado. Una primera aproximación surge en cuanto a que el laicismo constituye un enfoque de la vida del ser humano, de la sociedad y del Estado que defiende la libertad de pensamiento de todo tipo de influencia religiosa, tanto en la pretensión de inculcarla, como en el ejercicio directo de las atribuciones religiosas deseables de aplicarlas en la esfera de los asuntos públicos.

En un Estado laico éste se constituye a partir de una total separación con la religión, independientemente de toda influencia de este tipo y sin que exista tendencia alguna que intente influir y afectar su organización. De este modo, ello permite contar con un poder ejecutivo, legislativo y judicial autónomo, en que el quehacer de cada uno de ellos se efectúe al margen de toda consideración de fundamentos religiosos y en los que toda persona posee el derecho de ser libre en su decisión individual de profesar cualquiera o ninguna religión.

Una organización de este tipo garantiza su neutralidad ante las ideas y creencias religiosas de los ciudadanos, las que sólo deben representarse en el fuero íntimo de sus propias conciencias y/o en los lugares de culto especialmente destinado para ello. Un Estado laico no es anticlerical, sino que representa una visión secularista, estos es, tanto respecto de la separación entre los asuntos eclesiales asociado al mundo privado de las creencias como de los asuntos estatales, relacionadas a las cuestiones públicas que velan por el desarrollo social de todos, sin discriminación alguna. Se legitima esta condición a través de la Constitución Política correspondiente.

Ahora bien, tomando en cuenta la conducta humana en su sentido tradicional de conjunto de reacciones surgidas de sus relaciones con el entorno y su continuidad, se aprecia, entonces, una determinada motivación que, iniciándose en el período de la infancia, se fortalece según el grado de influencia que la persona reciba a través del tiempo. Si el efecto formativo que ello produce se debe a una determinada guía de vida que le señala lo bueno o lo malo, entonces la persona responderá de acuerdo a lo que entendió como bueno e identificando lo malo como algo que debe ser enfrentado y, en casos extremos, eliminado físicamente, (conducta agresiva de antagonismo físico y/o verbal). El acto de guiar, en este caso, es una indicación, una señal, que debe acatarse para alcanzar una meta específica. La persona, por lo tanto, tiene su rumbo ya “marcado”.

Si por el contrario y siguiendo similar razonamiento, la persona recibe en su formación una orientación que la motive a comprender las causas y consecuencias de los hechos, pero sin que esto signifique una influencia determinada, ésta le facilitará una serie de opciones explicativas, informándole acerca de sus virtudes y errores, en que lo virtuoso debe ser mantenido y optimizado y lo erróneo debe ser superado, (conducta moral e internalizada como normas de acciones y expresada como deberes). En otros términos, la diferencia invita al diálogo y a respetar la diversidad de pareceres pero nunca a eliminar físicamente a nadie que crea y/o piense diferente. El acto de orientar permite que el otro adopte una razonable decisión dentro del conjunto de opciones que se le presentan y cuyo rumbo, por lo tanto, sólo él o ella lo deciden.

Ser laico, en consecuencia, responde a la necesidad de contar con una sociedad libre para pensar y no para excluir a quien o quienes piensen distinto. El acto de pensar, de sentir y el de darse cuenta de algo es fundamentalmente privativo. Todos pensamos, sentimos y nos damos cuenta de lo que ocurre en nuestro entorno pero no todos reaccionamos de igual forma. Sin embargo, a pesar de esta diferencia, se requiere de estilos formativos que desde la primera infancia induzcan, racional y emocionalmente a toda nueva generación, en el fortalecimiento de principios, valores y virtudes favorables a la vida y a la comprensión del presente como un permanente desafío del futuro que cotidianamente llega pero desaparece. En esto, toda creencia debe ser aceptada. Su legitimidad proviene de la propia conciencia de cada cual, pero nada debe interferir en el derecho de la persona a creer o no creer, como tampoco nadie debe pretender ser vocero de una autoridad que no le compete o de una creencia determinada que sólo es válida para algunos pero no necesariamente para todos.

Actualmente, existen muchos antivalores que atacan despiadadamente y sin mayores razones la obra civilizadora de la Humanidad, pero también debe reconocerse la existencia de grandes arbitrariedades e injusticias incalificables que mantiene las oprobiosas diferencias de progreso entre los distintos pueblos y culturas. En ambos casos, valerse de la violencia es una insensatez que proyecta odio y venganza.

Un espíritu laico es ajeno a esto, porque en el progresivo desarrollo de la inteligencia del ser humano, se espera encontrar la verdadera capacidad de conciliación entre razones divergentes que animan las expectativas humanas por un mundo mejor y sin violencia.

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