La verdad sobre los evangélicos chilenos

Sebastián Jans

Las conductas observadas en la llamada Catedral Evangélica, no deben llevar a errores respecto de la posición y conducta de las confesiones identificadas en Chile como evangélicas o protestantes.

Quienes se congregan en ese lugar específico son una parte del conjunto de las iglesias protestantes chilenas, donde hay instituciones de esa identidad religiosa que tienen una larga y prestigiada tradición en nuestro país, basada en la tolerancia, en el respeto a la ley y a los procesos de discusión democrática que permiten concluir en las normas legales que a todos nos rigen dentro de la República.

Estas tradiciones recogen las mejores doctrinas del protestantismo, que se fundan en la valiosa experiencia de los siglos 17 y 18, donde pudo por fin reconocerse la libertad de conciencia en la fe y también fuera de ella, y donde grandes pensadores de esa identidad religiosa dejaron su aporte a las libertades individuales y a los derechos humanos, tales como Johannes Althusius, Thomas Hobbes, Felipe Schwarzerd, Alexandre Vinet, etc., incluyendo al pietista Kant.

 Dentro de esas tradiciones se consolidó la idea de que el protestantismo no tiene color político, como lo han reivindicado las iglesias evangélicas francesas en las décadas recientes, por ejemplo. Ello también ha estado presente en las tradiciones protestantes chilenas, incluso en la voz del obispo Manuel Umaña, quien defendió de manera cierta la libertad de conciencia, contra las pretensiones hegemonistas del catolicismo en las estructuras del Estado.

Todas esas tradiciones han destacado por su tolerancia y su deseo de exponer la fe a través del buen ejemplo y la práctica religiosa preconizada desde su fundamento religioso originario basado en la misericordia.

Pareciera que la carencia de tradición doctrinaria y la lectura sesgada, copiadas de prácticas nuevas dentro de un protestantismo excluyente y esencialmente emocional, quiere renegar de las lecciones dejadas por experiencias dolorosas de no hace muchos siglos, donde primó la intolerancia hasta llegar a la expresión cierta de la violencia, como ocurre hoy en ciertas realidades culturales orientales.

Tales tendencias intolerante, que ha ido apareciendo en países de esta parte de América, han sido alimentadas por grupos religiosos con una incontenible ambición de poder, provenientes de Estados Unidos, y que carecen de toda aceptación de una idea de convivencia y valoración del pluralismo en los ámbitos de los derechos de conciencia. La libertad religiosa que admiten es sobre la base de la aceptación de sus postulados.

Un buen recado de nuestros legisladores sería poner una mirada más incisiva en la actual Ley de Cultos y prever situaciones que pueden exacerbar las conductas futuras, y no potenciar situaciones que pueden ser inmanejables más allá de intereses circunstanciales.

Mientras tanto, hagamos votos para que las tradiciones religiosas protestantes en Chile, sigan señalando con su ejemplo una práctica religiosa sin color político, donde la fe sea para iluminar las conciencias y no para obtener ciertas parcelas del poder terrenal.