columna de opinion
Los colores de un nuevo año

atardecer

Por Rodrigo Reyes Sangermani

El problema es cuando un sentimiento, un gesto o un saludo se convierten en muletilla; eso echa a perder su alcance preciso, cansa por su falsedad. Claro, el sentido simbólico de una tradición nos conecta con sentimientos profundos de pertenencia, es la memoria recobrada de nuestra historia, de los afectos más importantes, del derrotero mismo que explica la existencia vinculada a un lugar, a una persona, a un instante mágico, a una cultura.

 

¿Acaso el ser humano como entidad consciente evolucionada no se construye a si mismo desde el sentido de identidad?

Por eso las fiestas del calendario son tan esperadas, las efemérides nacionales y los aniversarios particulares, porque actúan como portal misterioso que nos permiten ingresar al universo de nuestra memoria individual o colectiva, aquella que nos determina en ese “aquí y ahora” como parte de una búsqueda mayor. Pero cuando ese festejo, ese saludo, esa guirnalda, ese candelabro encendido se hace desde la fuerza social, pierde todo su encanto. El “feliz cumpleaños” de un compañero de trabajo ajeno y distante parece forzoso, el deseo de un “feliz año” a diestra y siniestra estos primeros días del año, también.

Una cosa es el abrazo profundo de un ser querido, la comunicación sincera de un beso, el deseo cariñoso de que el otro tenga un buen vivir el año que se inicia, y otra muy distinta es repartir saludos reglamentarios con simuladas sonrisas a personas que, en otras circunstancias, ni siquiera saludarían. “Qué tengas un buen año”, “qué sea un año exitoso”, “que se cumplan todos tus deseos”, etc. esconden en su frágil amabilidad un dejo de indiferencia cuando el saludo no es genuino, cuando olvidamos el trasfondo verdadero de ese asumido acto social. Suenan a palabras vacías forzadas, que el otro las entiende de la misma manera, se engañan mutuamente con un saludo actoral de ida y vuelta. Son afectos impostados que a diferencia de un mantra no siquiera cumplen los requisitos mínimos de la repetición religiosa, del verbo encarnado que produce realidad. Abrazos aparentemente apretados pero fríos incapaces de edificar caridad sincera el resto del año, indiferentes de sus dolores reales, ausentes de las procesiones internas que transita cada familia año corrido. Ausente de las penurias económicas, de las angustias del amor no correspondido, de las enfermedades de un hijo. Ya nada importa.

Cuando todavía la challa metálica no ha sido barrida de las plazas públicas, cuando aún no se paga la primera cuota del espumante fiestero, los buenos deseos desaparecen, los sentimientos de unidad se esfuman como el humo de un fósforo; queda en el olvido el sentimiento de unidad, ese deseo ficticio por dispensar felicidad verbal a cualquiera, de chincol a jote, al conserje del edificio, a la señora que atiende la tintorería, al jefe que lo maltrata, a la secretaria del área de gerencia, al cliente que paga siempre tarde… los mismo pasa con la Navidad, a la que siempre andamos buscándole su “verdadero sentido”, como si en la Navidad que todos conocemos hubiera de verdad un sentido distinto al impuesto por la cultura de la cocacola y de los paisajes nevados en diciembre. O lo que ocurre también con el Dieciocho, que mientras consumimos nuestros bien dotados de cortes de parrilla y bebestibles espiritosos, al final nadie sabe muy bien qué se celebra. No hay solsticio ni renacimiento; no hay ciclos lunares ni menos festejos por nuestra identidad como un cumpleaños de tortazos y canciones leves; no hay equinoccios ni amanecidas, sólo lugares comunes que inundan nuestra existencia, muletillas que nos alejan  del sentido profundo de las cosas.

Porque, finalmente el verdadero año nuevo no es aquel que se inicia a la medianoche del 31 de diciembre, sino aquel que nace en cada amanecer cuando el sol a diario rompe el alba para mostrarnos con su luz los colores de cada nueva vida. 

Buena caza 

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Rodrigo Reyes Sangermani