SAPERE AUDE2

LA LUCHA DE LA RAZÓN (O EL LEGADO DE DIDEROT)

Dos nociones contrapuestas pugnan al intentar entender los grandes acontecimientos históricos.  Se piensa, a veces, que es la historia la que hace a los hombres, que la historia toma este individuo o el de más allá de acuerdo a sus necesidades y que, ya no necesitándolos porque cambian las circunstancias, los va desechando tal como un cirujano coge y deja instrumentos a medida que va operando.  Podría ejemplificarse esta noción con la Revolución Francesa, en que  –como reza una frase recurrente–  iba “devorando a sus hijos” a medida que ya no le servían.

La otra noción  plantea que son los individuos, y particularmente aquellos sujetos grandiosos, los que hacen la historia y que la hacen, precisamente, con lo que tienen de más individual, de más propio e insustituible.  De acuerdo a esta noción, por ejemplo, no vamos a comprender nunca la Roma de Julio César si no comprendemos a los grandes hombres de esa época, en especial al mismo Julio César.

Cuando se piensa en la Enciclopedia  –ese magnífico compendio ilustrado del saber producido en el siglo XVIII en Francia y conformado por veintiocho pesados volúmenes, que tanto alboroto causó durante los veinticinco años que fue durando su publicación tomo tras tomo, y que asumió la figura simbólica del triunfo del pensamiento libre y secular contra todas las fuerzas del Antiguo Régimen, Iglesia y Corona sumadas–  la balanza se inclina ostensiblemente hacia la última posición.

Porque  –aunque para escribir los casi 73.000 artículos, complementados con una ingente cantidad de ilustraciones, que componen los volúmenes de este “diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios” se contó con la participación de centenares de personas–, la obra se asentó en los hombros tenaces de un pequeño grupo de individuos fácilmente identificable:  el caballero De Jaucourt, D’Alembert, Rousseau, Voltaire, el barón d’Holbach y, en primerísimo lugar, Diderot.

Fernando Savater nos asegura: “La Enciclopedia fue una gran obra colectiva, sin duda, pero salió adelante por el empeño obstinado, la capacidad de trabajo y el coraje indomable de un solo hombre, Diderot. Si no lo hubiera logrado, todos tendríamos razones para excusarle y disculpar su fracaso, pretendido por tantos. Pero es mucho más hermoso consignar su triunfo, casi inverosímil y a la larga mucho más revolucionario de lo que él mismo nunca soñó”.

Portada Antologia Enciclopedia¿Cuál era la meta de Diderot? ¿A qué consagró el sacrificio de ser perseguido, encarcelado y censurado por el establishment político y religioso de la época?  Lo dejó manifestado él mismo: “Esta obra producirá seguramente con el tiempo una revolución de los espíritus, y espero que los tiranos, los opresores, los fanáticos y los intolerantes no ganarán. Habremos servido a la humanidad”.

Los philosophes enciclopedistas no se propusieron derrocar la monarquía ni acabar con las clases sociales para convertir al pueblo llano en dueño del país.  Su revolución iba por otro lado: el enemigo contra el que lucharon era el conjunto de supersticiones, dogmas, injerencias sobrenaturales en lo legal y lo político, que perpetúan lo irracional en la sociedad y bloquean el predominio de la razón.  Su enemigo era, dicho claramente, la Iglesia católica, institución poderosa en ese entonces como ahora y que ha significado, entonces y ahora, un confesado obstáculo a la libertad y al progreso de los seres humanos.  (Como ejemplo actual, sin ir más lejos, apréciese en nuestro país la enorme maquinaria levantada por la Universidad Católica en abierta oposición a la dignificadora ley que permite el aborto en tres causales).

Llega a nuestras librerías una Breve Antología de la Enciclopedia.  No es una antología “temática” como las acostumbradas, que compendian lo que los enciclopedistas han escrito sobre el arte, la política o las técnicas…  En esta obra se han seleccionado las mejores entradas escritas por los nombres más relevantes: artículos por separado de D’Alembert, de Diderot, de D’Holbach, de Rousseau,de Voltaire, entre otros.  Las entradas están antecedidas por el célebre “Discurso preliminar” de D’Alembert y desembocan en el “Prefacio al último tomo de la Enciclopedia” de Diderot.  El lector tendrá en sus manos un símbolo del necesario espíritu laico que debe animar a una sociedad de nuestro tiempo.

Al finalizar esta columna me informo de que el Consejo Nacional de Educación objeta una propuesta presentada por el Ministerio de Educación para que la asignatura de Filosofía  –junto con otras dos: Ciencias Naturales y Orientación– pase a formar parte obligatoriamente del Plan Común de los estudiantes de Tercero y Cuarto Medio.  El informe del organismo dice que existe consenso en que cursos de Filosofía y Ciencias Naturales son necesarios y aportan significativamente al desarrollo del pensamiento crítico, lógico y científico, pero… pero… no hay acuerdo entre los consejeros acerca de la pertinencia de que formen parte de la formación común general de los estudiantes.  Ridículo, ¿verdad?  Y estratégico también. Un portazo en el rostro al proyecto ilustrado de los enciclopedistas.

¡Ah, Diderot! Iniciaste con otros valientes pensadores una revolución del espíritu, pero a más de dos siglos sigue chocando con oscuras murallas. Aquí en Chile y en muchos otros lugares del planeta los tiranos, los opresores, los fanáticos y los intolerantes no abandonan todavía, vencidos, el campo de batalla.  Tu mensaje sigue vigente: la lucha de la razón contra el fundamentalismo, la ignorancia y la estulticia no ha terminado. ¡Pongámonos del pie!

Breve Antología de las entradas más significativas del magno proyecto de la Enciclopedia que dirigieron Diderot y D’Alembert y que fue uno de los hitos de la Ilustración.  Debate, Barcelona, 2017