columna de opinion

La filosofía de eliminar filosofía del currículo escolar

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Por Gonzalo Herrera

En una saludable acción de civilidad y defensa del derecho a una cultura pública reflexiva, un grupo de estudiantes, universitarios y secundarios, así como profesores, irrumpieron en una de las tantas actividades de las agotadoras y, en los medios, excluyentes jornadas del Festival de Viña, para manifestar su rechazo a la intención del Ministerio de Educación de eliminar del currículo de tercero y cuarto medio la asignatura de Filosofía. Les pareció oportuno entonces invitar a la opinión pública a hacer un breve ejercicio, a que cada joven pensara por si mismo sobre la lógica que se esconde tras esta decisión, que es precisamente el fin último de la enseñanza de la filosofía, reflexionar sobre lo que ocurre alrededor de uno y sistematizar las ideas en pos de un cambio cuando se considere necesario.

Nadie niega que la entretención y el esparcimiento constituyen un derecho, que va asociado al descanso laboral y al uso del tiempo libre. Distinta es la función del espectáculo como un recurso de alienación, entendida esta como una manera de hacer perder al individuo conciencia de la realidad, quedando inerme ante la eventualidad de ser social y culturalmente controlado. En la modernidad, intermediado por la tecnología digital, el espectáculo abarca todo el campo social, desde la publicidad hasta la política y la economía, entronizándose especialmente en la industria cultural, con la que se generan cambios de comportamiento, adhesión al consumismo y una fuerte identidad con la cultura de masas. De esa manera, la banalización que se presenta a través de los medios de comunicación, especialmente en la televisión (¿Sería lo mismo el Festival de Viña sin la TV?), impide al individuo —particularmente a los jóvenes— a reconocerse en la realidad a la que objetivamente pertenece, encontrando en el incesante flujo de imágenes y sonidos un espejismo saturado de estereotipos, de clichés, que ahoga sus personales anhelos de vida en la mercancía cultural ofrecida en la vitrina-pantalla.  La constatación del uso de la tecnología dirigida a meros consumidores y con fines de homogeneizar una cultura dominante que se reproduce ideológicamente, debería alertar a una ciudadanía informada para exigir que “lo digital” sea redirigido a coadyuvar la construcción de una realidad social más democrática, que ofrezca mejor calidad de vida a la humanidad.

Esta era sin duda la motivación de quienes llegaron a funar una actividad que, bajo el rótulo de entretención, concitaba mucha cobertura periodística y la atención de una alta audiencia televisiva y radial, embobados todos, periodistas, camarógrafos y público, en un espectáculo carente del más mínimo valor artístico. Las mismas cámaras y el mismo “tiempo televisivo” que se cierran al arte, a la ética, a la ciencia, a la discusión de ideas. Aquella era entonces una caja de resonancia simbólicamente idónea para entregar un mensaje sobre el valor y necesidad de la educación pública, y para manifestar el rechazo de los estudiantes al despropósito que significa la intención del Consejo Nacional de Educación (CNED) de eliminar las asignaturas de Filosofía y Ciencias Naturales del plan común de Formación General, conforme a una anterior propuesta del Mineduc.

Quienes fueran tenaces detractores de las reformas educacionales propuestas por la presidenta Bachelet —lamentablemente, no sólo de parte del conglomerado opositor a su gobierno—, levantaron la argumentación de que constituía un error dar prioridad a temas como la no discriminación o la eliminación del lucro con recursos fiscales, en vez de poner la atención en la “calidad” de la educación. Esta era evidentemente una estratagema para embrollar el proceso y enfrascar al parlamento en una discusión inacabable, dada la multiplicidad de significados que se le da al concepto, conforme a los intereses que se defienden. Aun así, nadie podría asociar con calidad educativa la eliminación de la asignatura de Filosofía, epítome de humanismo y de humanización del proceso de formación de la juventud, en una etapa en que surgen las preguntas más decisivas para el individuo y su futuro.

La posición inicial del Ministerio consistía en no darle carácter obligatorio a la asignatura de Filosofía en la enseñanza media. Posteriormente, el Consejo Nacional de Educación planteó, de manera más drástica, la posibilidad de eliminarla de plano. También, por falta de acuerdo entre los consejeros, existirían altas posibilidades de que las asignaturas de Filosofía y Ciencias Naturales quedaran definitivamente excluidas en la educación técnico profesional, con la justificación de “sobrecarga de la malla curricular”. De ser así, claramente se estarían privilegiando los ramos profesionales, lo que permite vislumbrar la lógica de que, habiéndose comprometido el presidente Piñera a otorgar gratuidad hasta el 90% en este sector, la contrapartida sea que su orientación formativa se enfoque meramente en el conocimiento instrumental, privando a los educandos de asignaturas humanistas que permitan autonomizar su manera de pensar. De más está  señalar que los colegios de élite del país, no estarían en absoluto dispuestos a asumir esta normativa.

Desde la mirada neoliberal, el país no necesita masivamente jóvenes con pensamiento crítico, ni ciudadanos informados, ni gran cantidad de artistas e intelectuales. Para eso está la élite. Requiere sí de mano de obra especializada, de gente de entretención fácil, de grandes consumidores de malls. Jóvenes que disfruten de los artilugios digitales y que miren con desdén la práctica del sindicalismo. Idealmente, como lo planteó un excandidato presidencial en la reciente primera vuelta electoral, ciudadanos que consideren las opciones políticas presentes en la sociedad desde la fe.

El gobierno de definición neoliberal que tendrá a su cargo la administración pública del país a partir de unos días, tendrá que decidir entonces respecto a una cuestión tan relevante como es la enseñanza o no de la Filosofía en los colegios. Dentro de la mirada tecnócrata persiste la idea de la educación ligada a la formación de habilidades instrumentales —la instrucción a medida—, que adecúen tempranamente al educando a su futuro laboral, más que a una formación integral que le permita alcanzar su plenitud como ser humano y ciudadano, interesado en la cosa pública y corresponsable del hacer político. En este plano, como en tantos otros en que las reformas de Bachelet dan todavía pasos balbuceantes, cabe esperar de la nueva Administración una actitud de Estado, que respete las mayorías ciudadanas que impulsaron tales transformaciones, y no que, bajo el pretexto de “corregirlas”, las diluyan en los intereses invisibles de una sociedad de mercado.