columna de opinion
Hawking, genio y figura…

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Por Gonzalo Herrera

La muerte del gran físico teórico Stephen Hawking ha provocado conmoción a nivel mundial, no sólo por su gigantesca contribución a la Física, a la Astronomía y al conocimiento científico en general, sino también por el inigualable talento para divulgar su constructo teórico acerca del origen, naturaleza y evolución del universo, llevando al mundo lego esclarecedoras explicaciones científico-filosóficas  que darían cuenta que el comienzo de todo, el Big Bang y la aparición del binomio espacio-tiempo, no requirieron de “la presencia de Dios”, punto de partida de la totalidad de las religiones, sino que fue consecuencia inevitable de las leyes de la física.

Durante años, desdramatizando sus apasionantes conclusiones con una sutil ironía, Hawking fue haciéndonos entender que el Universo se explica por sí solo, sin necesidad de un “creador”, algo que la inmensa mayoría de los astrofísicos y cosmólogos modernos han adoptado. El otro gigante de la física del siglo XX, Albert Einstein, en su “Carta sobre Dios”, escribió poco antes de morir: “La palabra Dios para mí no es nada más que la expresión y producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de honorables, pero todavía leyendas primitivas que sin embargo son bastante infantiles. Ninguna interpretación, no importa lo sutil que sea, puede (para mí) cambiarlo”.

Es probable que en ninguna de estas dos figuras señeras del saber humano existiera la intención de hacer una apología de ateísmo, de negar la existencia de un dios sólo para derrumbar la cosmovisión teísta dominante en nuestra cultura occidental. Difícilmente se podría encontrar en ellos una “posición militante”, una intencionalidad de “probar” la inexistencia de dios de manera inequívoca. Tal vez su legado más relevante sea el llamado a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a confiar más en la razón humana, a poner las esperanzas de su liberación en la capacidad de imaginar de la humanidad1, por ejemplo para el “cambio de residencia” a otro lugar del Universo, y ya no en las “leyendas primitivas” que subsumen a los creyentes irreflexivos en nefastos comportamientos provenientes del misterio de la religión o del mito2.

La sola mención de Hawking a la necesidad de abandonar la Tierra — adelantándose al momento que se hiciere inhabitable por la contaminación ambiental, la falta de agua o alimentos, o el descontrol de poderosos virus por una perversa manipulación de la ingeniería genética con fines bélicos —, constituye un desacato a las enseñanzas bíblicas de que el hombre es dueño de todo lo creado por Dios, y que lo que se extiende más allá del planeta Tierra, lo colosal del Universo, no es más que un decorado para la contemplación de la infinitud divina. La ciencia moderna destronó al ser humano de su posición de privilegio para dominar la tierra y la vida animal, poniéndolo como un eslabón más en la cadena de la evolución, y la Tierra, lejos de ser el centro del universo como sostenía la teoría geocéntrica y defendía la  Iglesia, por un descubrimiento del astrónomo Galileo bajó de rango para ser clasificada como un simple planeta. Con su habitual ironía, Hawking lo sintetizó así: “Somos una especie avanzada de monos en un planeta menor que pertenece a una estrella mediocre”.

En su área científica, Hawking legó a la humanidad magníficas teorías que alcanzan a rozar la frontera del enigma metafísico. Los agujeros negros, el origen del universo y el estudio e interpretación de la teoría de la relatividad de Einstein, cupieron magistralmente en la armónica hipótesis hawkingiana, combinando campos tan diferentes de la física como la gravitación, la cosmología, la teoría cuántica, la termodinámica y la teoría de la información. Sólo una voluntad como la de este profesor de Cambridge pudo penetrar, nada más que con modelos matemáticos y su enorme poder analítico, al estado de la materia ultracompacta —todo el universo concentrado en una partícula del tamaño de un protón, fenómeno conocido como singularidad—, que al estallar —lo que conocemos como Big Bang—, dispararía la “flecha del tiempo” e iniciaría el proceso expansivo del universo.

Sin embargo, el “mito de El Dorado” de los físicos es lo que Hawking llamó la teoría del todo (Theory of Everything), una teoría final que pudiese explicar todas las interacciones fundamentales de la naturaleza para la comprensión del universo, fuerzas enormes como la fuerza gravitatoria o débiles como la fuerza nuclear presente a escalas subatómicas. Unificar la Relatividad General con la Teoría Cuántica es algo que muchos consideran una simple utopía, poniendo en duda la factibilidad de una teoría fundamental única. Por ahora, se acepta la yuxtaposición de teorías aparentemente diferentes, cada una de ellas aportando conocimientos bajo determinadas situaciones.

Poco tiempo atrás en una conferencia en España, Hawking dijo: “Existe una diferencia fundamental entre la religión, que se basa en la autoridad, y la ciencia, que se basa en la observación y la razón. La ciencia vencerá porque funciona”. Es decir, se refería al valor veritativo de la ciencia, que torpe y todo en su andar, es capaz de entregar ciertas certezas respecto al futuro de la humanidad, ajenas al determinismo. Diferente, sin duda, a la escatología que nos induce a “actos de fe”, llamados a apagar la fuerza de la razón como máxima expresión de la dignidad natural del ser humano.

1Einstein sobre la imaginación: “La imaginación es más importante que el conocimiento”

2Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya… y díjoles Dios: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla: mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra. (Génesis 1, 24-31)