columna de opinion

y de pronto el amanecer 1

Por Rodrigo Reyes Sangermani

La Mirada del Ulises de la Patagonia


Amigos todos,

Silvio Caiozzi explora en “Y de Pronto el Amanecer” (2017) los escondidos recovecos de la memoria, tal como lo hace Theo Angelopoulos en su excelente film “La mirada de Ulises” (1995) donde un viejo director de cine (Harvey Keitel) vuelve a su Grecia natal en plena Guerra de los Balcanes para encontrar dos viejos rollos de película sin revelar donde están las primeras filmaciones griegas.

El largometraje del chileno (195 minutos) es un homenaje al cine de Angelopoulos: encuentra los elementos sintagmáticos propios del director griego fallecido en 2012. Planos largos y excelente fotografía, naturaleza y hombre conviviendo el mismo territorio, el plano cerrado describiendo las comisuras del alma de personajes que viajan al pasado para explicar desde el presente los sinuosos senderos de la vida, el silencio y la insoportable lentitud del tiempo de reflexión. Como en el Ulises homérico, libro del cual hacen referencia ambos filmes, el héroe (Julio Jung) busca escribir una novela definitiva que lo redima; en realidad busca comprender su propia historia. Mientras el Keitel de Angelopoulos, por su parte, busca entre la fría bruma de los Balcanes los rollos sin revelar de una historia olvidada, la película de Caiozzi describe su propio viaje a Ítaca para reencontrarse con los personajes de su niñez ahora transformados quizás en fantasmas. Los amores perdidos, los sueños truncados, en medio de la ruina de las viejas casas de alerce que albergaron los años de dicha y desdicha, como en Skopje, Belgrado o la Sarajevo bombardeada, contrastando la belleza de la lluvia, del paisaje y la neblina, con el horror de la guerra, de la intolerancia y de la brutalidad; personajes deambulando como muertos por la ciudad en llamas o entre los helechos húmedos del bosque chilote.

“Y de pronto el amanecer”, sin embargo, carece de la misma poesía, por mucho que la fotografía se esfuerce, que el simbolismo del guion lo intente, son muchos los elementos que desdibujan un film tan personal y sincero, elementos que hacia la mitad parte en dos la película justo cuando nos centramos en el drama profundo del motivo de la huida. Ahí la cinta extravía un poco su rumbo, permanece la fotografía acechando las ánimas, la música llenado los espacios de la comprensión con esos tonos pasteles de melancolía, como si fuera la propia Eleni Karaindrou tras la partitura, pero todo se vuelve previsible, incluso cuando la poesía intenta volver al final.

Con una hora menos quizás Caiozzi no podría haber desplegado con tanta artesanía esa mirada bucólica del paisaje patagónico, como contexto en la búsqueda de la causa determinante de la vida trágica de un puñado de seres mágicos, pero sin duda habría obligado al director a centrarse sólo en lo esencial del viaje, y quizás dejar para los créditos finales el homenaje al Ulises de Angelopoulos, como referencia obligada de un cine tan esquivo como son esas verdades definitivas por las que luchan esos héroes de la literatura clásica que derrotan dragones y leviatanes para encontrar más allá del arcoíris la razón de nuestra existencia.

Buena Caza