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Enseñar a morir, enseñar a vivir

filosofos muertos

¿Qué sabemos respecto de la muerte? Nada, en rigor.  No tenemos ninguna evidencia de un más allá con contenido después del trance final de la existencia.  Así como de repente aparecimos de la nada, así nos vamos y desaparecemos en el no-ser. Infundadas creencias en la vida eterna, en  reencarnaciones, en regresiones a supuestas vidas pasadas, en la inmortalidad del alma, no son más que pobres consolaciones ante la finitud de nuestra vida.

Más que preocuparnos por si hay vida después de la muerte, debiéramos ocuparnos de que haya vida antes de nuestra muerte, de que nuestra existencia sea provechosa y que dejemos alguna huella valiosa a nuestros sucesores.

Montaigne decía que quién enseñara a los seres humanos a morir les enseñaría a vivir.  Es decir, que si repasamos el fallecimiento de otros seres humanos tal vez podemos aprender algo sobre cómo conducirnos nosotros para ir enfrentando el hecho de nuestra inminente despedida del escenario global.

Con esto en vista, retomo el libro en que Simon Critchley nos muestra el final de ciento noventa filósofos, muchos famosos y otros de envergadura menor, entre los que tampoco faltan mujeres sabias. No hay duda de que el tema es original y, abordándolo, reconocemos que ha habido de todo en el deceso de estos pensadores, así como lo hay en el fallecimiento del resto de los mortales.

He aquí algunos casos:

Junto a la de Jesús, la muerte de Sócrates es la más célebre de nuestra tradición occidental.  Platón, su discípulo, le dedicó cuatro de sus diálogos: “Eutifrón”, “Apología”, “Critón” y “Fedón”.  Condenado por los jueces de Atenas a beber el veneno de la cicuta, Sócrates rechazó escapar de su prisión y se sometió a los dictados de la ley, afrontando  el término de sus días con serenidad y dignidad. Al término de su juicio, se despidió así: “Ahora es el momento de que nos marchemos, yo a morir y vosotros a vivir; pero quién de nosotros tiene un destino más feliz es algo que sólo Dios sabe”.  

Algunos otros pensadores griegos finalizaron su vida de modo espectacular:  Empédocles, creyéndose inmortal, se arrojó al cráter del Etna. Y Diógenes se suicidó conteniendo la respiración.  

Obligado a suicidarse por Nerón, Séneca dio muestras de estoicismo ante su destino y escribió: “Quien no sepa morir bien vivirá malamente”.  

Hipatia llegó a presidir la Academia platónica, pero fue torturada y asesinada cruelmente por una muchedumbre de cristianos a los 45 años de edad (se le atribuye la frase: “Enseñar la superstición como si fuera verdad es la cosa más horrible”).  

San Agustín  -- que señalaba que dolerse por la muerte de un ser querido es motivo de culpa si uno es verdaderamente cristiano--  falleció a los 76 años de edad aquejado de terribles fiebres.

Tomás de Aquino murió tras golpearse la cabeza con la rama de un árbol a sus 49 años.  

Pico della Mirandola fue envenenado por su secretario.  

Tomás Moro fue decapitado, su cuerpo fue enterrado en una iglesia de Chelsea y su cabeza quedó ensartada en una pica sobre el puente de Londres.  

Juzgado por herejía y condenado a muerte, Giordano Bruno murió en la hoguera (sin retractarse de sus ideas, le dijo a sus jueces: “Puede que vuestro temor al emitir vuestro juicio sobre mí sea mayor que mi temor a recibirlo”).

Francis Bacon murió resfriado pocos días después de rellenar de nieve, en las calles de Londres, una gallina para comprobar los efectos de la refrigeración (el autor escribe que podría denominarse su fallecimiento “muerte por empirismo”).

Hobbes vivió más de 90 años y hasta el fin de sus días siguió escribiendo y publicando. Murió de un infarto. Antes de su enfermedad final, invitó a sus amigos a escribir posibles epitafios para grabar en su lápida, eligiendo como favorito: “Ésta es la auténtica piedra filosofal”.

Descartes falleció a  sus 54 años en Suecia, donde había sido invitado por la reina Cristina para que le enseñara filosofía, durante el invierno más frío desde hacía décadas.  Se le atribuyen estas frases poco antes de morir: “Alma mía, has estado mucho tiempo cautiva. Es el momento de que abandones la prisión y de que entregues el lastre de este cuerpo. Debes afrontar esta ruptura con alegría y valor”.

La Rochefoucauld murió tras padecer durante muchos años fuertes dolores por culpa de la gota. Para él, la muerte sólo puede tolerarse cultivando la inmortalidad y la fama póstuma (deseo apenas disimulado, según él, de los filósofos) o siendo estúpido (que es la gran virtud del pueblo llano), y escribe: “Tenemos miedo de todo como mortales y lo deseamos todo como si fuéramos inmortales”.

Montesquieu falleció en brazos de su amante, madame Dupré de Saint Maur, dejando inacabado un ensayo sobre el gusto para la Encyclopédie.

Voltaire recibió en su lecho de muerte al párroco de Saint-Sulpice, quién le preguntó si creía en la divinidad de Cristo, a lo que el escéptico philosophe contestó: “En nombre de Dios, monsieur, ya no me hable más de ese hombre y déjeme morir en paz”.

Kant falleció de una dolencia estomacal que, finalmente, le impidió ingerir alimentos. En contra de sus deseos, su funeral no tuvo nada de sencillo y a él asistieron miles de personas.

Russell murió de una bronquitis aguda, acompañado por su cuarta esposa. No tuvo, por deseo propio, funeral religioso y no se divulgó el lugar de su cremación. Sus cenizas fueron esparcidas por las colinas galesas.

Schlick fue asesinado por un estudiante perturbado en la Universidad de Viena.

Con humor  --hay mucho humor también en las páginas de esta obra--  el autor se incluye como último filósofo de la lista y conjetura su desaparición así: “Sale, perseguido por un oso”.

Poco se escribe y se habla sobre la muerte.  Constituye una especie de tabú en nuestra cultura.  Recorrer las páginas de este libro de Critchley es una manera simpática de enfrentarlo, nos ayuda a reflexionar hondamente sobre cómo plantar cara a nuestro propio destino inexorable sin recurrir a bálsamos fantasiosos.

EL LIBRO DE LOS FILÓSOFOS MUERTOS, de Simon Critchley.  Editorial Taurus, Madrid, 2008.