columna de opinion

El mal triunfa cuando el bien no hace su trabajo

carlos cantero

Por Carlos Cantero

Nuestras élites parecen inmunes a la vergüenza, insensibles a la ética, la credibilidad se asume irrelevante y la legitimidad de las instituciones (y sus autoridades) un asunto de menor importancia.  En el proceso asola la corrupción, el abuso, la endogamia, el tráfico de influencias, el nepotismo, las peores lacras lubricadas por la mediocridad, desvergüenza y el contagio social, que compromete sectores importantes de los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.  En el ámbito privado las cosas no están mejor, por cada corrupto de la administración pública hay varios corruptos y/o corruptores en el sector privado; en la dimensión espiritual las vergüenzas no parecen tener contención, elevándose hasta las más altas dignidades.  Una ciudadanía perpleja que no sabe cuándo ni dónde terminará esta crisis, testigos de reiterados episodios de alta connotación que nublan la confianza en las instituciones. 

La cultura occidental vive una profunda crisis: sus principios, valores, códigos y preceptos, están cuestionados y resultan disfuncionales con los nuevos paradigmas materialistas emergentes, la filosofía está desvalorada, la ética no tiene rentabilidad, el pensamiento es incómodo, lo único que se valora es la rentabilidad económica. Los ciudadanos miran con perplejidad y sorpresa este proceso, no se recuerda un momento de nuestra historia en que este flagelo irrumpiera con la fuerza y desparpajo que hoy muestra. Está en curso un proceso de Normosis, esto ocurre cuando en la sociedad un proceso negativo empieza a parecer normal, neutro, incluso positivo (recuérdese el fenómeno del tabaco). Así se normaliza el populismo, la banalidad, la demagogia; el reality político, con exponentes icónicos. La política se ha trasformado en una muestra referente de nuestras taras, limitaciones y bajezas, cuyos temas patológicos son centro de atención y síntesis de la realidad.

Mientras tanto se sigue deprimiendo el sistema inmunológico ético-social, mientras enfrentamos —con mal diagnóstico y peor tratamiento— esta patología social, evidenciamos un mal peor. El narcotráfico muestra sus purulentas excreciones profundamente arraigadas en nuestra sociedad, mírese la presencia comunicacional, noticiosa, el cine y los sistemas de distribución cultural, estamos en pleno proceso de normalización de la cultura narco.

Es evidente la relación incestuosa del dinero y la política, lo que se ve agravado por un poder judicial que no está a la altura de la dignidad de su función social, mostrando parcialidad y trato desigual: feroz multa por exceso de velocidad, impunidad si la autoridad atropella o mata a una persona; cárcel para delitos menores y cursos de ética e impunidad para millonarios fraudes.  El grado de descomposición social se evidencia cuando observamos a políticos —de todos los sectores— que transitan desde elevados cargos públicos a ocupar asientos en las gerencias o directorios de las mismas empresas que debieron fiscalizar. Locuaces ex ministros se jactan en la TV de sus ingresos, con millonarias asesorías y sobresueldos en instituciones armadas o de Carabineros, con gravísimos procesos por corrupción; un raspado de olla a las instancias que debían fiscalizar. Son muy elocuentes los arreglos de la élite política y su contraparte privada.  Nuestra realidad en el Índice de Percepción de la Corrupción 2017, elaborado por la ONG Transparency Internacional, nos posiciona entre el tercio de los países con alta corrupción, y creciendo. 

Para enfrentar la corrupción se requiere convocar y activar una reserva ética transversal en nuestra sociedad, integrando movimientos filosóficos, cientistas sociales, la prensa, el poder judicial, las instancias fiscalizadoras.  Debemos hacer cuanto sea necesario para fortalecer la democracia; promover pensamiento crítico, unirnos para confrontar, denunciar y procesar a los corruptos y abusadores.  La ciudadanía debe participar en las elecciones, no dejar que otros a su arbitrio elijan a sus monigotes.   Debemos reformar la institucionalidad electoral y político partidista, para superar privilegios y lejanía de los ciudadanos, promoviendo: transparencia, controles (métricas) y férrea fiscalización. Las instituciones éticas y filosóficas deben despertar para asumir sus desafíos de pertinencia, coherencia y oportunidad.  Se requiere liderazgo, son muchas más los que aspiran a la probidad y el bien común.  La sociedad civil y las redes sociales —sacudidos de divisiones añejas— deben jugar un irremplazable rol de control sobre los medios de comunicación y las instituciones, asumiendo el desafío de recuperar a Chile de la corrupción.

Las instituciones del poder político remedan la democracia, pero, mayoritariamente están cooptadas por el poder económico, son depositarios de las agendas político-legislativas de sus mecenas electorales. Los centros de pensamiento replican lo que piden sus financiadores, en todo el espectro político.  En los “Centros de Pensamiento” de la política chilena no se piensa. Es más, resultan indeseables los que piensan. Se requiere replicadores de las élites y sus dogmas políticos o economicistas. En ninguno de estos centros se observa transversalidad, por el contrario, hay sectarismo, endogamia ideológica y social.  En las bancadas parlamentarias hay un puente permanente con el poder del dinero, especie de gerentes de producción, que conectan los centros de estudios, las comisiones políticas de los partidos y las salas parlamentarias, para alinear los esfuerzos según lo que disponga la élite económica.

Los programas políticos han sido reemplazados por criterios del marketing,  tanto en relación a las ideas como a los actores políticos, importa más la facha, lo mismo en la izquierda y la derecha.  La cuestión de las políticas pública es monitoreada por empresas de encuestas y estudios de opinión. La big data domina los centros de decisiones estratégicas para definir las políticas públicas, observando las tendencias de opinión, en control anticipado de las votaciones, sea por los centros o la inteligencia periodística que obtiene —en la forma de entrevistas o notas de prensa— el conocimiento anticipado de lo que será la votación.  

La política —que siempre es un reflejo de la sociedad— está preñada de la misma superficialidad, consumismo, banalidad y nihilismo, que con tanto éxito impone el materialismo de uno y otro lado.  El debate ideológico en torno a la vigencia de los bienes públicos y los bienes privados, tiene como aparente motivación la búsqueda del bien común. Pero, a poco andar surge la prueba que sólo se trata de negocios: véase la salud, la educación, la seguridad ciudadana, la previsión.  Pero, también pasa con las políticas públicas y los intereses económicos coludidos, información privilegiada ha permitido grandes ganancias con la exigencia de nuevos cinturones de seguridad, los extintores, los estándares a los asientos de niño en los vehículos, los chalecos amarillos, las revisiones técnicas, etc. ¿Y quién hará la importación de los nuevos medidores digitales del consumo eléctrico domiciliario? Detrás de estas medidas existen potentes intereses económicos, negocios articulados previamente, en cada caso el ministerio y el partido son fácilmente identificables.  

La agenda pública no es reflejo de las urgencias ciudadanas, sino de la convergencia de interés de los grupos de poder y/o de opinión.  Se levantan y exacerban unos temas para ocultar otros, tanto o más urgentes, todo es cuestión del nivel de influencia comunicacional y la capacidad para manejar redes sociales.  La democracia representativa está muerta hace mucho tiempo, se presume la vigencia de una democracia participativa. Pero, es solo verso. El sistema electoral está hecho a la medida de la élite política y sus unidades productivas, los partidos políticos, que reciben privilegios electorales y de financiamiento público.  

La corrupción en Chile se viraliza y contagia. Con hipocresía se intenta matizar, comparándonos con países de tradición corrupta, como si eso fuera un consuelo de tontos. Mientras este proceso se termina de instalar, en la administración, en el ámbito público y privado, en paralelo se instala silente, subrepticiamente, mimetizada, oculta, aprovechando cada línea de debilidad ética, el flagelo del narcotráfico y sus potentes redes.  Chile es un caldo de cultivo favorable, por el relajamiento ético y moral, por la mediocridad que se instala en la administración, por el vuelco ciudadano hacia el dinero, en perjuicio del mérito y la probidad.

El mal triunfa cuando los que proclaman el bien agotan su labor en buenas intenciones y no las traducen en buenas acciones.  Donde crece el mal, también se encuentra el remedio, en ese materialismo también puede florecer espiritualidad; en la suma de lo individual se reconoce lo social; donde prima el egoísmo también germina el altruismo; donde hay desvalor se puede imponer lo valórico; donde hay corrupción se puede imponer la probidad.  El gran desafío de las entidades éticas, filosóficas, laicas y seculares, es asumir una potente cruzada: activa, estructural y transversal a toda la sociedad, para restaurar los valores esenciales a la convivencia.  

Datos del autor: Carlos Cantero Ojeda. Geógrafo, Master y Doctor en Sociología. Académico, conferencista y pensador laico chileno. Estudia la Sociedad  Digital y la Gestión del Conocimiento.  Fue Alcalde, Diputado, Senador y Vicepresidente del Senado de Chile.