columna de opinion

Soluciones Definitivas

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Por Wilson Tapia

El suicidio del ex presidente peruano Alan García pone una nota emocional profunda en el deterioro de las instituciones democráticas peruanas. Si bien se trata de un suceso doloroso, impactante, con connotaciones humanas irreversibles, también tiene un profundo contenido político. Cuestión que hace imposible no vincular el hecho con lo que se vive a nivel global.

La respuesta a la pregunta ¿qué lleva a un ser humano al suicidio? la tiene la psicología.  Y, seguramente, mostrará una serie de variables y condiciones que generarán un profundo buceo en la mente del suicida. Pero cuando se trata de un líder, la mirada científica es superada por la conmoción política. Allí entra a jugar la pasión, el cariño de sus seguidores o el rechazo de sus detractores. Sin duda, todas cuestiones previsibles y explicables por el entorno que rodea a los adalides. Sin embargo, resulta fundamental tratar de encontrar explicaciones que superen a esas pasiones.

Alan García era un personaje carismático. A los 36 años, se convierte en el presidente más joven del Perú (1985-1990). Existe un mal recuerdo de aquella gestión. Durante el régimen que lo sucedió, de Alberto Fujimori, se le intenta investigar por acusaciones reiteradas de corrupción. Él lo evita abandonando el país. Reside durante los nueve años siguiente en Colombia y Francia. Una vez prescritos los casos que lo vinculaban a hechos de corrupción, regresa y vuelve a postularse a la presidencia, en 1991. No logra su objetivo. Insiste y alcanza nuevamente la presidencia en el período 2006-2011. En 2016 intenta nuevamente alcanzar la primera magistratura, pero el electorado no lo apoya.

 La corrupción en el Perú sigue avanzando y el descrédito de la clase política se profundiza. Alan García es uno más de la lista de mandatarios corruptos que habrían recibido fondos de la constructora brasileña Oderbrecht. Cuando el ex presidente se entera de que será investigado y que las presunciones en su contra hacen posible su encarcelamiento, intenta salir del país como en el período fujimorista. Llega hasta la embajada de Uruguay y permanece bajo su protección durante cuatro días. Sin embargo, su solicitud de asilo no es acogida por Montevideo. Otro tanto ocurre con las gestiones que, paralelamente, se realizaban en Chile.

Líder carismático, logra llevar a su Partido Alianza Popular Americana (APRA) al primer lugar de la política peruana, pero pese a todo, su figura va siendo minada por las acusaciones de corrupción durante sus mandatos. Y, con mayor razón, luego de que en la primera oportunidad que iba a ser investigado, saliera del país y regresara sólo cuando el caso había prescrito.  Por eso, ahora se esperaba una actitud diferente. No es así, pero los gobiernos que él suponía podían ayudarlo, no lo hacen. Permanentemente, él levanta su voz para acusar persecución política. Sin embargo, al parecer, ya la influencia de Alan García en su país, había dejado de ser determinante. Se ignora si su intención sería postular a un nuevo período presidencial. Aunque si ese hubiera sido el caso, con seguridad el electorado habría vuelto a pronunciarse en contra.

La drástica decisión del ex presidente de quitarse la vida, es presentada hoy como el sacrificio máximo de un líder. Sus cercanos afirman que lo hizo para ser consecuente con sus valores y principios. Una mirada un poco más lejana no puede dejar de reconocer que la personalidad de Alan García a menudo lo llevaba a considerarse por sobre las normas que regían para el ciudadano corriente. Así lo demuestran sus virajes políticos, su rechazo al accionar de la Justicia sin proponer alternativas para resolver un problema, la corrupción, que se incrementó durante sus mandatos.

La desaparición de Alan García ha servido para reafirmar que las formalidades superan, en muchos casos, las normas de sana convivencia. La actual administración del Perú, encabezada por Martín Vizcarra, propone un  funeral de Estado para despedir los restos del ex presidente. Su familia se opone. Una clara demostración del rechazo a la acción que la Justicia seguía contra García. Y, de paso, una acusación al manejo que, supuestamente, hace el poder ejecutivo del Poder Judicial, en Perú. Una actitud como la otra no beneficia a un país que se encuentran sumido en tensiones diversas. Especialmente, en un desprecio a las instituciones por las acciones delictuales que, a diario, van siendo develadas en las altas esferas.  Si la Justicia peruana consideraba que García debía ser investigado y aún no era declarado culpable, el sepelio oficial correspondía. Si hubiera sido juzgado y encontrado culpable, obviamente, no debería pensarse siquiera en un funeral de Estado. Pero no era el caso.

Las emociones provocadas por el dolor y la pasión política llevan a que un acontecimiento cruento, como un suicidio, profundice las desconfianzas entre peruanos. Es difícil pensar que un líder tuviera eso en mente cuando decide suicidarse. Una acción de tal naturaleza lleva implícita una lección que perdurará en la Historia.

La muerte de Alan García ha hecho recordar a muchos la decisión adoptada por el ex presidente Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, el mandatario chileno enfrentaba una situación diferente. No era su honra lo que estaba amenazado. No era su honor el que estaba en juego.  Se trataba de la ruptura del régimen democrático chileno. El quiebre de un esquema político que él había jurado defender. Era una cuestión de principios.