columna de opinion

¿Está la libertad sobrevalorada?


Por José Antonio Marina

B.F. Skinner, máximo representante del conductismo, suele encabezar las listas de los psicólogos más influyentes del siglo XX. Su tesis principal es que el comportamiento humano está determinado por el sistema de refuerzos positivos o negativos que proporciona el entorno, por los premios y castigos. Pensaba que la aplicación masiva de las técnicas de modificación de conducta podría dar lugar a un mundo ideal, que describió en su novela Walden 2. En Más allá de la libertad y de la dignidad mantuvo que la idea de un sujeto autónomo y libre era precientífica, y que venerarla había impedido resolver los problemas sociales por medio de técnicas de ingeniería social. Si lo que queremos es una sociedad justa y feliz, concluía, debemos prescindir de la idea de libertad. La gente puede comportarse bien sin necesidad de hacerlo libremente. Basta premiar la bondad y castigar la perversidad. La libertad queda entonces reducida a su propiedad menos respetable: la capacidad de equivocarse. Es decir, una imperfección.

 

Las ideas de Skinner tuvieron una influencia hegemónica en psicología durante más de una década, y sólo la perdieron con el advenimiento de la psicología cognitiva. Sin embargo, importantes movimientos sociales y políticos están haciendo triunfar sus teorías. Empieza a cundir la idea de que la libertad no es tan importante, si se abdica de ella voluntariamente y los resultados de esa decisión son satisfactorios, eficientes y justos. Si soy feliz, ¿para qué quiero ser libre? Tres fenómenos corroboran su éxito: la Red como forma de vida, el auge de las democracias no liberales y la influencia ideológica de China. Los tres tienen en común la idea de que hay valores más importantes que la libertad, como el bienestar, la eficiencia o la justicia.

La Red supone el triunfo de Skinner porque, como él quería, es un gigantesco modificador de conductas, voluntaria y gratamente aceptado. La tecnología nos proporciona grandes satisfacciones y comodidades. ¿Qué más da que estemos enganchados a esos premios? En realidad, ¿por qué valoramos la libertad? Porque pensamos que nadie como nosotros mismos sabe lo que nos haría felices. Si otra instancia puede proporcionarnos la felicidad, la libertad resulta superflua. Así funcionaron las creencias cristianas en un Dios providente, que premia la obediencia. Lo mismo ocurre en la cultura japonesa. El sentimiento fundamental es amae, la cordial dependencia de un superior, un paternalismo a todos los niveles. También sucedía en la dictadura soviética. Todavía, según una reciente encuesta, un número importante de los ciudadanos de la Alemania Oriental añoran la dictadura que les aseguraba unos mínimos aunque limitando su libertad.

La Red aumenta nuestras posibilidades, es decir, nuestra libertad, pero al mismo tiempo la limita. Un gigantesco supermercado puede ofrecernos miles de opciones atractivas y disuadirnos de mirar en otro supermercado. ¿Para qué, si estoy satisfecho? Volviendo a la tecnología, Tim Harris, escribe: «Puedo ejercer control sobre mis dispositivos digitales, pero sin olvidar que al otro lado de la pantalla hay un millar de personas cuyo trabajo es acabar con cualquier asomo de responsabilidad que me quede». Su testimonio es relevante porque formó parte como experto de ese millar de personas, mientras trabajaba en Apple, Wikia, Apture, y Google. Harari en 21 Lecciones para el siglo XXI advierte: «Podrías ser perfectamente feliz cediendo toda la autoridad a los algoritmos y confiando en ellos para que decidan por ti y por el resto del mundo». Con razón, Evgeny Morozov, experto en tecnologías digitales, afirma: «El verdadero santo patrón de internet es B. F. Skinner».

La segunda demostración del creciente desinterés por la libertad es el auge de las democracias no liberales, un término acuñado por Orbán en 2014. La distinción entre sistemas democráticos y no democráticos se está difuminando. El liberalismo se ha hecho un lío con la libertad. Ha sido absorbido por el liberalismo económico, cuya esencia está en reclamar libertad económica, no libertad a secas. De hecho, algunos economistas liberales admiten la posibilidad de un liberalismo económico no democrático. En declaraciones a El Mercurio (12-4-1981), el premio Nobel de Economía Hayek dijo: «Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un Gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente». Hace ya 20 años, Xavier Sala i Martín, conocido economista liberal, al recibir el premio Juan Carlos I de Economía, afirmaba que «la falta de libertad política no es mala para el crecimiento económico. La democracia es un bien de lujo» (El País, 19.1.98).

El tercer fenómeno que define nuestra situación, muy relacionado con los anteriores, es la propuesta ideológica china, que aúna la tecnología de la información con la crítica al liberalismo. El Partido Comunista Chino se ha alejado de Marx para acercarse a Confucio. Opina, como Skinner, que la obsesión por la libertad ha sido una equivocación de la cultura occidental. China, en cambio, no reivindica como valor principal la libertad, sino la armonía y una «modesta prosperidad». Es su oferta política al mundo. El presidente Xi Jinping, al inaugurar la reunión de la Organización de Cooperación de Shangai (10.6.2018) apeló a Confucio para transmitir su mensaje: «El confucianismo, que es una parte integral de la civilización china, promueve la armonía, la unidad y la comunidad compartida para todas las naciones». Frente a la competitividad desalmada de la cultura occidental, defiende una cooperación socialista, basada en una democracia del mérito, no en los partidos. Esta idea ya está calando en el mundo occidental. Daniel A. Bell, autor de The China Model: Political Meritocracy and the Limits of Democracy, defiende esa «meritocracia democrática vertical». «Los fundamentos del sistema chino son buenos –escribe– así que, a nivel ideal, creo que deberían ser implementados en el resto del mundo». Según Lee Kuan Yew, padre de Singapur, una de las principales inspiraciones del modelo meritocrático de Bell, las personas no pueden pensar por sí mismas: «¿De verdad creéis que […] saben las consecuencias de su elección cuando responden a una pregunta de manera visceral, pensando en su lenguaje, cultura y su religión? Nosotros sabemos las consecuencias: moriríamos de hambre, sufriríamos disturbios raciales. Nos desintegraríamos». John Micklethwait, ex director de The Economist, en The global race to reinvent the State sostiene que «China se halla en el centro del debate sobre el futuro modelo de Estado».

Lo que me interesa de China –sin duda un Estado dictatorial– es su proyecto skinneriano para mejorar la convivencia. Consiste en implantar un sistema de crédito social, apoyado en alta tecnología informática, para restaurar la moralidad. Quien tiene un crédito social alto tendrá acceso a muchas ventajas, es decir, reforzadores positivos, y quien tenga un crédito social bajo tendrá desventajas. El régimen pregunta: «Si premio la buena conducta y castigo las malas, ¿estoy alterando la libertad de las personas?».

La libertad empieza a estar devaluada. Por varios caminos se nos sugiere que el futuro del bienestar, la paz y la justicia está en confiar en sistemas eficientes que tomen las decisiones por nosotros. Sólo podremos rehabilitar la libertad si demostramos su grandeza, no sus miserias. Su último baluarte es el pensamiento crítico. Un recurso débil, porque pensar críticamente exige esfuerzo. También la democracia es una tarea exigente, incompatible con la pereza, y por eso vulnerable. La comodidad, esa «felicidad blanda y fácil» que según Fukuyama ofrece la cultura de la dependencia voluntaria, fomenta la pasividad. Es muy difícil resistirse a ser esclavos felices.

José Antonio Marina es filósofo, escritor y pedagogo.

Publicado el 22 de noviembre de 2019 en El Mundo

 

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