columna de opinion

PENSAR EN TIEMPOS DE PANDEMOCRACIA 

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Por Felipe Barnachea

 El filósofo español Daniel Innerarity ha titulado a su último libro Pandemocracia: una filosofía de la crisis del coronavirus. Desde su casa, en Navarra, comenzó a reflexionar sobre la pandemia y las respuestas de la política, un tanto asombrado por cuantas preguntas recibía sobre el asunto. Pensaba que el hecho de consultar a un filósofo por una crisis sanitaria mundial tenía una peligrosa característica: significaba que las respuestas de las otras disciplinas, un tanto más cercanas al problema, habían sido superadas. O peor aun, acabadas.

 

¿Será el tiempo de la filosofía? Hasta el ex Ministro Mañalich así lo llegó a plantear en su momento y quizás haya tenido algo de razón. La última vez que los filósofos se irguieron como “faros de luz” fue en la década del cuarenta y del cincuenta, cuando la comparecencia de Jean Paul Sartre, el 29 de octubre de 1945, en la Salles des Centraux de París, para defender el existencialismo de sus detractores, fue un evento que superó todas las expectativas: un Sartre de 40 años de edad se abría paso a codazos entre la multitud, para dejar atrás sillas rotas, mujeres desmayadas y un documento que sería, hasta la fecha, el manifiesto de los existencialistas en todo el mundo.

Los otrora star rock de la filosofía pensaron sobre las ruinas de Europa y pre dibujaron el futuro: ni la política ni la economía estaban en condiciones de entregar respuestas o recetas para sobrellevar la carga del fracaso de la idea de progreso, férreo pilar de la modernidad, que había caído en desgracia: la humanidad no caminaba, indefectiblemente, hacia un destino mejor. Las dos guerras mundiales y, luego, la guerra fría así lo dejaban de manifiesto. Se abría paso un nuevo tiempo de incertidumbres, donde otra vez volvían al pensar. Quizás hoy ocurre lo mismo, aunque las ruinas son diferentes. Los campeones de la economía y los infatuados de la política, que durante años tuvieron todas las respuestas, ahora son declarados impotentes frente al nuevo apocalipsis.

Según Innerarity, se abrirá paso a una nueva realidad, o a un nuevo mundo. En el caso chileno ocurrirá una peculiar síntesis dialéctica, porque confluirán dos nuevas normalidades: la que estaba produciendo  –o producirá–  el estallido social de octubre (que se encuentra entre paréntesis) y la que se establecerá respecto de la pandemia. Si las cosas serán inciertas para el mundo, más aún lo serán para Chile que engendrará una extraña forma de vivir entre mascarillas y protestas. Esta nueva realidad, o normalidad si se prefiere, que se larva durante el tiempo presente, tiene algunas características que hacen más complejo el asunto.

El nuevo escenario surgirá en medio de una fragilidad de las instituciones políticas, seguramente sin igual en la historia de Chile. Antes del estallido ya habían caído instituciones de dilatado prestigio, como ocurrió con la Iglesia con los casos de pedofilia y Carabineros de Chile con los casos de fraude. El estallido social aceleró la desconfianza que pesaba sobre el Gobierno y, ante todo, sobre el Congreso Nacional. La Corte Suprema, y la Fiscalía corrieron también similar desgracia. Se dirá, entonces, que la pandemia apareció en el momento cuando el sistema era más frágil como para defenderse.

Aunque Innerarity señala que la crisis sanitaria mundial pudiera constituir una especie de antídoto respecto del surgimiento de populismos, porque estos desprecian el saber experto, la lógica institucional y la idea de comunidad global, hoy revalorizados, ello no queda lo suficientemente claro para el caso chileno. Baste señalar la paradoja principal que se ha presentado en la política después del estallido y durante el desarrollo de la pandemia, y que dice relación con las preferencias ciudadanas de los personajes públicos. Joaquín Lavín, alcalde de Las Condes, ha mantenido el liderazgo en todas las encuestas de opinión, y que contrasta con el abrumador respaldo que las mismas encuestas le entregaron al movimiento y sus demandas. Mientras marchaba por la Alameda un millón y medio de personas realizando una impugnación global al sistema, el alcalde Lavín inauguraba en su comuna pasos peatonales para mascotas. Linda y problemática paradoja aun no resuelta.

Estas contradicciones no son, en todo caso, exclusivas de nuestro pequeño país. La Revolución de Mayo del 68, en París, que el 2018 cumplió 50 años, también tuvo consecuencias llenas de contrastes. Por un mes completo los estudiantes y los trabajadores inutilizaron la ciudad, y lo que había comenzado como una pequeña rebelión en la Universidad de Nanterre terminó poniendo en jaque, a mediados de ese mes, al propio gobierno del General Charles De Gaulle. Quedó para el registro histórico, como un movimiento icónico que ha inspirado, por años, a otros movimientos sociales en distintas épocas y lugares del mundo, mas su efecto inmediato fue la reafirmación del propio gobierno. De Gaulle vuelve a París (luego de una breve escapada) a finales de mayo, disuelve el Parlamento, adelanta las elecciones para el mes de junio y gana esas mismas elecciones.

Los indignados españoles son también un ejemplo prístino. Más cercano en el tiempo, en el mismo mes de mayo pero del 2011 las plazas del país comenzaron a ser inundadas por ciudadanos “indignados” con el sistema, que comenzaron campamentos que, en algunos casos, duraron meses. El Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, adelanta las elecciones para el mes de noviembre y la derecha (el Partido Popular) consigue mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados para formar gobierno de la mano de Mariano Rajoy.

Los ucranianos, que exigían al gobierno la firma de un tratado de libre comercio con la Unión Europea, el 2014 tomaron el control de la Plaza Maidan y sostuvieron un movimiento que duró tres meses, que culminó con la renuncia del Presidente Yanukóvich. Un presidente renunciado, más de 120 muertos, más de 1800 heridos, y el pueblo eligió a un magnate de presidente y, ahora, a un humorista.

En estas condiciones, y considerando la experiencia comparada, no existe ningún indicio de que vaya a ocurrir algo extraordinario en los tiempos que vienen post-pandemia, ni que la política vaya a tomar un cariz heterodoxo, o que surgirá un “mundo mejor”. Malas noticias, lamentablemente, para quienes profesan ese incauto optimismo que plantea la sobrevenida de un nuevo tipo de ser humano, cargado de virtudes civiles, solidario y justo en extremo. Si ello no ocurre en su generalidad, tampoco ocurrirá en la clase política: no es posible vislumbrar nuevos líderes “a-políticos” que representen el tipo de espíritu que pulula en el aire respecto de lo que necesitamos. Aunque fuese un problema insoluble, si se cumpliera la providencial y abstracta expectativa del movimiento social, en cuanto a la desaparición de los partidos políticos, representantes de todos los males de la sociedad, sospecho que el mercado –que está directamente en la línea de sucesión– asumirá su puesto. Dicho de otro modo, si desaparece la política y, de paso, la propia democracia, entonces manda el mercado.

Por el contrario, lo que parece indispensable es una revalorización de “lo político” y el inicio de un camino de politización de la sociedad. Ello contribuye a sostener, también, como señalara Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, nuestra vapuleada democracia. Bajar la expectativa también parece ser un propósito deseable y paralelo: asumir que no seremos mejores personas después de la pandemia, que los líderes políticos no podrán ser monjes venidos del Himalaya y que la democracia representativa, con sus limitaciones, aún no tiene una formula de reemplazo, viable y realista, que elimine sus defectos y eleve sus virtudes.

En Chile, tenemos una oportunidad de contribuir en la politización de la sociedad, como es el caso del proceso constituyente, cuyo inicio formal está previsto para el mes de octubre, con el plebiscito. Aun así, sospecho que ciertas paradojas prevalecerán en el debate y en la elaboración del nuevo texto constitucional. Si, de alguna forma, ciertos sectores pretenden resguardar las múltiples necesidades expresadas por el movimiento social en la nueva Constitución, requerirán un exigente esfuerzo para lograrlo. La unidad de la derecha y del oficialismo, frente a la atomización de la oposición que agrupa el centro y la izquierda, favorecerá electoralmente a la derecha que buscará acercarse a su 40% histórico, mientras que el archipiélago de la oposición verá desmejoradas sus posibilidades con listas separadas, más los “independientes” que abundan más en dicho sector que en la derecha.

Existe, entonces, la posibilidad de que las cosas cambien poco o nada, y que nuestra realidad post-pandemia, post-estallido y post-proceso constituyente, siga siendo igual de abyecta que la que, con vehemencia, actualmente impugnamos. Si no se modifican las condiciones estructurales que hacen que los Estados enfrenten con fragilidad “estallidos sociales” y “pandemias”, y otros posibles imaginables, entonces tendremos que esperar con una ardiente paciencia el advenimiento de una nueva sociedad.

Nuestra sociedad tiene un problema estructural: la desigualdad. Mientras no exista voluntad mayoritaria para enfrentarla, en el ámbito electoral, en el ámbito político y social, en el ámbito económico y en el ámbito cultural, y el 1% siga teniendo lo que el 99% necesita, como dice Joseph Stiglitz, entonces ni esta ni otra pandemia podrá hacer por la sociedad lo que nosotros debemos hacer para cambiarla.

Felipe Barnachea

Académico

Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones

Universidad Central de Chile

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