columna de opinion
ORIENTALISMO Y FILOSOFÍA: DESCENTRAMIENTO DE LA ENSEÑANZA UNIVERSITARIA

KarmyPor Rodrigo Karmy Bolton

Es posible que se haya dicho demasiado sobre “Orientalismo” de Edward Said. Publicado en 1978, resulta un texto decisivo, pero no porque haya posibilitado la emergencia de la perspectiva decolonial, sino porque trae consigo el mismo gesto que, alguna vez, abrieron Freud y Marx: el descentramiento como práctica crítica frente al “cliché”. Más aún, “orientalismo” no se lo ha medido sobre sus consecuencias para pensar la Universidad, ese dispositivo de saber-poder que aceitó justamente el devenir colonial de Europa y la subsunción colonizado del mundo.

¿Qué puede ser la Universidad después de Said? Puede ser una pregunta mucho más importante que insistir en qué podría ser la Universidad en su deriva neoliberal. Incluso; la respuesta a la primera pregunta necesariamente conlleva una respuesta radical a la segunda: la trama colonial devino trama global.

Sin embargo, me parece imprescindible subrayar que “Orientalismo” no marca simplemente una crítica al colonialismo como si este último fuera concebido como una realidad puramente politológica o sociológica –que es, más menos, como ocurre en la perspectiva decolonial- sino que el “orientalismo” como discurso no es más que lo que Heidegger denominó “onto-teología” como aquella metafísica de la representación sostenida, por tanto, en la noción de sujeto. El propio Said comienza su libro con un epígrafe de Marx (el 18 de Brumario de Napoleón Bonaparte) en el que se lee: “no pueden gobernarse a sí mismos, deben ser gobernados”. La cuestión del gobierno da la clave en el asunto: en la introducción al texto Said subraya que el “orientalismo” funcionaría como “estilo de pensamiento” y, a su vez, como “institución colectiva” dirigiéndose permanentemente a dirigir a los pueblos colonizados, a gobernarlos, a conducirlos y decidir sobre ellos.

El “orientalismo” es otro nombre para la metafísica de la representación. En este sentido, la contribución saideana –a pesar de su silencio sobre el devenir de la historia de la filosofía moderna- debe ser medida filosóficamente. Pero ¿qué implica pensar “Orientalismo” desde la filosofía? Ante todo, un descentramiento radical de la metafísica. No habrá más “Occidente y Oriente” como evidencia y, por tanto, no podremos asumir sin más, la idea de una “filosofía occidental” o, peor aún, una Europa “judeo-cristiana” como se ha puesto de moda en el último tiempo. Said rompe esos identitarismos, desmenuza los clichés y nos obliga a pensar sobre la filosofía, esa máquina con la que supuestamente una cultura denominada a sí misma “Occidente”, piensa. ¿Pensar al sujeto que piensa? ¿Problematizar al dispositivo encargado de problematizar? El gesto saideano irrumpe como una profanación de la filosofía. Y, por eso, resulta ser genuinamente filosófico. No porque proponga un “sistema” - ¿quién hoy propondría uno? - sino porque destituye uno al mostrar su rostro mortal.

Las cartografías se disuelven, las fronteras nacionales, religiosas y culturales son llevadas a su punto cero. Y, entonces: ¿la filosofía ha asumido el gesto saideano? Posiblemente, cuando la academia redujo a Said a un “postcolonial” muchos saberes vieron restituida su tranquilidad. Pues la filosofía, esa que hoy se enseña bajo curriculums aceitados por la “historia de la filosofía”, parecen completamente a-críticos respecto de las cartografías que usan y que ellas mismas, no solo trazaron, sino que, como gendarmes, parecen estar dispuestas a conservar contra la “barbarie” (esa otredad que no comparte el mundo de la razón y que fue considerada inferior).Con Said y Heidegger se podría decir que la “filosofía no piensa” precisamente porque no asume ese descentramiento, el salir fuera de sí, el situarse topológicamente en un “fuera de lugar” en el que irrumpe el pensamiento.

En cuanto binomio metafísico-político el clivaje “Oriente-Occidente” constituye una producción histórica y política, pero aparece como si careciera de toda historicidad presentándose como algo natural. Así, el gobierno de los otros se visualiza como si fuera algo evidente, en virtud de la inferioridad atribuida divina, natural o histórica o culturalmente de aquellos a quienes se gobierna. Porque en el fondo, Said no ha dicho jamás que el “orientalismo” como discurso tenga una “falsa” representación del “otro” (como podría señalarse desde el clásico término “ideología”); sino más bien, que el “orientalismo” es un discurso que produce al “otro” como representación.

Gracias a esa operación, habla por él, decide por él, imagina por él. Precisamente porque el “otro” deviene representación no resulta inquietante, es que el operador orientalista debería constituir el mecanismo más inquietante frente a los ojos del intelectual. Porque hacer del “otro” una representación significa convertirlo en cliché. Condenarlo a ser visto como si fuera una pieza de un museo, separarle, entonces, de su médium sensible y sacralizarlo en un pedestal clasificatorio cuya episteme resulta naturalizada. Hannah Arendt decía que la tarea de la filosofía consistía en cuestionar los “clichés”. ¿Ha estado la filosofía –incluso la propia Arendt- a la altura de su tarea cuando aún no puede obviar el lastre que significa el adjetivo “occidental” que tan irreflexivamente gobierna los curriculums universitarios y a sus académicos e intelectuales –de renombre muchas veces?

Como bien sabemos, cuando el adjetivo no da vida, mata: atribuir a “Occidente” o, en su reverso, a “Oriente” –en toda la operación estetizante que ello implica- tal o cual triunfo intelectual, tal o cual invención, tal o cual astucia de la razón, oblitera que, si bien, toda producción intelectual se cristaliza singularmente en un tiempo y lugar, ella solo acontece donde el carácter cosmopolita del pensamiento no ha dejado de impactar. Justamente, es la mezcla, no la pureza, la profanación y no la sacralidad la intensidad más fructífera del pensar. Said está ahí, precisamente, para recordárnoslo.

Publicado en Infrapolitical Reflections, junio 2020.

Rodrigo Karmy Bolton, es doctor en Filosofía, Universidad de Chile. Profesor e Investigador del Centro de Estudios Árabes de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y profesor del Postgrado de Filosofía de la Universidad de Chile, profesor en la carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Santiago de Chile y del Departamento de Filosofía de la Universidad Metropolitana de la Ciencias de la Educación

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