columna de opinionINEQUIDAD Y EDUCACIÓN EN TIEMPOS DE PANDEMIA

fernando baezPor Fernando Báez

El estallido social de octubre de 2019 reavivó con fuerza temas educacionales que se esperaba serían discutidos y resueltos en democracia; entre otros: la subsidiaridad del estado y el lucro en educación, la calidad de la misma en todos los niveles del sistema, la inequidad en el acceso a las universidades  y la instalación de una educación gratuita, laica y democrática garantizada por una nueva Constitución. El diálogo y el entendimiento para encontrar soluciones justas y equitativas a estas y otras demandas nunca se dieron en los espacios políticos, porque en general las voluntades continuaron sometidas transversalmente a los intereses del capital privado. Entonces vino la pandemia del Covid-19 prolongando la crisis social y poniendo al descubierto todas las deficiencias e inequidades del sistema educacional chileno.

 

Desde el materialismo histórico dialéctico es posible entender la educación actual como parte del fenómeno social, económico y político donde se enfrentan los intereses de clases. Es una lucha de siglos, dura, implacable: por un lado, una minoría poseedora de los medios de producción que busca conservar sus privilegios y, por el otro, los trabajadores que solo tiene su fuerza laboral y el anhelo de igualdad social mediante el pensamiento crítico y la conciencia de clase. En esta batalla la escuela pública tiene la finalidad de abrir espacios democráticos y solidarios de convivencia para cimentar el desarrollo personal y la futura emancipación económica de los individuos en un ámbito de integración y cohesión social. Lo contrario es mantener el statu quo de explotadores y explotados que en nada beneficia a las personas.

La visión antes descrita puede no ser compartida en todos sus alcances y ocurrir que muchos prefieran el concepto “romántico” de una educación destinada a preparar jóvenes que aportarán a la sociedad al finalizar sus estudios, esto sin especificar a qué tipo de sociedad se refieren. En todo caso, quedémonos con el pragmático John Dewey, quien afirmaba que la educación es también una modalidad de acción política, ya que obliga a las personas a reflexionar y a valorar las distintas dimensiones sociales, económicas, políticas, culturales y morales de la sociedad en la que viven. De acuerdo a ello, la escuela viene a ser un espacio para la producción y la reflexión de las experiencias relevantes de vida social, por estos días las crisis mencionadas.

La crisis sanitaria ha obligado al confinamiento de los estudiantes, sin clases presenciales y recibiendo enseñanza por vía remota. Desde el inicio de la crisis los docentes abordaron la contención emocional de niños y jóvenes, pero a continuación se ha ido integrando el desarrollo de objetivos de aprendizaje priorizados según necesidades que detecta y define cada establecimiento educacional. La modalidad de educación a distancia está presentando serias dificultades; por ejemplo, en el sector poniente de Santiago (comunas de Pudahuel, Lo Prado y Cerro Navia) la conexión de estudiantes de enseñanza media a clases online es cercana al tercio de la matrícula, otro tercio no se conecta aun teniendo medios para hacerlo (computadoras o teléfonos celulares compatibles) y el tercio final tampoco participa porque no tiene equipos ni conexión a internet. También ocurre que algunas compañías no operan con internet en vastas zonas de esas comunas. Es la expresión de una educación no permanente, discriminatoria y con una brecha digital que contribuye a la fragmentación social perpetuando la ignorancia, la pobreza y la marginación de los más desposeídos. Ante esta realidad, las escuelas y liceos buscan romper la racionalidad de la eficiencia administrativa y técnico-pedagógica para poner más atención a las múltiples carencias de los estudiantes e incentivar la resiliencia de ellos y sus familias. Por lo mismo, ya se está pensando cambiar las actuales estructuras de enseñanza-aprendizaje combinando la experiencia presencial con educación remota y vislumbrando que son necesarios paradigmas más humanos y estrategias más acordes a las transformaciones sociales que habrán de producirse al salir de la pandemia y al aprobarse una carta constitucional que tenga la justicia y la equidad como pilares.

Los docentes sienten como agobio la preparación de clases a distancia, ya que les demanda más tiempo, conocimientos en tecnologías de comunicación e información (Tics) y didácticas adecuadas para esa modalidad de enseñanza. En las escuelas nadie estaba advertido ni preparado para lo que vendría, pero estos desafíos los han ido superando con motivación, responsabilidad, esfuerzo y recursos propios, con trabajo colaborativo y autoaprendizaje, siempre en el entendido de que el valor pedagógico reside en el docente y no en los medios utilizados. Perciben que, en la era digital y del conocimiento, la educación ya no puede sostenerse en las formas tradicionales o convencionales de enseñanza y que la innovación pedagógica a través de las Tics es una oportunidad de mejorar el desempeño y la profesión docente.

Otro aspecto preocupante es la calidad de la educación que se imparte. Reducida ahora a un curriculum transitorio priorizado, con aciertos y errores al implementarlo, el sistema impone la evaluación formativa para los resultados esperados en los estudiantes. Este concepto no es asumido a cabalidad por muchos docentes, estudiantes y apoderados, quizás por falta de experiencia y porque no han sido suficientes los fundamentos y las explicaciones técnicas entregadas. La competencia entre pares y el logro mediante calificaciones o notas siguen arraigadas en nuestra cultura, dificultando así la interacción, el diálogo, la autonomía y la participación del estudiante como actor principal del proceso educativo. Como consecuencia de todo esto, los objetivos y contenidos son tratados en un nivel elemental bastante apartado del desarrollo de las habilidades superiores del pensamiento, que deberían ser transversales y no privativas para determinados estudiantes. Por lo visto, hay mucho camino que recorrer y bastante para capacitar antes de que las clases online sean una fortaleza pedagógica del docente y una herramienta de los estudiantes para diseñar sus proyectos de vida.

La pandemia está dejando estragos en la clase media empobrecida y en la población ya marcada por la vulnerabilidad económica y social. Esto repercutirá fuertemente en la educación y las generaciones futuras de estudiantes. Urge entonces la formulación de políticas educacionales discutidas y consensuadas por la comunidad que pongan al ser humano como objetivo superior y no como recurso de capital; que a partir de una constitución intracultural, multicultural y multiétnica sean capaces de presentar fines y objetivos concretos, realistas y proyectados a la sociedad del conocimiento; que apartadas de las injusticias del modelo económico neoliberal democraticen el acceso educacional y la enseñanza; que garanticen a todo evento la igualdad de oportunidades al eliminar la discriminación por origen, género y clase social. En suma, que la educación sea el medio más eficaz para construirnos fraterna y solidariamente como especie y no quedarnos entrampados en un humanismo de tipo digital que puede ser de utilidad a los fines de quienes detentan el poder económico y político.

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