columna de opinionDemocracia o demagogia: la más necesaria de las distinciones

felipe quirozPor Felipe Quiroz

La posibilidad de cambiar la constitución vigente, nacida en un contexto de dictadura, es una oportunidad histórica para lograr una forma de vida auténticamente democrática. Esto último no sólo está supeditado al cambio, sino tambien a la forma en la que se logre, ya que, de no participar la ciudadanía activamente en ello, en poco se modificaría la costumbre autoritaria de elaborar cartas fundamentales desde cúpulas de poder, permitiendo, con esto, el mantenimiento del status quo, en vez de las modificaciones que se espera de este.

 

Debido a lo señalado es necesario distinguir, hoy más que en cualquier otro momento político y social de los últimos 30 años, la diferencia radical y excluyente que existe entre una democracia auténtica y la retórica demagógica propia del populismo ya que, en épocas de crisis y oportunidades, como indudablemente es la que estamos viviendo, ambas formas de comprender lo político se confunden, peligrosamente.

En efecto, esta relación es tan antigua como lo es la política misma. Aristóteles es el primero que realiza, explícitamente, esta necesaria distinción. Si la democracia tiene por ideal el gobierno representativo de las mayorías y el respeto de las minorías, la demagogia es la corrupción de la democracia. Pero ¿Qué genera esta corrupción? Cuando no es el argumento válido el que prevalece, sino el falaz.

Concluir que, porque ocurre en un caso debe ocurrir en la totalidad o, por el contrario, por ser algo tendencia debe aplicarse necesaria e inevitablemente en cada caso, representan ejemplos de argumentos inválidos comunes en contextos de populismo. Junto a ello, la apelación a la sensibilidad, en especial desde la victimización, o a la popularidad de una idea, tambien corresponden a falacias propias de la retórica demagógica. La utilización del insulto o la amenaza son otras características del debate falaz, junto con el ataque de creencias o ideales del interlocutor, en vez de la necesaria discusión respecto de la relación racional entre motivos y conclusiones.

Bueno, entre medio de la discusión social de este último año, junto con la manifestación de reivindicaciones completamente justificadas y necesarias, abundan, en las redes sociales, por ejemplo, expresiones de cada una de las falacias señaladas anteriormente, junto con otras, por supuesto. La opinión publica -concepto en sí discutible de considerarse sin la manipulación que generan los medios de comunicación en las poblaciones humanas- se ha visto encendida por la polémica, en diferentes áreas de la vida social, lo que integra tanto asuntos políticos, como judiciales y, hasta, del mundo del espectáculo. Sobre cada uno de estos temas de interés masivo, las redes explotan en consideraciones de todo tipo, vinculándose estas mismas áreas entre sí y, en muchos casos, elevando la opinión a la categoría de “veredicto del pueblo”. Bueno, esto es, precisamente, uno de los rasgos más característicos de la demagogia y el populismo, que saca beneficio político de esta última.

El peligro, como se señaló anteriormente, refiere a la corrupción de los fundamentos democráticos, al comprenderlos desde el interés mezquino, y no desde su necesidad colectiva. Las republicas democráticas, desde la modernidad en adelante, sostienen su poder en el principio de la soberanía popular, del cual son representativos poderes e instituciones del estado. Junto a ello, el sometimiento del poder militar al poder civil es un requisito tan delicado como fundamental para estas formas de gobierno. En consideración a todo lo señalado, la democracia, para ser autentica, debe funcionar desde la institucionalidad legitimada por la ciudadanía, cuya participación se hace de manera directa en todos los aspectos de la vida pública, así como tambien mediante la representatividad de los partidos políticos, los cuales concentran grandes ideas colectivas en proyectos en vías de realizarse desde el poder. Esto último es absolutamente complementario y jamás excluyente entre sí. Debido a ello, resulta tan grave el desprestigio generalizado en el cual ha caído la clase política en su conjunto en Chile, ya que el sistema democrático, para no caer en la demagogia y el posterior populismo que acecha siempre tras ella, depende del funcionamiento de los partidos políticos y, por cierto, de las instituciones.

Pero hablar hoy de partidos políticos e instituciones no es popular. Esto es un indicador indesmentible de la demagogia instalada, y de nuestra crisis democrática, por cierto. Pero son, precisamente, las instituciones las que deben trabajar desde fundamentos y practicas racionales, con independencia de la popularidad de las ideas, concepciones, percepciones y pasiones desatadas en los medios de comunicaciones, los cuales, por la naturaleza vertiginosa de los tiempos hipermodernos, cambian con la misma velocidad como cambia la oferta de la información emitida. La reacción colectiva muestra, muy seguido, el mismo grado de perdurabilidad que un meme. Tambien, su profundidad es parecida. Pensar en una sociedad fundamentada, entonces, en la instantaneidad del sofisma, y no en la rigurosidad del conocimiento, deviene en el absoluto absurdo de creer posible una sociedad a gusto y capricho de cada consumidor. Bueno, este es el fruto más terrible de la sociedad neoliberal.

Ante la enorme responsabilidad que tenemos por delante como sociedad, a las puertas de una decisión de carácter constituyente que cambie ese tipo de cultura neoliberal alienante, es completamente necesario fortalecer los principios democráticos, los cuales dependen de la racionalidad de los argumentos declarados, y no de la exacerbación de las pasiones colectivas, ya que este último camino es tan fácil de seguir como peligroso y equivocado. Es necesario tener siempre presente que, detrás de la demagogia, y el caos que esta genera, se esconde y aguarda el tirano.

Mg. Felipe Quiroz Arriagada.

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