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DE CULOS Y TEMAS AFINES

Nada mejor que aprender entreniéndose y entretenerse aprendiendo. Los grandes pedagogos recomiendan esta fórmula.  Por ejemplo, Tirso de Molina, en el mismo sentido que indicamos aquí, tituló a una obra suya del año 1635 Deleitar aprovechando, es decir, uno goza con la lectura y aprovecha al mismo tiempo su contenido. En estos días  –entre teleclases y teleclases, y entre unas y otras de las irritantes exigencias universitarias (¡cómo se han exacerbado las solicitudes de tareas administrativas a los docentes por parte de los directores, secretarios y coordinadores académicos en estos tiempos de pandemia!)–  me divierto leyendo el libro Palabradicción. El fascinante juego de las palabras, de Virgilio Ortega (Crítica, 2016).

 

El autor es español, licenciado en Filosofía y Letras.  Se ha desempeñado durante más de 40 años como director editorial en conocidas casas como Salvat, Orbis, Plaza & Janés y Planeta DeAgostini.   Y , además, domina siete idiomas: castellano, catalán, inglés, francés, italiano, latín y griego.  Se autodefine como “adicto a las palabras” por lo que su pasión es el estudio etimológico de nuestros vocablos. Y de aquí el título de su libro, que no mezcla ‘palabra’ y ‘dicción’ (el contenido no versa sobre la dicción de los términos), sino que es una sinéresis de ‘palabra’ y ‘adicción’.

Nos dice Ortega, en una de las primeras páginas, que una de sus palabras latinas favoritas es culibonia, denominación dada a las prostitutas de Pompeya aludiendo a sus traseros.  Una “culibonia” era , pues, una damisela que tenía un culo bueno. Supongo que en los tiempos que corren podemos generalizar el término e incluir a los varones de trasero digno, para no discriminar. ¿Serán los “culibonios”?

PALABRADICCIÓNA partir de culibonia podemos indagar en la etimología de la palabra culo.  Nos señala Ortega que tal vez provenga del griego koilos que tiene varias acepciones: hueco, cóncavo, agitado, movido, cavidad, profundidad.  Griegos y romanos se tapaban el trasero (no solo el trasero, sino todo el cuerpo) con túnicas (ropa interior).  El romano Plauto, comediante satírico, decía: “Tunica propior pallio est”, es decir, “la túnica está más cerca (de nuestro cuerpo) que la capa”, pues les tocaba el culo.  Los galos, en cambio, para protegerse de un clima más adverso que el de Roma vestían bracoe, una especie de calzones que más tarde los romanos adoptaron tranformándolos en bragas.  Escribe, en este punto Ortega, que una amiga suya tiene un decir: «Antes los culos estaban dentro de las bragas, hoy las bragas están dentro de los culos».

El koilos o culus, entonces, hace referencia al trasero, a las nalgas.  Por otro lado, anus al comienzo significaba ‘anillo’, ‘aro’.  De allí, el significado de anular: el dedo anular, por ejemplo, es aquel en que se pone el anillo.  Por la forma circular, más tarde el vocablo pasó a significar también el orificio  –el pequeño círculo–  que tenemos entre las nalgas. 

En el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles  –nos enseña el autor–  se encuentra una estatua conocida como la Venus Calipígica de Atenas, figura de mármol romana de hace más de dos mil años, probablemente copiada de una estatua griega anterior, que representa a una bella mujer joven.  Alza su peplo hasta su cintura, dejando su trasero al desnudo y vuelve su rostro para contemplarlo.  Ortega nos guía en la etimología de su adjetivación.

La primera mitad de la palabra es ‘Cali’, prefijo que encontramos también en otras palabras como ‘caligrafía’ (escritura bella), ‘caligrama’ (letra bella) y ‘calóptero’ (alas bellas).  Viene, pues, de kalós: bello, hermoso.  Escribe nuestro autor: «Todavía hoy, los griegos, buscando más la estética que la ética, no te dan los ‘buenos días’ sino los ‘bellos días’ (kalimera), ni las ‘buenas tardes’ sino las ‘bellas tardes’ (kalispera), ni las ‘buenas noches’ sino las ‘bellas noches’ (kalinykhta)».  Esta manera de expresarse la he escuchado también en nuestro país y no pocas veces: “Que tengas un bonito día”, “que sea un bello viaje”, “ fue una linda fiesta de cumpleaños”.

Pygé, por otro lado, es un término griego que se refiere a las nalgas. Por lo que la Venus Calipígica es aquella de las nalgas bellas, o sea, la que tiene un buen culo. Nuestra marmórea mujer romana de escultural trasero es, pues, una culibonia.  Así captamos al instante la relación que existe entre estos dos conceptos: culibonia y calipígica.

Hoy el paradigma de lo políticamente correcto lleva a admirar en silencio a las culibonias.  Hay un ala del feminismo –un ala ‘extrema, demasiado extrema’– que condena rápidamente lo que simplemente huela a enfoque masculino de las cosas.  Quedémonos, pues, con nuestro deleitoso aprendizaje de los juegos etimológicos que nos ofrece Virgilio Ortega.  Así como puede relacionarse la culibonia de Pompeya con la calipígica de Atenas, en las páginas de su libro podemos conocer otras ligazones igualmente sorprendentes e interesantes: por ejemplo, las caderas con la catedral, la Corte con las cortesanas, Platón con los plátanos, una enciclopedia con el Ku-Klux-Klan, el caballo de Alejandro con una hecatombe, el linchamiento de una persona con un mausuleo y  –esto debieran tenerlo muy en cuenta nuestros gobernantes, ya que dicen estar tan preocupados por los problemas de la ciudadanía–  los políticos con los idiotas.

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