columna de opinionAVANZAR HACIA LA EQUIDAD, MÁS QUE HACIA LA IGUALDAD

JorgeMoralesJorge Morales Meneses

Se reconocen como reivindicaciones de la Ilustración y de la Revolución Francesa los postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que ejercieron como motor profundo de cambios sociales en el pasado y que hoy todavía inspiran ideales de transformación social.  La Igualdad, por ejemplo,  ha sido reconocida como un derecho en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la Carta de las Naciones Unidas, que señala: “Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta declaración sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, o cualquier otra condición…” Ahora bien, ¿basta con declarar la igualdad para asegurar estos derechos? Ciertamente no.

Pongamos un ejemplo fácil de entender: cualquier persona que nace en nuestro país tiene los mismos derechos; sin embargo, si nace en la comuna de Vitacura tendrá mejor calidad de vida, mejor salud y hasta 11 años más de esperanza de vida, tendrá con seguridad educación superior, estará en el decil de mayor ingreso, tendrá mayor capital cultural, social y económico, pero si nace en la comuna de Cerro Navia tendrá un sexto del gasto público, mayor posibilidad de caer en la pobreza y en la indigencia, mayor probabilidad de padecer obesidad o enfermedades de base, menor expectativa de vida y un largo etcétera…

Además, si una persona nace mujer ganará un tercio menos de sueldo por el mismo trabajo que un hombre. Si nace en la etnia mapuche, o si nace con alguna discapacidad, o si nace en una familia monoparental, o es hija de padres alcohólicos, o si es descendiente de inmigrantes, etc., en todos estos casos, hay condiciones de origen y/o de desarrollo que le aseguran discriminaciones.

¿Es esto justo y equitativo?

La equidad y la igualdad son dos principios éticos distintos, pero que se entrelazan en el concepto de justicia social. Equidad no solo significa dar a cada uno lo que se merece en función de sus méritos o condiciones, sino que es también la cualidad de no favorecer a una persona en el trato perjudicando a otra, es la justicia social por oposición a la letra del derecho positivo, es el uso de la imparcialidad para reconocer el derecho de cada uno, utilizando la equivalencia. La equidad es una virtud que adapta la regla a un caso concreto a fin de hacerlo más justo, es la igualdad con justicia y protección social.

La igualdad entrega condiciones generales para todos, por el solo hecho de haber nacido como ser humano. La equidad permite un análisis multidimensional, pues mira a cada ser humano como un ser excepcional y con circunstancias diferentes. Ser equitativo implica no solo ver el bosque, sino reconocer a cada árbol como un sujeto único. Ser equitativo implica ver la diversidad de valores, las diferentes preferencias y capacidades que nos distinguen como personas singulares en la búsqueda de la tan anhelada igualdad.

Probablemente nunca alcancemos a ver logrado nuestro postulado de igualdad; sin embargo, la falta de equidad sería ciertamente menos problemática si la movilidad social fuese algo tangible, es decir, que la posición que ocupan las personas en determinados grupos sociales fuese realmente pasajera o, al menos, fuese percibida como tal, es decir, si la circunstancia de vida de los hijos no dependiera de los recursos de sus progenitores.

Ya no se trata de la obsoleta polémica entre defensores del capitalismo frente al marxismo, sino una discusión que hoy se da dentro del mismo capitalismo. Es una discusión que tiene dimensiones profundamente éticas que llevan a cuestionar lo económico y lo político desde su raíz, y que hoy tiene al mundo en una crisis muy profunda, llena de expectativas de cambio. Esta crisis de equidad social tiene relación con el contrato social, con una forma que debe cambiar en la cooperación entre los individuos de una sociedad. Si no hay equidad en la forma de organizar nuestra sociedad, no habrá reciprocidad ni paz social, por más que algunos quieran asegurar la paz mediante el uso de la fuerza. Y es una discusión que se está dando no sólo en nuestro país, donde el 1% más rico capta un tercio del ingreso nacional, o donde la mitad de los asalariados gana menos del mínimo necesario para cubrir sus necesidades básicas, sino también en países con mejor distribución del ingreso.

En nuestro país, las inequidades se han hecho sistémicas, ya no son solo en términos de ingreso y riqueza, sino que se han extendido a educación y salud, trato social, dignidad, seguridad económica y física, libertad de circulación y expresión, poder y capacidad de influencia sobre las decisiones públicas y también en la equidad de género, que es un conflicto ético en el seno de muchos hogares. Estas inequidades son percibidas como desventajas, pues son injustas en sus orígenes y moralmente ofensivas en sus consecuencias. Esta situación nos ha llevado a la devaluación de la institucionalidad política y sus agentes.

John Rawls, a partir de cuya obra ha emergido con fuerza el discurso de la equidad, afirma que así como la verdad es la primera virtud de los sistemas de pensamiento, la justicia lo es de las instituciones sociales. Entonces, ¿por dónde se puede avanzar? Reduciendo las brechas en la estructura productiva que afectan la productividad, las competencias laborales, los salarios y la estabilidad de los empleos, vía capacitación, mediante el aumento de la participación laboral femenina, la reducción y castigo a las prácticas discriminatorias en el trabajo, entre otros, y por supuesto en el fortalecimiento del sistema educativo.

Considerando que el espacio social está en constante cambio, y que está constituido por agentes sociales que son determinantes (Pierre Bourdieu), hay dos formas de la equidad que debemos alcanzar que son la base para construir una sociedad justa:

La equidad en educación, respecto a las oportunidades, al acceso a la educación y a los tratamientos educativos, con el objetivo de conseguir igualdad en los resultados de los estudiantes que provienen de diferentes grupos socioeconómicos. También es necesario pensar en la equidad como homogeneidad de la oferta educativa entre establecimientos, y como capacidad de absorber a usuarios que llegan con diferentes condiciones ambientales, familiares y culturales. La inequidad en educación además se debería focalizar en cuán anacrónicos son los sistemas y los agentes de enseñanza, lo cual es especialmente grave en los niveles socioeconómicos más bajos.

La equidad de género, que es un principio reconocido en la ley internacional, y que ha sido puesto en el debate público principalmente por las mujeres, porque son ellas las que viven estructural y cotidianamente las desventajas de los patrones de inequidad presentes. En este debate debemos involucrarnos, pues el género masculino es el que controla el poder económico, político y cultural. Las inequidades en las relaciones de género han sido históricamente legitimadas y naturalizadas, están inmersas en las rutinas de las organizaciones, en los conceptos legales, en la creencias religiosas, y en la forma en que vivimos, enlazando sistemas de comunicación y significado. La tradicional oposición femenino/masculino ha naturalizado la inequidad de género, generando estereotipos que van desde la división del trabajo y los roles familiares, hasta en cómo se educan o qué intereses deben tener los infantes, según su género.

Para conseguir la tan anhelada equidad, debemos trabajar para transitar hacia una cultura de respeto y dignidad de la persona, hacia eliminar discriminaciones sociales de todo tipo y por hacer reales y tangibles los valores de justicia y solidaridad social. La equidad se puede conseguir si se empoderan las comunidades. La equidad es la base contemporánea de lo que denominamos meritocracia.

Jorge Morales es académico de la Universidad Diego Portales

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