columna de opinion
DEL NARCISISMO A LA HIPERVIGILANCIA

felipe quiroz
Mg. Felipe Quiroz

La verdadera riqueza de la vida humana individual se obtiene en el convivir, ya que somos seres que nos desarrollamos en sociedad. Debido a esto, el individualismo nos debiese parecer como el más completo absurdo histórico. Sin embargo, es el verdadero signo de nuestros tiempos, paradojales hasta la perplejidad. Hoy, cuando alguien busca información en la red, pareciera tener acceso al más utópico de los sueños ilustrados; una enciclopedia infinita, a disposición y gusto de cada persona. Sin embargo, lo que verdaderamente se encuentra son las propias tendencias de navegación. Se trata de un inmenso espejismo, que nos refleja sólo lo que deseamos ver. Pues bien, lo señalado responde a una categoría psicológica muy específica: el narcisismo.

 

Para el psicoanálisis, la personalidad narcisista busca en los demás la confirmación de sus propias motivaciones y necesidades. Valora en los otros lo que desea valorar en sí mismo, y critica en los demás lo que proyecta de sus defectos. Todo ello, genera alienación, y esta es un impedimento para el conocimiento auténtico. El narcisista vive, mentalmente, en una burbuja de cristal, que él se imagina como un inmenso castillo. Por supuesto, el conocimiento verdadero habita afuera de las paredes de tal edificio imaginario, en el mundo real, el de los otros, a los que no ve ni considera.  

En efecto, de acuerdo con la filosofía de Immanuel Kant, el conocimiento no se reduce a la confirmación de lo ya sabido, sino a la capacidad de adquirir nueva información respecto de un fenómeno estudiado, mediante la cual ampliamos y expandimos nuestra comprensión de la realidad. Por tanto, el conocimiento es siempre progresivo. Pero ¿qué progreso puede hacer quien esta obsesionado con confirmar, una y otra vez, lo que sabe, lo que siente, y lo que cree ser?, ¿puede existir verdadero aprendizaje en quien sólo escucha para responder, y sólo lee para comprobar creencias? Ahora, cuando el narcisismo es generalizado, paradoja de paradojas, no podemos creer, entonces, que efectivamente vivimos en sociedad alguna del conocimiento. Nuestra sociedad es la de la ilusión virtual.

Ahora bien, esta realidad ilusoria de un mundo a la medida de cada individuo es completamente coherente con la nueva pero innegable exigencia de una sociedad a gusto y capricho de cada consumidor. Si bien, los efectos de esta creencia hipermoderna pueden ser devastadores para nuestra cultura democrática, no lo son para los intereses del mercado. Muy por el contrario, los beneficios en este campo se multiplican, hasta el infinito, ya que, para cada perfil, existe hoy un mercado a su disposición. Si a esto agregamos el imperativo hipermoderno de la velocidad y el constante cambio, esto genera la aceleración exponencial de las dinámicas de oferta y demanda. El consumo se torna una necesidad compulsiva e infinita, ya que es la propia “identidad virtual” la que depende de la permanente renovación de la imagen, para la cual, el consumo es lo que posibilita el cambio deseado. Por supuesto, este nunca es definitivo. En eso consiste el juego.

Pero, si esto resulta inmensamente beneficioso para quien maneja la oferta y manipula la demanda, para la sanidad mental del consumidor no es necesariamente así, aunque tenga un mínimo o ninguna conciencia del fenómeno. De hecho, tal y como el narciso suele estar ciego respecto de su narcisismo, el individuo contemporáneo no sospecha que, en la creencia y exigencia constante de un mundo a medida de cada una de sus demandas, es el sistema mismo el que se fortalece, y no él. En efecto, jamás en la historia de la humanidad los Estados han contado con tantas herramientas, así como con tanta información disponible y entregada voluntariamente para el control de las personas, y, por tanto, de la población en su totalidad. Se trata de la sociedad de la hipervigilancia, de la cual nos advierte Byung-Chul Han, ya estar en curso.

En el extraordinariamente problemático escenario globalizado del siglo XXI, experimentamos todos el advenimiento de la tecnología 5G, tema del cual se conversa y se definen políticas a lo largo y ancho del planeta. Esto es de extraordinaria relevancia, ya que tal tecnología refiere, necesariamente, a un aumento exponencial en la velocidad, cobertura y calidad del intercambio y la comunicación. Pero esta se realiza entre virtualidades, perfiles, y no necesariamente entre intersubjetividades. Y los perfiles son partes de un sistema controlado, y que representan, en sí, una versión perfeccionada del panóptico señalado por Foucault; un escenario donde la vigilancia se vuelve tan invisible como omnipresente; ambas, características de divinidad. No sabemos con certeza en qué medida los actuales conflictos que afectan al siglo XXI tienen relación con el control de esta tecnología. Pero, la presencia de su importancia en la agenda global es indiscutible, ya que puede implicar tanto un salto como una caída libre, respecto del avance de las libertades humanas y sus derechos fundamentales. En cualquier caso, pareciera que entre los años 2019 y 2020 hemos pasado de la modernidad líquida a la hipermodernidad sólida, o, apelando a la ciencia ficción, de “Un mundo Feliz” a “1984”.  Hoy, la virtualidad de la vida actual supera a la ficción.

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