columna de opinionEfecto bumerán para el cuervo arrogante

Sylvie R Moulin 520x245Por Sylvie R. Moulin

Se habla en psicología social de “efecto bumerán” cuando alguien trata de persuadir a los demás de algo y obtiene el efecto contrario de lo que esperaba. El resultado de ese cálculo erróneo es que la posición de la meta sale reforzada en vez de modificarse. Situación común en este mundo donde el ser humano tiende a hablar y actuar demasiado, y demasiado rápido, sin respaldar correctamente su discurso ni medir las consecuencias.

 

Las personalidades políticas son ejemplos de primera clase. En plena campaña electoral, cuando uno pretende volver a liderar por cuatro años más – o por lo menos intentarlo – uno de los países claves del mundo, la provocación no es la mejor táctica. Creo que fuimos muchos los que decidieron ver el primer debate entre Trump y Biden el 29 de septiembre y cambiaron de canal antes del final, frustrados por el bajo nivel del intercambio. Si hubieran tenido a su disposición platos de espaguetis, es probable que los dos candidatos se los hubieran tirado a la cabeza como los niños en los casinos escolares.

Y debo reconocer que cuando escuché este viernes, a primera hora de la madrugada, que Trump “había salido positivo en Covid 19”, junto con su esposa y probablemente otros miembros de su círculo personal y político, lo recibí como una broma. Luego pensé, honestamente, que se trataba de una técnica inventada para congelar la campaña electoral y, en el mejor – o peor – de los casos, postergar las elecciones presidenciales. Eso le daba al actual mandatario una tregua para respirar profundo, repensar sus declaraciones precipitadas en Twitter, cambiar los discursos que había tenido por meses sobre la inutilidad de la máscara en el control de la propagación del virus, y empezar a presentarse en público ostentando la famosa máscara. Claro, la opinión pública se puede modificar, pero hay que demostrar buena voluntad. Sin embargo, la contaminación de Trump se confirmó, se expandió en los canales y la prensa internacional y se transformó rápidamente en la noticia del día. Cierto que superaba los límites de la imaginación.

Por el momento, es difícil presumir de las consecuencias, solo estamos entre especulaciones y sospechas. Y sea cual sea la continuación de la historia, logró por lo menos dejar con la boca abierta a buena parte del planeta: los opositores de Trump se regocijan, sus hinchas se lamentan, los sarcásticos se burlan, los astrólogos pronostican, los creyentes rezan y los escépticos dudan. Esta vez el mandatario puede fanfarronear todo lo que quiera, pero no deja de preocupar, estando en una categoría de edad considerada vulnerable, con sobrepeso y colesterol alto, y más aún porque las mentiras que prefiere repetidamente forman parte de su imagen. Puede actuar a partir de este momento de manera radicalmente distinta y respetar todas las reglas preconizadas para limitar la propagación del virus; sin embargo, le costará convencer de la veracidad de su nuevo discurso.

Ahora, “zapeando” –como se dice– de un canal a otro para descubrir en qué dirección está derivando el mundo, recuerdo mis lecturas lejanas y me imagino a Esopo y La Fontaine dándose vuelta en sus sepulturas respectivas, buscando a los mejores animales para protagonizar esa nueva fábula. En realidad, ya habían tocado el tema, pero se merece una nueva celebración ya que sigue cayendo del cielo, como el trozo de carne o de queso del pico del cuervo. La Fontaine concluye que todo adulador vive a expensas de aquel que lo escucha. Esopo, más directo, solo determina que su fábula es una enseñanza para los idiotas. No faltarán zorras esperando debajo del árbol. Sí, esta lección vale un queso, y mucho más.

Recuerda, Donald, estamos todos en la misma:

Provocar de nada sirve,

El bumerán siempre vuelve.

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