sapere aude
BARBARIE

 Me deja consternado la reciente noticia de la decapitación de un profesor francés por un fanático islamista.  El motivo según los canales de TV:  mostró a sus alumnos de secundaria una caricatura de Mahoma mientras les enseñaba sobre libertad de expresión.  Esta tragedia nos hace evocar que algunos años atrás, por publicar también caricaturas del profeta, fue atacada por terroristas religiosos la sede de una revista satírica parisina y fueron asesinados doce ilustradores.

AteísmoEstoy terminando de leer el libro de Roberto Augusto En defensa del ateísmo (Ed. Laetoli, 2012).  Después de años de leer numerosas obras sobre el tema, no es mucho más lo que me enseña este autor  –doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona–  sobre los cada vez más sólidos fundamentos del ateísmo y sobre el daño que ha acarreado la religión para el progreso moral, científico, político y social de la humanidad, pero no por eso su lectura deja de estar bien y de venir bien.  Sobre todo por lo que implica su título:  que en esta época de asentado conocimiento y declarados logros de la razón humana todavía haya que defender a quienes deciden no seguir los dictados de una fe o un credo de la barbarie criminal de los fanáticos religiosos.

Aunque hace ya más de doscientos años que los filósofos ilustrados, con Voltaire a la cabeza, plantearon que en una sociedad sana debieran convivir sin conflicto ni problemas todas las personas independientemente de las creencias espirituales adoptadas e, incluso, si eligen no adoptar ninguna, todavía hoy  –¡en Europa y en el pleno siglo XXI!–  el escepticismo y el libre pensamiento requieren protegerse del furor delirante de quienes identifican lo que consideran pecados o blasfemias con delitos que se deben castigar violentamente.

En las páginas finales de su libro, Roberto Augusto recalca que “la religión es culpable, directa o indirectamente, de la muerte de millones de seres humanos inocentes a lo largo de la historia, es una lacra para nuestro progreso y felicidad colectivos”.  Culpable de manera directa: no hay más que pensar en las guerras de religión, en las cruzadas, en las condenas de la Inquisición, en los atentados terroristas en nombre de Alá.  Culpable indirectamente: por su permanente afán de obstaculizar el progreso científico y frenar la libertad de pensamiento en la educación, lo que ha llevado a no poder erradicar enfermedades todavía mortales y a mantener a comunidades enteras en las sombras de la ignorancia.

Hoy se suma una nueva víctima a los crímenes cometidos por la pasión dogmática. Este duelo de la racionalidad debe servir de incentivo para renovar la lucha, en nuestras sociedades,  en pos del laicismo, el saber ilustrado y la libertad de conciencia y de expresión.

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